Author Archives: OllieBriggs

26.10.21 — Diario

Un reencuentro con mi hermana

Una mera semana después de la visita de mis padres, y más de dos años desde la última vez que pudo visitarme, una vez más fui acompañado por mi hermana aquí en Madrid. Tras un día en la oficina, salí del trabajo y me acerqué corriendo al aeropuerto ya que habíamos quedado en reunirnos allí para que pudiera llevarla a mi piso y así arrancar su semana aquí en España.

Nuestra primera tarde juntos se pasó tomando algo: no tenía yo prisa ya que había pillado el día siguiente de vacaciones. Hablamos de lo que podríamos hacer durante los siguientes días y formamos algunos planes preliminares antes de irnos a dormir.

El día siguiente nos acercamos a un restaurante en la Gran Vía que había visitado con mis padres. Esto fue ya que mi madre había hablado tanto de su torrija quemada que decidí que valdría la pena volver. Comimos allí una selección de platos y raciones pequeñas, todo acompañado por un litro de sangría que mi hermana quería. Una vez devorados los postres, ¡empezamos a darnos cuenta de que la sangría era un poco más potente de lo que imaginamos!

No hay nada más peligroso que una sangría que te da una falsa sensación de seguridad…

Luego tiramos hacia el centro de la ciudad, tomándonos un zumo en otra terraza antes de bajar al río. Allí, mi hermana se pilló un helado y descansamos un rato, tumbándonos entre el barullo de los loros en los árboles. Luego volvimos a la ciudad, cogiendo un tren de vuelta a casa.

Esa noche salimos a cenar en mi restaurante italiano favorito que queda al lado de mi casa. Al pedirnos una porción enrome de tarta de chocolate como postre, se estaba haciendo tarde, así que acabamos la última copa de vino y tiramos de vuelta a casa.

Al despertarnos el día siguiente ya nos encontramos en el tercer día de la visita de mi hermana, por lo cual salimos relativamente temprano para aprovechar de un domingo soleado. Tras desayunar cerca de mi piso, bajamos al Matadero y nos tomamos una cerveza mientras esperábamos la apertura de una exhibición en el Central de Diseño.

Tenía muchas ganas de visitar la Exposición Madridgrafía porque algunos proyectos en los que he trabajado en Erretres se vieron incluidos entre esta mirada al diseño gráfico hecho en Madrid. Me alegró ver las marcas que hicimos para Buendía Estudios y Seedtag entre otras grandes obras. ¡Me sentí honrado por tener mi trabajo expuesto en un sitio que llevo años visitando!

Después de sacarme las fotos obligatorias con mi trabajo (las cuales no voy a publicar aquí), continuamos hasta el invernadero público que siempre le gusta a mi hermana ya que es bióloga. La verdad que fue una experiencia mucho más agradable que la última vez – a pesar de las mascarillas – ya que no hacía tanto calor ni humedad.

Cuando habíamos visto todas las plantas y sacado todas las fotos estéticas, volvimos a casa para prepara algo de comer, porque habíamos quedado en montar un picnic en Retiro. Hicimos esto la última vez que Ellie visitó con su novio Johann en 2018 y nos gustó mucho, así que nos acercamos al lago para repetir la experiencia.

Después de comernos nuestra creación original de pan con alioli, tomate y albahaca, salimos del parque para coger unas bicis para luego dar una vuelta por el parque entero. Una vez cansados nos acercamos al Templo de Debod, desde donde pudimos observar un atardecer bonito para acabar otro día de exploraciones.

Uno de los pocos selfies que nos llegamos a sacar durante el viaje…

El día siguiente decidimos aprovechar al máximo las bicis públicas que habíamos contratado, así que bajamos al río para dar una vuelta antes de salir a comer. Ellie tenía ganas de volver a NAP Pizza, mi pizzería madrileña preferida, y fue justo allí donde hicimos el hallazgo del viaje – un entrante delicioso que consiste en láminas de berenjena horneadas con queso y tomate. ¡Una verdadera pasada!

Tras comer, acabamos montados en bici otra vez, pasando por el Anillo Verde hacia el norte de la ciudad. Esta vuelta nos llevó por el lago otra vez, pero no nos quedamos por allí ya que teníamos que estar en otro sitio…

Una vez acabada esta mini exploración de las vías ciclistas de Madrid, ya era hora de coger el metro hacia al sur para hacer algo que no he hecho desde la última vez que vino Ellie – ver la puesta del sol desde un parque por Vallecas. Este punto panorámico supuso el lugar perfecto para pasar un atardecer dominguero.

Cuando ya se hizo de noche, volvimos al centro y empezamos una noche de tapeo por el barrio de las letras. Ellie no paraba de comer tapas de patatas bravas, pero también visitamos un bar de pintxos que tanto había gustado a mis padres cuando vinieron. Acabamos la noche en La Esperanza, uno de mis bares preferidos para tomar algo y picar unas raciones antes de volver a casa.

No hay nada más castizo que un gintonic, un vermú y un poco de picoteo.

Arrancamos el día siguiente en Ojalá, un lugar que nunca falla cuando andes con hambre en búsqueda de un desayuno completo. Desde allí bajamos al Parque de Atracciones, en donde había estado yo por primera vez unas pocas semanas antes. Pasamos el resto del día allí, subiéndonoslas a todo tipo de atracciones antes de volver a casa a cenar en un bar local.

El día siguiente supuso nuestro último día completo juntos en la ciudad y habíamos quedado con Luis para tomar algo. Nos encontramos en el Matadero, desde donde subimos de vuelta a la pizzería que tanto le había gustado a Ellie. Eventualmente acabamos en Citynizer Plaza para tomarnos unas copas después de yo comprarme espontáneamente un nuevo iPad. Ups…

Los Aperol Spritz quizá fluyeran con demasiada facilidad – los helados que compramos después casi acabaron en el suelo.

Acabamos este último día entero con unas copas por el río y el día siguiente me tocó volver a la oficina – ¡pero no fui solo! Ellie me acompañó unas horas por la mañana para echarme una mano con la preparación para un workshop. Tras eso, comimos juntos en un bar a dos manzanas de la oficina y luego la solté a la ciudad para que hiciera algunas compras.

Esa tarde la pasamos en casa, cenando arepas que pedimos y tomando una última copa mientras Ellie se hacía la maleta y se alistaba para volver a Inglaterra la siguiente mañana. Tras madrugar algo el día siguiente, la dejé en un taxi con destino al aeropuerto y me fui tirando hacia la oficina y de vuelta al curro.

Igual que las últimas dos veces que Ellie me visitó en la gran capital, los dos nos lo pasmaos fenomenal. Me quedo con la esperanza de que pueda volver y visitarme con más frecuencia ya que estamos todos vacunados y las cosas ya van más controladas. Ha sido una época bastante ocupada entre una visita familiar y otra – con la visita de mis padres la semana anterior y luego la de mis tíos el día siguiente – pero esa historia me la guardo para la siguiente entrada de blog…

17.10.21 — Diario

Vuelven mis padres

Tras ser acogido por Loredana y David en Viena, me tocó a mí ser el anfitrión para una visita importante: ¡venían mis padres a Madrid! Dado que no los había visto desde enero – y la verdad que no fue un viaje muy grato – me emocionaba saber que los iba a volver a ver y compartir con ellos mis sitios favoritos por la ciudad.

Su visita empezó con un momento de drama en el aeropuerto al ir a recogerlos. Llegué en el metro pro luego no podía entrar a la terminal porque no tenía tarjeta de embarque, así que tuve que salir por un parking que me dejó en una vía de salida abandonada que daba a una carretera enorme. Allí tuve que saltar una valla metálica y arriesgarme la vida para cruzar al otro lado, donde me esperaba más gimnasia y cruces peligrosos antes de llegar a las llegadas de la T1. Y lo que es más, ni podía contactar con ellos para decirles que estaba fuera porque su itinerancia de datos no funcionaba…

Gracias a mera suerte al final pude reunirme con mis padres cuando salieron de la terminal y me vieron sentado donde estaba esperando todo el mundo a recibir a gente. Pillamos un taxi a mi piso, en donde sacaron las cosas de sus maletas y cenamos algo de picoteo antes de irnos a dormir – ya se había hecho bastante tarde.

Empezamos el día siguiente desayunando en un bar que se encuentra a dos manzanas de mi casa, luego bajamos al río a tomarnos algo en el Matadero. De allí nos acercamos al barrio de Lavapiés para comer en una de mis pizzerías favoritas.

Luego continuó la tarde a toda leche. Después de comer tomamos un café y postre en Citynizer, y luego cogimos el metro al lago para sentarnos al sol y tomar una ronda más de sangría. Entonces volvimos al barrio de La Latina, en donde tomamos unas tapas y otra copa en una plaza pequeña lejos del centro turístico.

A mi madre siempre le gusta una copa de sangría por el lago.

Arrancamos el día siguiente con un desayuno en ese mismo bar – en nada se había vuelto el sitio preferido de mis padres, que no se podían creer lo barato que era. Desde allí cogimos luego un autobús al Parque del Retiro para montarnos en bicicletas ya que a mi madre le interesaba experimento. Evitamos luego un catástrofe cuando un tótem de una estación de bicis se negaba a devolver la tarjeta de crédito de mis padres, así que tuve que entrar en un bar cercano para pedir unas pinzas con las que eventualmente logré liberar la tarjeta.

El desastre evitado, eventualmente pudimos sacar unas bicis y así comenzamos nuestra vuelta por los jardines preciosos de este parque enorme, pasando por todos los sitios de interés en el camino. Una vez cansados y con hambre, bajamos a comer en un sitio de tapas catalán, en donde los platos variados y los postres gustaron mucho.

Os juro que cada persona que me viene a visitar se saca una foto en este mismo sitio.

