08.06.21 — Diario

Bilbao con Jhosef

La actualización de hoy se centra en el lugar donde escribí mi última entrada entera – Bilbao. Esto no supone ni la primera ni la segunda vez que visito esta ciudad bonita del norte de España, pero me parecía una experiencia completamente nueva ya que tuvimos esta vez cuatro días enteros para explorar y también entradas al Guggenheim – pero de eso hablaremos en un ratito. Por ahora, empecemos el inicio, un sitio bueno para empezar…

El viaje empezó con unas cinco horas largas en un autobús que nos dejó en la ciudad más grande del País Vasco sobre las 9pm. Al llegar nos dirigimos directamente al hotel para dejar las maletas y ducharnos rápidamente. Ya que el viaje había sido una idea de última hora, sin embargo, ni habíamos revisado las restricciones locales relacionadas con la pandemia, así que investigué a comprobar que no había toque de queda antes de salir.

Afortunadamente no lo había, pero desafortunadamente sí que había una hora de cierre para toda restauración a las 10pm. Nos imaginábamos que aún así podríamos pillar algo para cenar, así que pisamos la calle justo antes de dicha hora.

Bueno, esto resultó ser un gesto bastante optimista – nos encontramos de contraventana bajada tras contraventana bajada. Menos mal que me puse a hablar con una señora por la calle que nos aconsejó de golpear en la contraventana de cualquier kebab por allí. Sorprendentemente un tío salió, anotó nuestro pedido y nos dijo de esperar a la vuelta de la esquina para disimular para que la policía no notase la venta ilegal de kebabs después de las 10pm. ¡Jhosef y yo encontramos la situación bastante graciosa!

Tras zampar nuestros kebabs en la habitación del hotel, nos acostamos, levantándonos el día siguiente con mucha energía para explorar. Nuestro día empezó en un bar local, donde desayunamos una selección de pintxos.

El palacio de Txabarri Jauregia lucía bonito a pesar del cielo gris.

Luego nos acercamos al casco viejo, cruzando el río y deteniéndonos para sacar unas fotos de la estación de tren y su sótano misterioso que se encuentra flotando sobre las aguas debajo. Para conseguir unas imágenes con perspectivas interesantes, nos bajamos por una escalera de concreto que llevó al agua. Tuvimos que pisar con bastante cuidado como para que el barro mucoso verde de las escalones bajos no nos acabase tirando a las profundidades verdes del agua…

La escalera supuso un lugar ideal para hacer un shooting con un aire de grunge.

Una vez llegamos al centro del barrio más antiguo de la cuidad, nos metimos en un bar para tomar un par de pintxos más. Con el subidón de energía que esto proveyó, volvimos a cruzar el río y exploramos otra zona del centro que descubrimos por coincidencia mientras buscábamos donde comer.

Al final nuestra búsqueda de un restaurante no era tan exitosa, así que nos volvimos al barrio donde se encontraba nuestro hotel. La abundancia de pintxos a 1,50€ nos salvó, sin embargo, y comimos unos cuantos antes de volver al hotel por las sendas de un parque.

Después de echarnos la siesta bajamos a una zona del río que había descubierto Jhosef al salir a correr por la mañana. Partiendo de la grúa roja famosa, seguimos las orillas del río hasta el Guggenheim, donde nos metimos otra vez en el centro para buscar algo de cena.

Antes de ni pisar el restaurante que habíamos elegido tomamos un par de pintxos en el bar de al lado, donde nos pusimos a hablar con la dueña de la vida en Bilbao. En estos momentos los dos ya nos habíamos ajustado bastante bien al ritmo de la cuidad, y esta sensación de comodidad se mantenía al pasar al restaurante, donde cenamos unos baos deliciosos y un plato bien rico de pato con setas.

Tras salirnos casi corriendo del restaurante para poder tomarnos una copa más en otro bar antes de la hora de cierre a las 10pm, volvimos al hotel bastante despacio gracias a la cantidad de comida y patxaran consumidos. En el camino nos encontramos con algo que me emocionó mucho y que me llevó a mi infancia: una obra de arte hecha de varios modelos de farola.