Tras un descanso muy necesitado después de comer, salimos a cenar en un italiano local que me gusta mucho. Mientras escribo esto me estoy empezando a dar cuenta de que parece que lo único que hicimos fue caminar, comer, beber y hablar – y más o menos fue exactamente así. Si no estás haciendo eso, ¡no estás viviendo bien la vida madrileña!

El día siguiente volvimos al centro de la ciudad para ir un rato de compras, después del cual paramos a comer algo antes de volvernos a subir a unas bicis. Tras pasar por el lado del palacio real nos encontramos con un baile callejero, y eventualmente pasamos por el mercado de San Miguel para tomar algo.

Esa tarde acabamos por el Templo de Debod, uno de mis lugares favoritas para observar el atardecer. El cielo montó todo un espectáculo, pero ya andábamos con hambre y con ganas de celebrar la última noche de mis padres en Madrid – ¡el viaje entero se nos había pasado volando!

Los tres bajamos luego al Barrio del las letras para pasar la tarde y para buscar un bar que llevo un rato queriendo visitar. En el camino, sin embargo, vi otro bar que me habían hablado maravillas de él y que tenía una mesa libre para los tres. ¡Perfecto!

Allí disfrutamos de una selección de pintxos deliciosos y me enamoré de un hojaldre con salmón y queso fresco. Mientras cenamos, mi hermana Ellie nos llamó y pasé un rato hablando con ella para preparar su visita a tan solo una semana después.

Con la cuenta pagada y las mochilas de mis padres ya preparadas, tomamos una copa más en casa antes de irnos a dormir. La mañana siguiente pillamos un taxi para dejarme en el trabajo y para llevarles a ellos al aeropuerto para su vuelo a Inglaterra.

Como bien se ve, los tres días que tuve la compañía de mis padres en Madrid se pasaron volando. Me lo pase muy bien, ya que hicimos bastante sin andas con demasiada prisa y aprovechamos la oportunidad de ponernos al día tras casi un año sin podernos ver.

Bueno, creo que ya he desvelado el asunto que trataré en mi siguiente entrada de blog: estaré contando las aventuras que pasamos mi hermana y yo durante su visita a la capital española. Ando con algo de retraso en publicar estas entradas de blog gracias a la cantidad de visitas que he estado recibiendo, pero valdrá la espera. Hasta entonces…

25.09.21 — Diario

Viena

Concluí mi última entrada de blog revelando que eventualmente – tras dos infecciones de COVID – conseguí escapar de España un rato para pasar unas vacaciones fuera. Ahora puedo revelar que este viaje de cuatro días me llevó a la capital austriaca, ¡en dónde me reuní con mi amiga Loredana! No la había visto desde que me visitó, junto con Megan y Heidi, en Madrid hace ya dos años en 2019, así que tenía muchas ganas de pasar unos días en su casa y explorar Viena.

El viaje se arrancó con el despertador sonando a las 05:30am. Luego me subí a un taxi y acabé pasando por el control de seguridad del aeropuerto de Madrid justo a tiempo como para pillar el amanecer espectacular desde la Terminal 4. No tuve mucho tiempo para estar allí observándolo, sin embargo, ya que entre el desayuno que me tomé y el embarque temprano me encontré volando hacia el este de Europa antes de lo previsto.

Aterricé en Viena sobre mediodía y el hombre más gruñón que he visto jamás me inspeccionó la documentación sanitaria antes de dejar que pasase. Mientras esperaba los 45 minutos para la llegada del bus al centro, me puse a comer el sándwich algo pasado que había pillado en Madrid antes de despegar. Me entretuve con esta comida triste hasta un momento de drama cuando llegaron unos bomberos a extinguir un pequeño incendio en una papelera causado por una colilla mal tirada.

Cuando por fin llegué a centro de Viena, me dio la bienvenida Loredana en la estación de autobuses. Ya reunidos, bajamos a la estación de metro y nos acercamos a su casa para que dejase la mochila y que me refrescase un segundo antes de una tarde de exploración por la ciudad.

Me esperaba una sorpresa en su piso: Loredana y su novio, David, habían sacado una bici antigua para que los tres pudiéramos explorar el centro montados en bici. No dejo de comentar cuanto me gusta dar vueltas por Madrid en bici – ¡me conocen muy bien!

Nuestra vuelta en bici luego comenzó y estuvimos corriendo a toda leche por las calles vienesas tras unos momentos de pánico mientras me acostumbraba a la falta de asistencia eléctrica y el método raro de frenar que me tenía pedaleando para atrás. Pasamos por un par de las zonas numeradas de la ciudad hasta llegar al centro y al barrio de los museos, una área peatonal llena de museos y terrazas bonitas. Nos sentamos en la terraza de un café donde trabaja el hermano de David e inmediatamente me pedí una ración de kaiserschmarrn, un plato austriaco que consiste en unas tortitas gruesas que se cortan en pedacitos y se sirven con azúcar y una salsa tipo mermelada para mojarlas. ¡Deliciosísimo!

Casi cada edificio en el centro de Viena lucía como si fuera de cuento.

Después de tomar un café y este pecado dulce, seguimos con las bicis, pasando por muchos edificios icónicos que no fotografié ya que no tenía tiempo mientras montado en bici y muchos de los mismos estaban en obras. Loredana sí que me sacó una foto explorando con el casco puesto, pero luzco horrible – no incluiré esa por ahora…

Luego dimos una vuelta por el “ring”, una calle circular que rodea el centro de Viena. Este camino nos llevó hasta el río, así que aprovechamos para bajar a la ribera y parar por allí a tomar algo con vistas sobre las aguas. Para acompañar mi gin tonic de limón, también me pillé una bandeja de bolitas de masa hervida llenas de carne para quitarme los primeros ecos de hambre.

Esta ronda de copas nos dejó algo cansados, así que nos acercamos a casa para descansar antes de salir a cenar. Ya que acababa de aterrizar en Austria, me apetecía mucho probar la comida local, así que Loredana y David me llevaron a un restaurante asturiano para probar algunos platos típicos de la región. Entre aquellos figuraban fittatensuppe (una sopa con tiras de tortita), carne con spätzle (una especie de fideo), y schitnzel (un filete empanado). Acabamos la cena con un poste de apfelstrudel (un pastel dulce con manzana y salsa de vainilla) y un chupito de schnapps.

El sabor y la fuerza del schnapps me pilló por sorpresa y me dejó con la boca ardiendo.

Antes de volver a casa fuimos a tomar algo en una calle salpicada por bares pequeños montados en los arcos de un puente del metro. En una terraza allí me tragué unos cocteles de tequila y zumo de naranja mientras nos reíamos hablando de todo tipo de tonterías, después del cual nos volvimos a casa.

El día siguiente era el único en el cual estaríamos juntos los tres, así que aprovechamos del buen tiempo y organizamos un plan sobre un desayuno maravilloso que montaron Loredana y David en la mesa en su bonito jardín. Dejando las bicis en casa, decidimos movernos en pie o a través del transporte público, así que volvimos al centro vienés vía un tranvía y luego el metro.

Incluso hice un par de nuevos amigos peludos por el camino.

El metro nos dejó en el centro absoluto de la ciudad y al lado de Stephansdom, la catedral más icónica de la ciudad. Por suerte se había montado un mercadillo en la plaza que rodea la estructura impresionante, así que pasamos por las distintas casetas mientras yo admiraba la altura y el detalle del arquitectura de la catedral.

Los patrones presentes en el diseño del techo de la catedral la han vuelto en un icono de Viena.

En este mercadillo probé por primera ve el sturm, una especie de vino joven que sigue siendo my dulce y con un contenido my bajo de alcohol. Era muy rico y algo que se podría convertir paciente en un vicio si existiera aquí en España. Bueno, quizá haya algo parecido, igual lo podría buscar – pero tal vez sea mejor ni mirar…

Luego penetramos más el casco histórico vienés, viendo muchos edificios, plazas y estructuras icónicas más por el camino antes de plantarnos en una terraza para descansar con una cerveza en la mano. Mientras bebíamos hablábamos de qué comer, ya que tanta exploración nos había dejado con hambre. Loredana sugirió un restaurante libanés que me parecía interesante, así que nos acercamos allí y disfrutamos de una comida delicioso que nos dejó al punto de reventar.

Realmente tuve bastante suerte con el tiempo durante el viaje, el sol no paraba de brillar.

Bien hinchados tras una comida tan grande, continuamos explorando las calles vienesas, acercándonos a uno de los numerosos parques cuando David se tuvo que ir a estar con otros amigos. Loredana y yo ahora nos encontramos en un barrio bastante elegante y acabamos haciendo algo que no nos imaginábamos haciendo, pillando cosas recién tiradas de un contenedor que había en la calle. ¡Encontré una corbata limpia y bonita y me la puse durante el resto de la tarde!

Ya cansados de tanto andar, volvimos a casa y a otra sorpresa que Loredana tenía para mí. Aunque acceder a este espacio técnicamente queda prohibido, la última planta de su edificio tiene un acceso que da al techo, así que sacamos la escalera de manera silenciosa y subimos para arriba hasta la azotea prohibida.

Loredana subió esa escalera sin indicar ningún respeto por las normas de la comunidad.

Las vistas desde la azotea eran inesperadamente espectaculares – había una vista de casi 360° sobre Viena y sus afueras. Además, habíamos subido justo a la hora perfecta para disfrutar el atardecer sobre los techos vieneses. No tengo mucho más que comentar aquí, las fotos hablan solas…

Aún llenos gracias a la comida y bien exhaustos tras tanto caminar, optamos pasar lo que quedaba de la tarde en casa, así que Loredana sacó el Sing Star para Playstation 2. Nunca había jugado al juego de karaoke y puede que sea yo el que peor canta en este mundo, pero nos la pasamos pipa cantando con todas nuestras fuerza hasta cansarnos.

El día siguiente me desperté en un piso vacío ya que tanto Loredana como David se tuvieron que ir a trabajar. Me habían dejado con una llave y unas instrucciones de adonde ir para entretenerme hasta que volviera Loredana sobre la hora de comer. Con mi mapa en la mano y las diez palabras de alemán que conozco, me fui a buscar el Palacio Schönbrunn.

Ese día el sol brillaba bastante y hubo un momento que no me entendía con la que trabajaba en una panadería donde había ido a buscar un desayuno, pero por milagro conseguí pillarme una caracola de canela y bajarme en la parada de metro correcta para entrar en el palacio y sus jardines.

Como bien se puede ver en las fotos, la belleza de este lugar no decepcionó nada. La estructura amarilla enorme era impresionante en sí, pero casi se quedaba pequeña entra los jardines extensos que la rodeaban. Di unas vueltas despachas por esta zona al principio, mirando cada detalle con asombro y sacando fotos a cad acosa, pero luego pensé que siguiendo así no llegaría a ningún lado. Para tener algo de energía, me pillé un helado de kaiserschmarrn y fresa y me acerqué al primer lugar que había marcado Loredana en mi mapa, la Casa de Palmas.

Al ver que tenían kaiserschmarrn (las tortitas dulces) como sabor, sabía que tenía que ser mío.

Tras esta vuelta por los jardines bonitos y planos, tocó empezar a subir la cuesta enorme que se encontraba detrás del palacio para llegar al siguiente punto que tenía marcado en el mapa, La Glorieta. Este mirador tiene vistas sobre el palacio y la ciudad detrás, pero decidí que necesitaba más calorías antes de intentar escalar hasta allí, así que me pillé una comida en la forma de una salchicha con ketchup y mostaza.

Luego empecé a subirme para arriba, parando de vez en cuando para recuperar fuerzas y acabar mi botella de apfelschorle (zumo de manzana con gas) que había comprado en un quiosco. Una vez subido al mirador noté que valió el esfuerzo la subida por las vistas. Pasé un buen rato mirando y fotografiando todo antes de empezar a bajarme para abajo.

Llegué a la altura del palacio principal sobre la hora de comer, así que saqué unas ultimas fotos del edifico y los jardines antes de acercarme otra vez al metro para volverme a reunir con Loredana en su casa. Ella estaba cansada tras un día largo en el trabajo y yo estaba bien exhausto después de unas cuantas horas explorando Schönbrunn, así que nos echamos la siesta antes de comenzar las actividades de mi última tarde en Viena.

Antes de salir a cenar por última vez en Viena me quedaba una tarea por hacer – una visita a un supermercado local para pillar algo de picoteo austriaco para el equipo en Erretres. Loredana me ayudó a elegir unos caprichos salados y dulces para traer a Madrid y también nos pillamos un aperitivo que me contó que era un clásico entre los vieneses – una especie de bocata con carne formada y especiada. Que la carne tuviera una textura y forma así se me hizo raro, pero sabía bien rico y hambre había ¡así que perfecto!

Al llegar la hora de cenar, los tres salimos a un restaurante de comida fusión asiática. Después y para bajar la comida, dije que deberíamos subir la escalera bien alta de un edifico local. Quizá no fuera la decisión más sensata tras una infección reciente de COVID, ¡pero a la cima llegué!

Vimos las vistas desde la azotea durante un rato antes de bajar a la calle y volver a casa, donde nos tomamos unos chupitos de Berliner Luft, un licor con sabor a menta que comenté que sabía igual que el enjuague bucal. Luego tuve que hacer la mochila a regañadientes para el viaje de vuelta el día siguiente – ¡sentía que solo había estado en Viena durante cinco minutos!

La siguiente mañana tuve que levantarme treparon para ducharme, guardar las últimas cositas en la mochila y despedirme de y dar las gracias a Loredana y David por recibirme en su casa y por ser anfitriones y guías turísticos fantásticos para mi primer viaje por esta ciudad preciosa. Aunque seguramente volveré a visitar Viena, también insistía que los dos vinieran a visitarme en Madrid en cuanto podían – ¡me gusta recibir tanto como ser recibido!

Pues no queda mucho más por añadir más que volver a dar las gracias a Loredana y David ¡y prometer que estaré de vuelta a Austria en cuanto se pueda!

19.09.21 — Diario

La visita de Izzy y más

Al acabar mis dos encierres por la COVID, con razón buscaba estar en mi piso lo mínimo posible. Afortunadamente tenía muchas ideas en mente de que hacer tras tanto tiempo para estar contemplándolo. Empecé mi libertad con un viaje que me llevó a las afueras de la ciudad, a la casa de un amigo en Las Rozas, donde habíamos quedado en bañarnos un rato en su piscina y luego salir a cenar.

El atardecer sobre Las Rozas creó una serie de colores otoñales bien bonitos.

Nos pusimos al tanto en su piscina antes de salir a cenar pizza, luego pasamos la tarde hablando en el parque con una birra en la mano. Eventualmente me vi obligado a coger el tren de vuelta a casa, ya que era un domingo por la tarde y me tocó volver al trabajo el día siguiente.

El finde siguiente me monté en una bici y subí a explorar el centro de la ciudad, ya que tenía que hacer un poco de reconocimiento para la visita de Izzy y también porque me apetecía visitar unos de mis sitios favoritos por Madrid. En la primera vuelta en bici subí a Ópera y la zona del palacio y la catedral. Allí tomé una pausa para comerme un helado y para inspeccionar las vistas desde el mirador nuevo entre el palacio y la catedral que llevaba años en obras.

Mi segunda vuelta en bici me llevó en un círculo por el centro de la ciudad y luego acabó con una caída libre por una cuesta hasta el lago enorme en la Casa de Campo. Desde allí luego volví a casa por el Parque Madrid Río, deteniéndome en el camino para montarme en un columpio colgado de la parte inferior de un puente – ¡hacía años que no me había montado en un columpio!

Unos días después, cuando tenía que haber estado en Oslo (un viaje cancelado por causa del COVID), decidí que por fin canjearía la entrada al Parque de Atracciones que me había comprado en abril y que no podía utilizar en esas fechas por el encierre perimetral de mi barrio. Aunque en estas fechas tenía que ir solo, decidí que me acercaría al parque ya que se me estaba agotando la plaza de canje y pensé que supondría una buena distracción de la tristeza de no poderme había ido al extranjero.

El Parque de Atracciones queda a tan solo un viaje en metro de mi piso, así que llegué para la hora de apertura (a mediodía) y canjeé mi entrada. Entrar solo rodeado por grupos de amigos se me hizo algo raro, pero después de subirme a la primera atracción (en la cual acabé sentado al lado de un tal Javier, un saludo si estás por allí) me acostumbré al ritmo y empecé a tachar de la lista las atracciones que tenía apuntadas como las más interesantes.

Después de algunas montañas rusas y tras quedarme empapado en los troncos, me senté para comer, que por supuesto tomó la forma de un trozo de pizza mediocre que se suele vender en los parques de atracciones. Después de comer me monté en aún más atracciones de las más intensas, entre ellas algunas que no eran montañas rusas que al final me parecían bien graciosas – todas menos una que nos giraba tanto que sentí que iba a acabar rociando al pobre chico a mi lado con una mezcla de queso y pepperoni…

Me grabé un vídeo en los troncos pero salgo gritando así que no me atrevo a subirlo…

Con el paso del día y la bajada de mis niveles de energía, me volví a sentar para tomarme una cerveza bien grande y un gofre en forma de cono relleno de chocolate y helado. Una vez devorado todo, tocó volver a subirme a las atracciones que más me habían gustado, cosa que me llevó de vuelta a las montañas rusas y hasta una torre de caída libre que no salía en mi listado ¡pero que era bastante emocionante!

Tras otra vuelta por el parque entero el día se convirtió en noche y estaba ya bastante agotado, así que ya pensaba en acercarme a la salida e irme a casa. Dado que el parque cerraba a las 10pm, decidí pillarme otra jarra más de cerveza y una bocata mientras se ponía el sol, pero eso fue después de haber encontrado por accidente Los Rápidos y Los Fiordos.

Me subí a esta última atracción con algunos pocos más y dimos una vuelta por la ruta corta, siendo ligeramente rociado con agua tras la caída principal. Al llegar de vuelta en la estación no había nadie en la cola, así que el grupo de adolescentes en frente de mí preguntaron si podíamos dar una vuelta más. El operador de la atracción insistió que quien quisiera que podía bajarse, pero pensé que dejaría que las cosas fluyeran – ¡y esta decisión la pagué con ser calado en esta segunda vuelta!

Se presentaron unas vistas únicas al estar en un parque de atracciones después del atardecer.

Acabado el día largo en el parque, volví a casa y me sobé casi al instante. El día siguiente había quedado con Sara en ir a comer en el centro, después del cual aclamaos en mi casa con un libro de colorear y practicando un poco de caligrafía – ¡una tarde dominguera bien relajada! Luego pasamos por su casa a vernos con su novio y unos amigos suyos que estaban de visita, bajándonos a una terraza al lado para tomar algo y acabar así otro día ocupado.

El día siguiente marcó la llegada de Izzy, así que pasé un rato limpiando mi paso antes de subirme a la estación de Atocha para darles la bienvenida a ella y a su novio Alex al llegar desde Barcelona. La primera tarea fue pasar por una clínica para que se hicieran una PCR, después del cual pasamos por mi casa para que dejaran sus maletas.

Por la noche salimos a cenar tacos en Mi Ciudad, una taquería mexicana pequeña que visité con Izzy la primera vez que me visitó en Madrid en el 2016 y en la cual no he estado durante mucho tiempo. Llenos de tacos y gringas deliciosas, bajamos a La Latina y luego Lavapiés para tomar algo, tras el cual nos acercamos a casa para descansar antes de un día de excursiones.