Debería explicarme para los que no me conocéis: llevo toda la vida obsesionada con las luces y la iluminación desde el momento que empecé a hablar (mi primera palabra fue “light” [luz] gracias a mi abuela). También cabe destacar que cuando me presentaron de niño con mi primera juego de pintura, lo primero que dibujé fue una carretera y sus farolas acompañantes. Otra vez me regalaron un juego de trenes de plástico y enseguida perdí todas las piezas menos las tres farolas que traía… bueno, ya te haces una idea.

Jhosef y yo nos tumbamos en el césped un rato para mirar las luces y bajar la comida un poco, y luego volvimos al hotel para preparar por la actividad principal del día siguiente: una visita al Guggenheim.

La mañana empezó, como ya se estaba volviendo costumbre, con un café y una ronda de pintxos. Después echamos el viaje corto al museo, cogiendo nuestras entradas y entrando en el atrio de la obra maestra de Frank Ghery por primera vez. Como ya os conté, he estado en Bilbao dos veces ya en el pasado, y había entrado en la tienda de regalos del museo en ambas ocasiones, pero nunca había llegado a entrar para ver las obras dentro.

El museo era fascinante, y varias obras me llamaron la atención, pero aquí no voy a entrar en detalles. Os dejo con este mensaje: vale mucho la pena visitar, da igual el tipo de arte que te interese. Hasta si crees que el arte no te interesa a ti, de verdad que hay una plétora de cosas interesantes y bonitas dentro. Para probar esto lo que digo, incluyo debajo unas fotos que saqué durante nuestra visita:

Dejando atrás el museo tras un buen rato explorando la tienda de regalos (como me gusta una tienda de regalos), volvimos a la ciudad y al restaurante donde habíamos reservado para comer, Monocromo. El pequeño restaurante cuenta con una cocina abierta y tiene especialidad en vermú (una de mis bebidas favoritas) y la comida era un exitazo, nos encantó cada plato que nos pusieron.

Salimos del sitio completamente hinchados, así que volvimos al hotel para descansar y bajar la comida. Jhosef se encontraba bastante cansado, así que mientras dormí yo salí a dar una vuelta solitaria y comprar algo de picoteo para que no nos volviéramos a quedar sin cena después de las 10…

No soy nada fan del rascacielos, pero a esta pareja le daba igual.

Al acercarme al hotel con mi bolsa llena de comida y vermú, vi que el atardecer se estaba convierte do en un festival de colores, así que divagué de mi camino para verlo desde las orillas del río. La puesta del sol no decepcionó nada, y vi une explosión celestial de rosa y naranja en frente de la silueta de la grúa roja.

El atardecer lucía espectacular detrás de la grúa roja enorme.

After spending that evening munching on crisps and watching the second half of a Batman film in the hotel room, we were once again on the move the day after. For breakfast, we’d arranged to meet up with Jhosef’s friend, Sergio. We headed to a local bakery for some pastries, chatted for a good while over coffee, and I thanked him for the restaurant recommendation from the day before.

Tras pasar esa noche cenando patatas fritas y viendo la segunda mitad de una película de Batman en el hotel, nos encontramos de viaje otra vez más el día siguiente. Habíamos quedado en desayunar con un amigo de Jhosef, Sergio. Fuimos a una panadería local para tomar unas napolitanas y charlar sobre un buen café, y aproveché para agradecerle la recomendación de restaurante del día anterior.

Cuando Sergio se tuvo que ir a trabajar, Jhosef y yo nos bajamos a las profundidades del metro de Bilbao por primera vez, subiéndonos al tren equivocado para pasar el día en Getxo. Tras cambiar trenes a uno que realmente iba a donde queríamos ir, llegamos en Algorta, un pueblo costero muy bonito famoso por su puerto viejo.

Nos cansó bastante la vuelta que dimos bajo el sol intenso (un evento algo raro en el norte), así que nos sentamos en la terraza de un pequeño bar para comernos algo y tomar una cerveza. La especialidad del sitio eran las gildas, y Jhosef se convirtió en un fan tras probar la primera.