Ese sábado fue uno de los días más intensos de exploración que he realizado jamás en Madrid – hicimos tanto entre las horas de 08:30am y 11pm que ni me acuerdo que hicimos como para escribirlo todo aquí. Entre muchas otras cosas más, desayunamos en Ojalá, dimos una vuelta por Retiro en patinete, pasamos por el Palacio Real en bici, tomamos algo en el Matadero, dimos un paseo por el Parque Madrid Río, montamos un picnic para ver el atardecer desde el Templo de Debod y acabamos tomando algo con unas buenas raciones en mi bar local antes de irnos a acostarnos. ¡Menudo día más ocupado!

El día siguiente fue un domingo, pero no nos tocó descansar a pesar del día intenso que acabábamos de experimentar. Nos volvimos a montar en bici por la mañana, subiendo así al norte de la ciudad para desayunar unos croisanes antes de bajar a casa en taxi para que cogieran sus maletas y luego otro taxi al aeropuerto para su vuelo de vuelta a Londres – ¡vaya visita más rápida e intensa!

Tras despedirme de ellos, dormí la siesta un rato para recuperar fuerzas antes de salir a comer, ya que había quedado con Napo en nuestra pizzería favorita. Después de comer acabamos en mi piso tomándonos un gin tonic – la manera perfecta de acabar una tarde.

¡Pero espera! No había puesto fin aún a mi finde atareado. Para celebrar el cumpleaños del novio de Hugo, habíamos quedado en cenar por el centro. Me volví a acostar un rato antes de salir, y nos lo pasamos muy bien – yo disfruté uno de los postres más cargados que he tomado en mucho tiempo…

Tras mi finde loco me tocaba volver al curro, pero eso no me impidió que sacara alguna foto ni que saliera de vez en cuando por la tarde. Esta primera toma con vistas sobre Madrid se vio desde la tercera planta de mi hospital, donde había ido a que me hicieran una prueba rápida.

También pasé un par de tardes por el río donde he estado escribiendo mis entradas de blog y viendo el mundo pasar. Un restaurante y bar que nunca había estado antes se ha convertido en uno de mis lugares favoritos, ya que me puedo plantar con mi iPad para trabajar en lo que sea y tomarme una cerveza con limón mientras veo el atardecer – ¡perfección!

Sari me invitó a su casa otra noche, donde nos pusimos al día con una cerveza en la mano y picando un aperitivo bien bonito que había montado Sari con unas carnes y quesos que había traído desde el norte. Luego acabamos en un bar local, donde acabamos bien la noche con una ración de calamares y una última caña.

Con eso, ya dejo mi blog más o menos actualizado, ya que solo me queda escribir otra entrada que explora la primera – y última – viaje al extranjero del verano: ¡gracias, COVID! No desvelaré adonde me fui por ahora – tendrás que esperar hasta la próxima…

14.09.21 — Diario

Coronavirus: 2 × 1

Tras un poco de presagio en mi última entrada de blog, estoy seguro que el título de esta aclarará cualquier duda con respeto a lo que me ha pasado: pillé el COVID, y no una vez sino dos.

Antes de explicar como logré matar el tiempo en mi piso solo, debería abordar el misterio que seguro que te tiene algo rayado: ¿cómo conseguí pillar COVID dos veces? ¿Y cómo acabé haciéndolo en tan solo dos meses?

La respuesta sincera es que nadie lo sabe. Tanto mi médica de cabecera como los del servicio COVID de la comunidad me han ayudado mucho durante estas dos infecciones, llamándome periódicamente para ver qué tal estaba y guiándome por los próximos pasos en cada momento. En una de estas llamadas, mi médica admitió que ella tampoco sabía como había conseguido dar positivo por el virus dos veces. Una teoría es que la primera vez supuso un falso positivo, que puede ser, pero nunca lo sabremos definitivamente.

Lo importante es que ahora estoy sano y totalmente recuperado de la COVID – bueno, menos el tema del gusto y el olfato, que me siguen faltando. Como mencioné, tengo que agradecer a los servicios de salud madrileños por el contacto que mantuvieron conmigo durante estas fechas, y también a mi familia y amigos que me mantuvieron entretenido durante las tardes largas confinado en mi piso.

Ahora sigamos con la historia. La primera infección que sufrí se manifestó tras el viaje de Kevin y Cami a Madrid, gracias a una PCR que me hice en una clínica privada para poder viajar a Inglaterra a visitar a mi familia. Me sorprendí mucho al recibir el resultado positivo porque no tenía ningún síntoma, pero aún así me encerré en casa como era mi deber y empecé los diez días de cuarentena.

La iluminación bonita hizo el encierre algo menos díficil.

El primer encierra no se me hizo tan pegado, solo que estuve algo triste por haber perdido la oportunidad de visitar a mi familia o bien salir a aprovechar del buen tiempo por Madrid. Cambié algunos de mis días de vacaciones para poder teletrabajar y así mantenerme ocupado, con la idea de luego disfrutar estos días en otro momento cuando realmente podría aprovechar de ellos.

Como digo, estuve completamente sano, salvo una tos muy ligera, así que me entretenía cocinando y montando noches de spa para mimarme. Un día hasta llegué a hornear pan de plátano por primera vez, pero no me esperaba que me saliera tan grande ni tan rico – ¡tardé bastante en acabarlo!

Tuve que hacer el pan de plátano en un molde de tartas gracias al encierre.

Cuando se me quitó la tos y cuando ya había pasado los diez días de cuarentena, me liberaron, y mi vida volvió a la normalidad durante un rato. Tras la emoción de mi viaje a Suecia, empecé a sentirme un poco regular.

Una noche estuve acostado y noté que me sentía con algo de fiebre, así que me medí la temperatura y descubrí que estaba algo elevada. No me preocupaba mucho, ya que me había comido un salmorejo un poco pocho más temprano en el día, así que supuse que mi cuerpo estaba reaccionado a eso. Fue una conclusión razonable dado que había pasado COVID unas semanas antes – pensé que sería imposible que se me volviera a contagiar tan enseguida.

Como precaución, me quedé en casa. Me tomé un paracetamol el día siguiente y seguí trabajando. El día después, me levanté con algo de perdida de olfato y gusto, y a mediodía ya habían desaparecido por completo. Bien sabiendo que esto supone una señal típica del virus, llamé a mi centro médico y organicé a que me hicieran un test esa misma tarde.

Como era de esperar, el test salió positivo. De vuelta a otra cuarentena de diez días, me vi obligado a buscar otras maneras de entretenerme que no involucrasen hacer comida rica. Jugué un poco con la iluminación de mi piso durante un rato, me puse a practicar caligrafía y empecé a experimentar con la creación y degustación de las creaciones culinarias más asquerosas que me podía inventar…

Con dos viajes cancelados (uno a Oslo para reunirme con Heidi y otro a Tenerife a ver a Cami), este segundo encierre se me hacía más desalentador al principio. Esto, junto con el malestar provocado por el virus, la falta de gusto que me impedía disfrutar la comida y el estar encerrado durante la segunda parte de mis vacaciones veraniegas, hicieron que esta segunda ronda fuera particularmente dura.

Tras algunos días de vivir apoyado por el paracetamol, me llamó mi médica para ver si me podían ya liberar. Gracias a una tos leve que no se me iba, me dijo que me quedara dentro de mi casa tres días más, así que me encontré con la prisión extendida hasta la segunda semana de mis vacaciones.

Esta prolongación de mi cuarentena supuso algo de molestia, pero por lo menos no fastidió los planes que tenía para el finde siguiente: recibir a Izzy y su novio Alex en mi casa. Eso, sin embargo, lo tendré que dejar para otra entrada de blog.

Y así llegamos a la conclusión de una entrada quizá algo aburrida, pero voy a acabar con un tono algo más optimista. Desde que pasé la segunda ronda de COVID, he podido disfrutar de unos días con Izzy y Alex y hay más por venir en este mes y el siguiente, porque tengo pendientes muchas visitas y otras pequeñas aventuras. Ya sabes que os contaré todo en cuanto pueda – ¡hasta entonces!

30.08.21 — Diario

Båstad

Ahora que mi web está de vuelta tras un error causado por mis capacidades de desarrollo de WordPress dudosas, la entrada de blog de hoy rompe con las actualizaciones típicas de Madrid gracias a un viaje laboral espontáneo a Suecia.

La semana antes de este viaje, un cliente nuestro nos contacto para pedirme que fuera a un evento que tomará lugar en Suecia y que presentase una vista previa de su nueva marca a sus colaboradores allí. El evento tendría lugar en la ciudad costera de Båstad, que queda más cerca a la capital danesa de Copenhague que a la sueca, Estocolmo.

Esto hizo que el viaje fuera algo complicado que consistió en un vuelo de Madrid a Copenhague y luego un tren de dos horas desde Copenhague, por Malmö y por la cosa sueca hasta Båstad, dónde me recogería un taxi para llevarme al hotel. Ya que la COVID aún está arrasando por Europa, la gran complicación de este viaje fue el papeleo variado necesitado por los tres países involucrados: Dinamarca, Suecia y España.

Una vez pasado por el control de salud en Copenhague, cogí algo de comer antes de subirme al tren con destino a Suecia. Los primeros minutos del viaje nos llevó por debajo y luego por encima del mar, pasamos por un túnel de Copenhague a Peberholm (una pequeña isla artificial) y luego por el puente de Øresund. Me quedé demasiado flipado como para sacar ninguna foto, ¡pero vale la pena echar un ojo en Google!

A bordo el tren me quedé impresionado por la falta de uso de mascarillas. Una búsqueda rápida online (gracias al WiFi gratuito – los escandinavos saben como montar la infraestructura pública) relevó que no hay ninguna obligación de llevar mascarilla en Suecia. Dejé la mía puesta y me puse a trabajar en unos cambios de última hora a la presentación que iba a dar justo esa misma noche. ¡Llegué a Båstad una mera hora antes de la hora que me iba a tocar bajar a la cena de gala y presentar!

Me habían dicho que me estaría esperando un taxi en la estación de Båstad, así que me bajé del tren en esta estación en la mitad de la nada y me empecé a preguntar como se suponía que iba a identificar al taxista. Me acerqué al único tío que estaba esperando al lado de un coche. Éste me dio la bienvenida en sueco – un idioma que no manejo nada – pero pensé que reconocí el nombre del hotel entre el resto, así que me subí al taxi sin pensarlo más – ¡no había tiempo que perder!

Siguiendo el viaje en Google Maps – aún no estaba seguro que había cogido el taxi correcto – vi que andábamos por el bueno camino y me relajé un poco, disfrutando las vistas del pueblo pequeño y de la costa antes de llegar a mi destino, el Hotel Skansen. Allí tuve que hacer checkin y encontrar mi habitación lo antes posible, ya que me quedaba tan solo media hora para deshacer la maltea, repasar la presentación una última vez, cambiarme y estar de vuelta en la recepción para ir la cena.

En este momento debería destacar que tanto el pueblo como el hotel eran absolutamente preciosos – Båstad acoge una vez al año el Swedish Open, el principal torneo de tenis en Suecia, y mi habitación de encontraba en un edificio conectado a la pista principal. Esto significó que podía ver la pista de tenis y el mar por detrás al salir de la puerta de mi habitación. ¡Una pasada!

No había tiempo como para procesar todo esto ni disfrutar las vistas, sin embargo, ya que solo me quedaban unos 25 minutos. El proceso de deshacer la maleta consistió en darle la vuelta a la misma y distribuir los contenidos por encima de la cama. Tuve que ensayar la presentación en voz alta a la habitación vacía mientras intenté ponerme unas botas bien apretadas y la única camisa formal que tengo. ¡Cuanta prisa!

Llegué a la recepción a las seis en punto y me encontré rodeado por mucha gente que hablaba entre sí en sueco. Había pensado que la cena tendría lugar dentro del hotel, pero la presencia de una serie de autobuses me hizo pensar que así no sería. Por fin encontré a una persona que reconocía y nos dijeron (en inglés, menos mal) que nos subiéramos al autobús.

El viaje al lugar misterioso de la cena nos llevó por la costa bonita.

En breve llegamos a un aparcamiento grande que estaba bordado por el mar en un lado y una colección de edificios y bonitos que formaron le puerta de entrada a un jardín inmenso en el otro lado. Empecé a darme cuanta que esto iba a ser una cena en funciones, una sensación que se consolidó al pasar por los jardines y hacia una villa enorme que se situaba detrás de un estanque y una serie de setos perfectamente formados.

Resultó que íbamos a cenar en el Restaurante Orangeriet en Norrviken Båstad, una villa y jardines que antes eran propiedad privada pero que ahora están abiertos al público. Habían reservado el restaurante entero para la cena de gala, así que entramos a tomar una copa de vina y buscar nuestros asientos asignados antes del comienzo de las presentaciones.

Una vez sentados, la noche empezó con el entrante y su copa de vino. Sobre un cuenco de crema de marisco, me puse a hablar con mis compañeros de mesa, entre los cuales figuró uno de los mejores tenistas de Suecia, una de las organizadoras del evento y los dueños de varios clubes de tenis y pádel en Suecia y Noruega. He jugado al pádel una vez en mi vida ¡así que me encontraba fuera de mi zona de confort!

Luego empezaron las presentaciones, pero yo aún seguía sin saber exactamente cuando me iba a tocar subirme al escenario. Cuando pasó el técnico para decirme que configurase mi Mac, pensé que ya era hora, pero resultó que primero íbamos a comer el plato principal, así que volví a hablar con mis nuevos amigos durante un rato.

Luego llegó el plato principal, cordero asado, acompañado por una copa más de vino y una guarnición de patatas suecas, un detalle que causó una discusión entre los suecos y los noruegos de la mesa sobre cual país tenía la mejor gastronomía. Estaban ricas las patatas, tengo que admitir, y el vino (un vino español) era mejor aún – pero me estaba controlando el consumo del alcohol hasta después de mi presentación.

Acabado el plato principal, ya me tocó presentar, así que me subí al podio y comencé con un par de bromas antes de pasar a presentar una vista previa de la nueva marca del cliente a un público de unos 200+ de sus colaboradores. Siempre me ha gustado presentar y esta vez me lo pasé bien también – ¡tuve buen publico gracias a la cata de vinos que todo el mundo se había tomado!

Una vez finalizada la presentación, volví a la mesa y no esperé en acabar las copas de vino que había estado guardando. Luego llegó el poste, y aunque a mí me gusta mucho el dulce, tengo que decir que ese postre fue el pico de la cena. Consistió en una pequeña tarta de chocolate con un meringue y un bloque de helado casero con sabor a hjortron, una fruta nativa a la región.

Al finalizar el poste y la copa de vino de porto que lo acompañó, tocó volver al hotel. Nos volvimos a subir al autobús y comentaron que iban a seguir con las celebraciones en el bar del hotel. No me interesaba a mí, sin embargo, ya que había pillado una hora temprana para desayunar porque quería probar el “spa frío”, una experiencia que suponía bañarse en las aguas congeladas del mar del Norte.

Me desperté el día siguiente con algo de resaca leve – la variedad de vinos al parecer no me sentó muy bien después de tanto tiempo en cuarentena – y me bajé a desayunar. Me hinché de beicon, salchichas, huevos y incluso un poco de salmón. Acabé el desayuno con unas tortitas con nata montada y sirope de arce y volví a mi habitación para hacer la maleta.

No hay nada que mejor cure una resaca que un buen desayuno y un rato al aire libre.

Al final no tuve el tiempo ni la ropa correcta para ir al spa, ya que había olvidado llevar un bañador y las opciones que tenían a la venta en su tienda eran demasiadas caras para un baño rápido en el mar. También tuve que navegar otro crisis que se desarrolló cuando la tía de la recepción me informó que las dos compañías de taxi del pueblo no tenían taxis para la hora que quería, así que tuve que decidir si coger un bus a la estación de tren o ir andando.

Eventualmente decidí que iría andando a la estación, ya que el autobús me iba a dejar una hora antes de mi hora de salida y pensé que podría ver un poco del pueblo de Båstad si fuera caminando. Con la mochila bien pesada, bajé primero a la playa al lado del hotel para ver el spa frío que no me había dado tiempo de visitar.

Tras una llamada rápida a mis padres para informarles como iba el viaje, me di cuenta que solo me quedaba una hora y pico para caminar el resto del viaje que Google me informó que tardaría unos 50 minutos. No quería acabar teniendo que correr el último tramo hasta la estación, así que empecé a subir por el centro de Båstad, sacando alguna que otra foto por el camino.

Los colores pastel y el cielo gris crearon unos ambientes interesantes.

Eventualmente pasé por un supermercado, diciendo que podía entrar a pillar unos regalos para mis compañeros ya que iba con buen ritmo. No tomé en cuenta, sin embargo, el hecho de que siempre me distraigo muchísimo en los supermercados en el extranjero, así que tuve que darme algo de prisa al salir y seguir hacia la estación de tren.

Con mi barrita de KEX en la mano (gracias a Danni por recomendármela), me acerqué a toda leche a la estación, pasando por unas casas bonitas y algo de arquitectura interesante por el camino. Llegué a la estación con apenas diez minutos de sobra, y eventualmente me subí al tren de vuelta por el campo sueco y al aeropuerto de Copenhague.

Estaría todo guapo quedarse un rato en una de estas casas con vistas del mar.

En el aeropuerto tuve que hacerme otro test de COVID, pero el proceso fue rápido y eficaz así que en nada me encontré embarcando el vuelo de vuelta a Madrid tan solo 24 horas después de aterrizar en Copenhague el día anterior. En el aeropuerto, la barrita KEX supuso un buen postre después de haber yo medio disfrutado uno de los sándwiches más caros que he comprado en mi vida.

Una vez de vuelta a Madrid, cogí un taxi de vuelta a casa y me fui a dormir bastante temprano – me tocó volver al trabajo el día siguiente. Me habían ofrecido quedarme un rato más en Båstad, pero lo había rechazado ya que tenía que entregar unas cosas en septiembre. En Inglaterra decimos siempre que ¡no hay descanso para los malvados!

El viaje entero a Båstad se me pasó volando, lo cual queda algo obvio con tanta entrada de blog que documenta tan solo unas 24 horas. Me lo pasé muy bien, conocí a mucha gente muy interesante y viví una serie de experiencias chulas, pero todo pasó tan rápido que no tenía ni un momento para procesarlo – ¡era todo como un sueño!

De todas formas me siento muy afortunado de haber sido invitado al evento, que fue como unas vacaciones de dos días a pesar de estar conectado y trabajando durante la mayoría del rato. Båstad es un lugar precioso y lo tendré en mente sin duda si en algún momento se me ocurre escarparme del calor veraniego de Madrid en el futuro.