Luego bajamos al puerto viejo, pasando por unas calles estrechas de casas pequeñas y nos llevaron al mar. Durante el descenso al puerto, pasamos por el lado de un restaurante que tenía una terraza enorme cubierta por las ramas de unos árboles, y decidimos que volveríamos a este sitio para comer después de echar un rato al lado del mar.

El puerto era muy bonito pero bastante pequeño, así que pasmaos mucho tiempo por allí – una decisión facilitada por el hecho de que el sol ya brillaba directamente encima y así amenazaba con quemarme mi piel anglosajona. Evité las quemaduras con la ayuda de un paraguas… vaya imagen tenía que ser.

Tras un rato viendo cangrejos volvimos a la terraza que mencioné, donde nos sentamos para disfrutar de una de las comidas más largas que he experimentado jamás. En este pequeño pueblo parecía que se frenaba el tiempo, y al final echamos unas cuatro horas comiendo, bebiendo y hablando, entre los dos pero también con la camarera maja que nos puso una serie de platos locales deliciosos.

Eventualmente decidimos seguir con lo que quedaba de nuestros planes, impulsados por la brisa que se había manifestado y la capa de nubes que había empezado a echar sombra sobre la costa. Queríamos aprovechar de la oportunidad de pasear por el paseo marítimo, así que bajamos a la playa y pasamos media hora o así cruzando la longitud de la misma. Mientras Jhosef se mojaba los pies en las olas, yo me puse a recoger cosas, pillando un par de conchas que ahora las tengo puestas al lado de una planta en mi piso.

Una vez llegados al otro lado de la playa y tras un intento fallado de coger un bus, decidimos acercarnos a la ría en pie. Aquí quería ver de cerca el puente Bizkaia, el primero de su tipo que aún sigue en funcionamiento, cruzando el Río Nerbioi antes de su llegada al mar.

Para ver mejor el puente, Jhosef y yo bajamos por otra escalera de concreto que daba a las aguas agitadas de la ría. Tras un momento de vertigo causado por la estela de un barco, subimos de vuelta a tierra firma y nos subimos a la plataforma al lado del puente. Allí sacamos algunas fotos más antes de coger el metro de vuelta a Bilbao – deteniéndonos para tomar un par de pintxos más y un vaso de vino, por supuesto. ¡Que no falten!

Esa noche, la última que íbamos a pasar en esta gran cuidad, no era nada aburrida. Tras un día de pie no queríamos irnos lejos buscando un restaurante, así que bajamos al bar de al lado del hotel para cenar unos cuantos pintxos más. Por no haber pensado en revisar la previsión de tiempo antes decidimos ponernos en la terraza – y ya seguro que te puedes imaginar justo lo que pasó después.

Después de disfrutar de un día bastante soleado hasta aquel momento, ya tocaba que el clima vasco se torciera. En un instante el calor del día se fue y vino una tormenta eléctrica tocha, que nos dejo empapados pero no nos podía quitar los ánimos: en vez de buscar asilo dentro del bar, decidimos aprovechar al máximo la lluvia, ¡grabando una parodia del videoclip de el temazo “All The Things She Said”!

Ahora completamente empapados, subimos a nuestra habitación tras pagarle la cuenta al dueño perplejo del bar, y llegó nuestro último día en la ciudad. Ya que teníamos el autobús de vuelta a Madrid a las 4pm, era un día algo raro porque no queríamos irnos demasiada lejos por si llegásemos tarde a la estación – pero aún así aprovechamos del día.

La mañAna comenzó con un paseo por la otra orilla del río, pasando por detrás de la arquitectura torcida del Guggenheim y hasta el casco viejo. Una vez allí, exploramos algunas de las calles que no habíamos visto durante la primera visita, y pasamos por una pastelería para comprar unos regulas para nuestros amigos, compañeros y familia en Madrid.

Volvimos al hotel tras un último vermú, habiendo decidido que sería buena idea comer en el restaurante al lado del hotel para poder luego recoger las maletas y subir la pequeña distancia a la estación de autobús cuando tocase. Disfrutamos un menú entero en la misma terraza que nos había dejado empapados la noche anterior, y acabamos nuestro viaje con un helado y una copa de vino.