Antes de cerrar esta entrada de blog, os daré una pista bien sutil sobre el asunto de la próxima. Para hacer esto, os dejo con este comentario críptico: hay una frase dentro de esta entrada de blog que presagia ominosamente lo que está por venir…

27.08.21 — Diario

Cami y Kevin en Madrid

Retomo las cosas donde las dejé en mi ultima entrada de blog, cuando Kevin, Cami y yo empezamos el viaje a Madrid tras nuestra gran reunión en Oviedo. Después de nuestra gran aventura bajando el Sella y comiendo todo lo que ofrece Asturias, me preocupaba la idea que Cami y Kevin no se la pasaran tan bien en Madrid, pero al final hicimos bastantes cosas…

Tras otro vuelo absurdamente corto de Oviedo a la capital, los tres nos subimos a lo que supuestamente era un tren directo a mi barrio para luego bajar a tomar algo en mi bar local preferido. Como ya he revelado en ese momento de presagio obvio, directo el tren no acabé siendo, tuvimos que hacer dos transbordos para llegar a mi piso.

Una vez en casa, los tres dejamos nuestro equipaje, nos duchamos y bajamos al Bar El Ferrocarril para tomar algo y cenar los mejores huevos rotos de Madrid. Una vez bien satisfechos, sugerí que cogiéramos unos churros recién fritos a modo de postre, así que nos fuimos yendo hacia la churrería.

Se manifestó un catástrofe, sin embargo, porque la churrería en cuestión se encontraba cerrada. Como alternativa, me acordé que había una heladería italiana a quince minutos que llevaba yo un buen rato queriendo visitarla, así que bajamos a probar el gelato que había visto yo que generaba colas.

Pasamos un buen rato por el río disfrutando nuestros helados antes de subir de vuelta a mi casa para descansar para el primer día de aventuras. Por supuesto, había creado un plan de lo que íbamos a hacer, y lo primero fue madrugar algo para estar en Ojalá y pillar una mesa para desayunar.

En este lugar mítico de desayunos de Malasaña, los tres disfrutamos mucho de un desayuno delicioso, completo con todo tipo de alimentos, infusiones, cafés y zumos para sostenernos en el calor veraniego madrileño. Es un sitio al cual he estado llevando gente desde la primera vez que viví en Madrid hace muchos años, ¡nunca decepciona!

Montamos un pequeño shooting en el sótano (la playa) de Ojalá.

Para bajar la comida, luego salimos a dar una vuelta por las calles bonitas de Malasaña, pero dentro de poco nos encontramos dentro de otro bar. Simplemente tenía que llevar a Kevin a comer un pincho de tortilla y tomar un vermú de grifo en la mítica Bodega de la Ardosa.

La tortilla y el vermú se apreciaron mucho en el interior castizo.

De allí fuimos tirando hacia Chueca, el barrio gay de Madrid, donde pillamos una mesa en la plaza central para disfrutar de un cóctel – aunque el mío tenía que ser sin alcohol gracias al maldito antibiótico. No pudimos quedarnos allí mucho, sin embargo, ¡ya que tenía otras cosas planificadas para antes de comer!

Tras pagar la cuenta, los tres luego caminamos por el centro de la ciudad, pasado por los sitios turísticos típicos como La Puerta del Sol, Plaza Mayor, La Almudena y el Palacio Real. Esta caminata bajo el sol del mediodía nos dejaba con ganas de una bebida y algo de comer, y había reservado en el sitio perfecto…

La terraza playera del Café del Rey, donde he pasado muchos jueves por la tarde cuando teníamos oficina en la calle Cadarso, fue el sitio que había elegido para comer. Aprovechamos del menú del día y tomamos algunas copas más antes de pasar al siguiente destino, el lago, donde había pensado que podíamos echar la siesta a la sombra.

Conseguí descansar media hora allí, pero me desperté con dolor de cabeza y la garganta seca gracias al calor opresivo del verano madrileño. Decidimos que solo había una manera de solucionar esto, y nos acercamos a una terraza al lado del lago para tomar una cerveza más antes de volver a casa a echar la siesta en condiciones.

Una vez recuperada algo de energía, nos volvimos a subir al metro y fuimos a uno de los mejores sitios – a mi juicio – a ver el atardecer: el templo de Debod. Llegamos justo a tiempo para ver los últimos momentos de la puesta del sol – el cielo montó un espectáculo magnifico de rayos de luz.

Cuando ya se hizo de noche y nos apetecía otra copa, nos sentamos en el césped para tomar una cerveza y el aperitivo que habíamos llevado. Avisé a Sara de que estábamos por allí, y se acercó para reunirse con Kevin por primera vez en tres años.

El plan original había sido bajar a Lavapiés a tomar algo más antes de volver a casa andando, pero perdimos por completo la noción del tiempo y el espacio, así que decimos tomar algo en un bar cerca del templo. Nos acogió en su bar un tipo super majo, que nos dejó tomar unas copas en su terraza mientras pedíamos comida de otro restaurante al otro lado de la calle.

Una vez llegada la hora de volvernos a casa, los cuatro cogimos el metro de vuelta al barrio, donde tuve la idea de montar una noche de spa y mimos para descansar tras un día bastante frenético de explorar la ciudad. Saqué las mascarillas faciales, exfoliantes corporales y todo tipo de crema y poción, y Kevin, Cami y yo nos sentamos a ponérnoslos mientras escuchábamos música relajante.

El día siguiente volvimos al rumbo, subiendo a Uniqlo (donde compro yo toda mi ropa, tengo un gusto sencillo) porque Cami y Kevin quería echar un ojo. Luego bajamos a Retiro en pie, parando a sacarnos unas fotos en la Puerta de Alcalá.

Las flores resplandecían casi tanto como Cami en el sol de verano.

En el parque nos cogimos una bici para la siguiente aventura del día, una que nos llevó por los sitios más emblemáticos de Retiro. Con sus rincones tan bonitos y sus paseos y bulevares numerosos, queda evidente el por qué lo acaban de nombrar como patrimonio de la humanidad.

Esta aún tiene que ser una de mis vistas favoritas en todo Madrid.

Visto todo lo que había que ver, luego bajamos por la calle montados en bici, corriendo hacia el río debajo para tomar algo en el Matadero a modo de un aperitivo antes de comer.

Después de eso comimos en un sitio italiano local, donde disfrutamos un menú de ensaladas, pastas y un poste delicioso de profiteroles. La comida nos dejó hinchados y cansados, así que Cami y yo volvimos al piso a echarnos la siesta mientras Kevin pasó a hacerse una PCR para su viaje de vuelta a los EEUU unos días después.

Tras descansar un rato en casa, en breve nos encontramos de nuevo montados en una bici y de camino al segundo lugar recién nombrado como patrimonio de la humanidad: el paseo de Prado. Esta zona es más difícil de definir, ya que supone el nombre de una calle, pero el reconocimiento de la UNESCO toma en cuenta los sitios fabulosos que se encuentran por el camino, desde la arquitectura asombrosa hasta la serie de fuentes míticos y el Museo del Prado.

Pasamos por el paseo entero, dando la vuelta en Cibeles, otra de las vistas más bonitas de Madrid. Luego dejamos las bicis para andar por el Barrio de las Letras, donde encontramos una terraza y nos sentamos para celebrar la última noche de Kevin y Cami en Madrid.

Las calles del Barrio de las Letras se encontraban bañadas en la luz del atardecer.

Acabadas las bebidas, los tres luego volvimos a casa, donde pedimos comida china y vimos un par de capítulos de Derry Girls antes de acostarnos relativamente temprano – Kevin y Cami tuvieron que madrugar el día siguiente para pillar sus vuelos: Kevin a Asturias para disfrutar sus últimos días en España y Cami de vuelta a casa en Tenerife.

La despedida emocional el día siguiente se hizo más fácil gracias al estado en el que nos encontrábamos los tres – ¡andábamos demasiado cansados como para entender lo que pasaba! Me despedí de Kevin y Cami con un abrazo grande, prometiendo que estaría pronto en Tenerife y los EEUU para visitarles en cuanto pueda.

Como mencioné en la última entrada de blog, fue una pasada estar reunido con Kevin y Cami de nuevo. Espero y deseo que el mundo se empiece a volver a la normalidad cuanto antes para que no haya que esperar tres años más para la siguiente reunión y serie de travesuras…

01.08.21 — Diario

La vuelta a Asturias: el descenso del Sella

Como me emocionaba anunciar al final de mi última entrada de blog, en breve iba a viajar a Asturias para reunirme con Kevin y Cami, dos amigos que antes vivían por la zona. He visto a Cami cuando pasó por Madrid un día y luego durante un par de visitas que he realizado a su nuevo hogar en Tenerife, pero llevo casi tres años sin ver a Kevin en persona – gracias a su mudanza a los EEUU y luego la pandemia mundial que nos ha caído…

Bueno, esa introducción concluida, pasemos a la historia principal. Tras recuperarme de una infección gastrointestinal horrible, por suerte tuve la energía como para acercarme al aeropuerto y realizar el vuelo más corto (40 minutos) que he experimentado jamás. ¡Fue un caso de despegar, mirar por la ventana durante unos minutos y luego empezar el descenso!

Había embarcado el vuelo sin ningún plan de cómo iba luego a moverme del aeropuerto de Asturias en el norte del principado hasta la ciudad de Oviedo donde andaban Kevin y Cami. Confiando plenamente en Google Maps, fui corriendo desde el avión al aparcamiento y luego a la estación de autobuses del aeropuerto, ya que el bus salía a las 21:15 y aún andaba en la pasarela de desembarque a las 21:10.

Me dio la bienvenida el clima asturiano: gris, frío y con nubes llenas de lluvia.

Se me había olvidado, entonces, que andaba en Asturias, y que las cosas irán a su ritmo si me viniera bien o no. En este caso me venía bastante bien la verdad, ya que me dejó con la oportunidad de descansar de mi sprint durante unos minutos antes de subirme al bus y continuar con mi viaje mientras empezó a llover.

Al acercarme a la estación de autobuses en Oviedo, donde había acabado mi viaje durante mi primera visita a la ciudad en 2017, pasamos por unas calles familiares durante el camino. La vista de los edificios conocidos y hasta el estilo híper-gótico de las farolas de Oviedo me emocionó mucho, pero en nada había vuelto a la realidad al bajarme del bus y sentir el aire frío de la noche.

Luego me quedó por delante un camino de diez minutos hasta la Calle Gascona, una de las calles míticas que está bordada por sidrerías por todos lados. Kevin y unos amigos suyos, Cami incluida, me estaban esperando en una de las sidrerías, donde me dieron la bienvenida con muchos abrazos y una ración de pastel de cabracho, uno de mis platos favoritos de la región.

Tras cenar volvimos a salir por Gascona, cuyo olor a sidra siempre me hace sentirme como en casa – ¡hay muchos pubs británicos que huelen igual! Por allí encontramos una terraza para tomarnos unas cervezas más y aproveché para ponerme al tanto con unos viejos amigos que no había visto desde la salida de Kevin a los EEUU.

Al empezar a cerrase los bares según el toque de queda, el grupo volvimos al coche de un amigo de Kevin que nos acercó al piso de Kevin en las afueras de Oviedo. Habíamos quedado en no trasnochar, ya que teníamos un plan único y algo exigente para el día siguiente….

Ese sábado, era el momento para bajar el Sella, una actividad veraniega mítica.

Como revelé –quizá antes de tiempo– en el título de esta entrada, habíamos organizado todo para bajar el Río Sella, un viaje de 15km por las aguas que supone una costumbre icónica de Asturias.

No es tan exigente como puede parecer, ya que cualquier día en verano hay cientos –si no miles– de otras personas bajando el río también. Todo el mundo está por la emoción que provoca el piragüismo, claro, pero también porque la ruta está salpicada por chiringuitos para pillar sidra, cerveza y todo tipo de fritanga y guarrerías. Por cierto, Kevin me había vendido el plan como “piragüismo, pero borracho”. Me apunté sin ni pensarlo.

El día empezó con algo de drama, ya que yo había pasado de matar un mosquito que daba vueltas por la habitación donde dormía en el piso de Kevin. Suponía que, ya que había tapado la mayoría de mi cuerpo con una sábana, me dejaría en paz y que no atacaría tanto mi cara. Me equivoqué bien, no obstante – me desperté con picaduras en los dos párpados que los habían dejado muy inflamados.

Nada iba a meterse entre mí y el piragüismo borracho, así que me tomé un antihistamínico y andando. Bajamos a un bar local para desayunar y luego pasamos al Alimerka a pillar cervezas y algo de picoteo para el viaje. Allí nos recogió Raquel, una amiga de Kevin, y nos llevó al pueblo de Arriondas dónde empieza el descenso.

El primer susto fue gracias a la manera en la que teníamos que entrar en el agua: ¡nos lanzaban, ya montados en la canoa, por un tobogán viejo de madera! Al principio pensé que era broma, pero en nada dejaron volando a Kevin por la rampa y al agua fría del Sella. Luego nos tocó a Cami y a mí en nuestra canoa doble – ¡chocamos con el agua con una salpicadura enorme que casi nos volcó!

Tras vaciar el agua de la canoa y tener que bajarnos de la misma para arrastrarla por unas rocas en una zona poco profunda del río, nos encontramos siendo llevados por la corriente. Al perder de vista a los demás del grupo, paramos en un punto donde habían mogollón de canoas, abrimos una bolsa de chuches y esperamos a que llegasen los demás.

No era una parada oficial en la ruta, pero había sidra, así que todo bien.

Al llegar los demás, fueron a comprar unas botellas de sidra y Kevin abrió una lata de cerveza. Andaba yo aún tomando antibióticos gracias a la infección gastrointestinal de la semana anterior, así que a mí me tocó una botella de agua, pero nos lo pasamos muy bien hablando y riéndonos y viendo el mundo pasar. Un momento bonito fue cuando un tren pasó y nos pitó, que dejo a toda la gente del río gritando y aclamando. ¡Había un ambiente maravilloso!

Después de un buen rato en las orillas, volvimos a subirnos a las canoas. No había mucha prisa, pero tenía todo el mundo que estar fuera del río a las 6pm, así que teníamos que estar en la penúltima parada a los 10km antes de las 5pm para que nos dejasen continuar hasta el final.

Mientras andábamos remando hasta la primera parada oficial de la ruta, salió el sol y me atreví a sacar mi móvil del barril hermético que nos habían dejado para guardar nuestros móviles, comida y cervezas durante el viaje. Así pudimos sacar unas fotos y grabar algún vídeo mientras bajábamos – ¡aquí dejo un vídeo de mí remando a tope!

Un rato después, y gracias a su viaje solo mientras los demás íbamos en pares, perdimos a Kevin. Cami y yo nos encallamos en las orillas una vez más para esperar a los demás y contactar con Kevin por WhatsApp para decirle dónde le estábamos esperando.

Los paisajes por el camino eran tan bonitos como era divertido el viaje.

Al llegar Kevin – lata en la mano – decidimos descansar un rato. Acabamos hablando con el novio de una despedida de soltero que andaba vestido de Ariel de La Sirenita. Kevin cambió un par de cigarillos por una lata grande de cerveza y luego volvimos a seguir por el camino y hacia la primera parada oficial – ¡aún no habíamos llegado a ese primer hito!

Eventualmente llegamos a la primera parada, donde nos bajamos de las canoas sobre las 3pm para pillar algo de comida. Cami y yo fuimos al chiringuito, donde pillamos un par de refrescos y un bocadillo cada uno (me zampé uno de beicon y queso – ¡me hacía falta la energía!) antes de volver a las canoas.

Hasta las vistas desde el chiringuito me tenían cautivado.

Cuando habíamos comido todos, volvimos manos a la obra ya que nos quedaban unos 2km para remar en una hora. El tiempo también había empezado de volverse algo feo, así que Cami y yo decidimos intentar remar a toda leche para llegar a la penúltima parada antes de las 5pm para poder acabar los 15km enteros.

Tras navegar unos rápidos algo peligrosos, esperábamos a que Kevin nos alcanzase ya que le habíamos vuelto a perder de vista. Eventualmente pasó flotando por nuestro lado con su cerveza recién adquirida en la mano – ¡así se vive!

Otro tramo de rápidos luego nos tenía encallados, pero luego el río se volvió planto y calmo. Ya que la mayoría o había abandonado el descenso en la primera parada o había seguido más rápido, el viaje se volvió más tranquilo, nos encontramos rodeado por cada vez menos canoas.

Llegamos a la segunda y penúltima parada justo antes de tiempo, así que tomamos la decisión de no seguir. El clima se había vuelto algo impredecible, nos dolían bien los brazos tras tanto remar en el último tramo y habíamos visto en el grupo de WhatsApp que las otras chicas se habían bajado igual en esta parada.

Encallándonos por última vez en las orillas del Sella, subimos las canoas algo por las rocas y nos quitamos los chalecos salvavidas mientras esperábamos la llegada del último que nos faltaba. Adivinad quién fue…

Nuestro descenso del Río Sella llegó a su fin aquí, entre las montañas verdes de Asturias.

Kevin apareció justo antes de las 5pm, la hora a la que ya cortaban el paso por el río. Vimos que el pobre andaba empapado – ¡resulta que se le había volcado la canoa en unos rápidos! Tras reírnos profundamente a sus expensa, nos subimos los cuerpos cansados a una furgoneta y nos devolvieron a dónde habíamos aparcado al principio.

Después de cambiarnos y comprar unas fotos de recuerdo –las cuales voy a escanear y subir aquí en cuanto pueda– volvimos al coche de Raquel y salimos de vuelta a Oviedo. Decidimos echar la siesta antes de reunirnos de nuevo para cenar en un restaurante nuevo al lado de la casa de Kevin.

El descenso del Sella –y quizá sobra decirlo tras contar las historias divertidas contadas arriba– fue una experiencia fenomenal. ¡Urjo a quien pueda que lo haga si se presenta la oportunidad! Hay un montón de operadores y compañías que te lo ponen todo –la canoa, el chaleco salvavidas, el barril hermético, el transporte e incluso una clase rápida de como remar– por tan solo 30€ por una canoa doble o 20€ por una sencilla.

Bajar el Sella es una costumbre asturiana que representa una experiencia inolvidable, ¡da igual lo bueno o lo malo que se te da remar!

Bueno, volvamos a Oviedo, en donde nos habíamos despertado de la siesta aún bastante dormidos pero con unas ganas locas de una cena bien pesada que nos volviera a hacer dormir. Bajamos al restaurante en donde habíamos quedado y disfrutamos de una serie de platos divinos, entre ellos un buen cachopo, unos tortos con picadillo y huevo frito, unos chipirones a la plancha y una ración de croquetas.

¡Sobra comentar que esa noche nos sobamos nada más llegar a casa y que dormimos mejor que nunca!

Al día siguiente, Cami y yo nos levantamos antes de Kevin, cuyo despertador había estado sonando durante diez minutos sin que él mostrase señales de vida. Decidimos salir a desayunar por allí mientras descansaba – ¡un descanso bien merecido tras 10km recorridos él solo! Cami sabía justo adonde ir y me llevó a una panadería local que tenía una selección amplia de pasteles y zumos. Allí desayunamos como reyes en su terraza.

Cami comentó que una amiga suya vivía cerca, así que fuimos a vernos con ella y su perro tras pagar la cuenta. Newton, el perro, ¡se emocionó mucho al volverle a ver a Cami tras tanto tiempo! Los tres luego nos pusimos a hablar, sentándonos en una terraza después para tomar algo rápido.

Una vez recibido un mensaje de Kevin, volvimos a subir a su piso en donde hicimos las mochilas y nos preparamos para irnos de Asturias mientras él salió a pillar algo de comida para acompañar el vino chileno que Cami nos había llevado. Se lo había dejado su padre tras un viaje a Chile. Como aprendí en Tenerife, ¡no hay nada mejor que un vino tinto chileno auténtico!

Los tres comimos tranquilamente en casa antes de coger las mochilas, cerrar bien el piso y acercarnos al centro de Oviedo para tomar una última caña antes de subirnos al bus al aeropuerto. “¿Y por qué fuisteis los tres al aeropuerto?” os escucho preguntándoos – y ahora puedo desvelar que mi viaje a Asturias supuso solo la primera parte de este viaje de reunión. Kevin y Cami luego vinieron a pasar un par de días más en Madrid antes de su vuelta, Kevin a los EEUU y Cami a Tenerife.

Una vez acabadas las últimas cañas por el norte, los tres nos subimos al autobús al aeropuerto. Nada más llegar allí, nos encontramos en la puerta y siendo llamados a embarcar – ¡el aeropuerto de Asturias es mazo pequeño!

Con esto, corto aquí la historia, ya que voy a tener que dejar la segunda parte del viaje –que documenta los dos días que pasamos explorando Madrid– para la siguiente entrada de blog. Seguro que sobra volver a decir que me lo pasé fenomenal en Asturias tras tantos años sin verle a Kevin y sin volver a las tierras verdes donde me siento como en casa. No podía haber mejor compañía ni me lo pudiera haber pasado mejor – eran unos días de alegría muy necesitados después de un año y medio de depresión por la pandemia.

¡Estáte al tanto para leer la próxima entrada!


Esta entrada representa la primera vez que subo vídeos con las fotos. Si tienes algún comentario o tienes algún problema con la visualización de los mismos, por favor, avísame por correo electrónico.

18.07.21 — Diario

Un rato fuera, mucho tiempo dentro

La entrada de hoy, a pesar de que recopila los sucesos de las tres semanas pasadas de mi vida, será bastante cortita. Será así porque os escribo tras casi dos semanas de una enfermedad de la cual estoy justo empezando a mejorarme, pero os contaré algo más del asunto al final de esta entrada.

Por ahora, empecemos en el centro de Madrid, donde Sara y yo habíamos quedado para cenar en Gracias Padre, un sitio mexicano que he visitado unas cuentas veces y que nunca decepciona. Nos pasamos un poco a la hora de pedir, pillando un entrante de queso fundido con chorizo y luego una quesadilla gringa y unas flautas de pollo – ¡pero estuvo todo muy rico!

Un sábado de comida rica con buena compañía y en un entorno agradable.

El día siguiente salí a hacer algo que hago rara vez – comprar ropa. Tras pasar por Uniqlo a comprarme alguna prenda nueva subí al barrio de Chueca, donde comí en una terraza y pasé por Lush antes de coger una bici y volver a casa para luego echarme al césped en las orillas del río y tomar el sol.

Bueno, así era mi plan hasta recibir un mensaje de Laura – una amiga que se mudó a Miami hace un par de años – diciendo que estaba de visita por Madrid un mes. No iba a desaprovechar de la oportunidad de verla esa misma noche, así que me volví a montar en bici y subí al Templo de Debod para ver el atardecer y ponerme al día con ella y un amigo suyo.

Al salir del trabajo el día siguiente, volví a bajar al río, ya que me había gustado el ambiente veraniego el día antes. Pasé un par de hora tomando el sol, hablando con mi familia por teléfono y tomando una cerveza mientras observaba un grupo de perros jugando. Se fueron todos menos un rubio, así que le saqué una foto mientras su pelo brillaba en la luz dorada de la tarde.

Con las temperaturas altas por la ciudad, pasé la mayoría de los días siguientes dentro de la casa, donde miraba los colores del atardecer una noche y luego fui a ajustar los colores de mis luces para crear una serie de degradados bonitos. Mi noche fue interrumpida, sin embargo, al pasar Inglaterra a la final de la Eurocopa – mi hermana me llamó por FaceTime para compartir el ambiente y la emoción del pub en el que estaba viendo el partido.

El día siguiente, sin embargo, me puse enfermo con alguna infección misteriosa del estómago. Tras unos días de reposo intentando solucionarlo yo solo en casa, acabé en urgencias con dolor gastrointestinal muy grave, todo esto mientras tenía que estar viendo la final de la copa. Esto supuso justo el comienzo de una semana algo horrible, en la cual hasta investigaron la posibilidad de que fuese el coronavirus.

Tras varias llamadas con mi médico de familia y otra visita a urgencias en la cual casi me ingresaron, por fin han podido identificar lo que tengo y me han puesto el antibiótico correspondiente para ir ya mejorándome. Quiero volver al trabajo lo antes posible y luego estar al cien para mi viaje a Asturias para volver a estar reunido con Kevin y Cami en Asturias tras casi tres años sin verle a Kevin.

Me gustaría concluir esta entrada de blog dando las gracias a mis amigos, familiares y compañeros que me han apoyado mucho durante este rato feo. También quisiera expresar mi admiración y respeto profundo por los profesionales que me atendieron – todo fue muy rápido y con mucha compasión. La sanidad publica aquí es una maravilla, tenemos que hacer todo lo posible para protegerla.

Me quedan unos días de reposo y mejora, pero seguro que en nada estaré de vuelta con historias de lo que consigo hacer – ¡espero no decepcionar!

06.07.21 — Diario

Entretanto

Por haberme metido prisa en sacar las entradas de blog sobre mi viaje al norte de España con Jhosef y una visita rápida a ver a mis tíos en Murcia, acabé olvidando de mencionar algunas cosas que hice entre los viajes y estando en Madrid. Que no cunda el pánico, sin embargo, ya que ahora estoy para arreglar este descuido y compartir algunas actualizaciones.

Arrancamos en el mejor barrio de Madrid, Delicias (donde vivo yo, naturalmente). Luis y yo habíamos quedado en enfrentarnos con el tiempo amenazador y pasar la tarde en Lavapiés. Decidimos pasar por una pizzería y una liberaría antes de ir a una exhibición que había encontrado Luis.

El viaje a dicha pizzería fue una experiencia en sí, ya que empezó a caer una buena mientras andábamos, una lluvia torrencial que nos amenazaba con dejarnos empapados si no fuera por el paraguas que llevaba. En un momento hasta tuvimos que mérenos en la entrada de un supermercado junto con una banda de gente que hacía lo mismo para esperar a que se pasase lo peor de las lluvias. Desde allí, subimos a la pizzería evitando los charcos enormes en nuestros pantalones ya bien mojados sin ninguna incidencia meteorológica más.

Tras una comida deliciosa, bajamos a la librería, donde me pillé un par de libros y bajamos a la galería en el sótano donde se exhibía una serie de pinturas. No nos quedamos mucho, pero me gustaron bastante los colores fluorescentes y las caritas sonrientes.

Desde allí cruzamos la calle a la Tabacalera, donde me costó entender el arte pero donde me fascinó el espacio físico en sí. Saqué muchas fotos de muchas cosas, pero os dejo con una selección rápida de lo que vi – incluida una obra de arte porque encontré una bombilla escondida entre los otros objetos que la componía.

También me puse a reformar la casa un poco antes de coger el tren a Murica. Esto implicó mucho movimiento de los muebles de mi piso para mejor reflejar mi nueva rutina de pasar más tiempo en la oficina que en casa teletrabajando. Volví a sacar la mesa bonita de mármol que vino con el piso y la repuse en el salón. Para tener un sitio donde ponerme a hacer mis cosas, me he comprado un nuevo escritorio y lo he instalado en el dormitorio.

Mi vuelta a Madrid después de mi viaje a Murcia no supuso el fin de mis viajes durante el mes de junio, sin embargo. Me quedó un sitio más por visitar: Cuenca.

El viaje fue por una reunión del trabajo, pero también tuve la oportunidad de entrar en una de las famosas casas colgadas y ver las vistas increíbles.

Una vez en Madrid, otro finde conllevó otra quedada con Sara por el centro. Volvimos al barrio de las letras, donde nos sentamos a tomar unos cócteles ricos en una plaza pequeña en una de sus calles estrechas.

El día siguiente tenía la cabeza bien, y pasé el sábado recableando y reprogramando la iluminación de mi piso – algo que no se hace en breve – antes de empezar otra semana laboral. Con el cambio a la jornada intensiva durante el verano, ahora salgo del trabajo a las 3pm, así que una tarde quedé en cenar con Bogar, Hugo, Sergei y Jhosef en un sitio italiano que nos queda cerca.

Una noche de buena compañía y buena comida recomendada por la dueña graciosa.

El finde siguiente se pasó, como siempre, por la ciudad. El sábado quedé con Soyoung – a quien llevo un año y pico sin ver tras la última vez que nos vimos justo antes de la pandemia – y fuimos a desayunar en una terraza por el barrio Salamanca. Me alegró mogollón de verla y ponernos al día con todo lo ocurrido durante estos últimos catorce meses o así – ¡como vuela el tiempo!

La puerta de Alcalá lucía espléndida al pasarla en mi bici de vuelta a casa.

El domingo quedé con Jhosef y su hermana Ximena para dar una vuelta por el barrio. Los tres luego acabamos tomando una cerveza en el Matadero, que luego se convirtió en una comida completa al pedir unas raciones. Hacía buen tiempo, había buena compañía y andábamos en una terraza bien bonita – ¡la combinación perfecta para que saliera un plan espontáneo sobre la marcha!

Con esta serie caótica de noticias y tonterías os dejo más o menos al tanto con todo lo pasado durante estas semanas entre mis viajes al norte y al sur. Digo más o menos porque ahora que nos encontramos en pleno verano, tendré más tiempo para salir y explorar más, así que te puedes asegurar que quedan bastantes travesuras más por venir…