Pagada la última cuenta y recogidas las maleta del hotel, los dos tuvimos que subir con algo de prisa al autobús, llegando justo a tiempo para figurar entre los últimos en subirse al autobús. La gran comida nos sirvió para dejarnos dormidos durante el viaje de vuelta, y nos encontramos en Madrid dentro de casi nada.

Lo único que me queda decir es que me lo pasé fenomenal en Bilbao – pero creo que esta admiración hacia el lugar se ha hecho evidente e a lo largo de esta entrada de blog. Gracias a Jhosef por surgeries la idea de pegarnos una escapada y luego por aguantarme durante los cuatro días que viajamos juntos, y también a mi compañera María, una vasca sin cuya guía no hubiéramos hecho ni la mitad de lo que hicimos ni hubiéramos comido la mitad de los platos locales que problemas.

Bilbao, ya esteré de vuelta. Hasta entonces, ¡agur!

05.06.21 — Diario

Muchos mimos

Al final de mi última entrada, especulé si podría ser capaz de viajar un poco este verano, ahora que España está quitando las restricciones después de que el gobierno central desactivara el estado de alarma hace un par de semanas. Bueno, podría parecer que mis oraciones han sido escuchadas, ya que cuando empiezo a escribir este blog, estoy sentado en el escritorio de una encantadora habitación de un hotel en Bilbao donde las nubes grises finalmente han partido y parece como que vamos disfrutar de un día radiante. 

Sin embargo, las historias sobre mi actual viaje hacia el norte de España tendrán que esperar hasta la siguiente entrada del blog, ya que nos tenemos que poner al día – o debería decir más bien que yo me tengo que poner al día, puesto que llevo el blog algo abandonado durante estas últimas semanas…

Retomamos el hilo una semana después de las quedadas con mis amigos por mi cumpleaños, y otra semana de trabajo la cual estuvo marcada por encantadoras tardes con mis amigos. Una tarde me encontré con Sara y Jhosef en una agradable terraza cerca de mi casa, donde pudimos complacernos con una generosa selección de tapas antes de ordenar dos enormes raciones para compartir: una de calamares y otra huevos rotos con jamón. 

Otra tarde en la misma semana supuso otra celebración de cumpleaños, y en esta vez con Hugo. En esta ocasión, los cuatro nos dirigimos a un restaurante italiano del cual sabia que Hugo era fan y nos deleitamos con deliciosos platillos, incluyendo un postre que vino recomendado por una compañera, todo esto entre muchas risas en compañía además de un grato vino blanco.

Me flipan las gambas acompañadas por una salsa picante de tomate.

Hinchado de pasta y bien contento gracias al vino, me monté en una bici para volver a casa, y pasé por algunos de los sitios que había visitado la primera vez que visité Madrid en el 2015. Pasé por el Instituto Cervantes, el Banco de España, Cibeles y la estación de Atocha. Al llegar en casa, puse las luces de un color morado relajante y me tumbé con un libro para descansar.

Menciono el libro porque últimamente he vuelto a leer mucho – de hecho, he acabado tres libros en los últimos quince días. Sin querer que esta entrada de blog se volviera en una reseña del libro (odiaba con todas mis fuerzas tener que escribirlas en la primaria), detallaré muy encima la experiencia ya que creo que son tres obras interesantes:

El primer libro fue una novela que recibí gracias a un intercambio de libros anónimo que hice en Instagram. Lo compartí así sin más, dudando que saliera algo, ¡pero al final me enviaron dos libros! El primero fue este, Los renglones torcidos de dios de Torcuato Luna de Tena. Como bien se nota, es una novela española y representó la primera vez que leí libro entero en mi segundo idioma. No supuso una lectura fácil, tanto por la necesidad constante de consultar terminología desconocida o lenguaje florido como por el tema de que se trataba: la vida dentro de un hospital psiquiátrico antiguo. El título supone una ventana al contenido del relato, para el cual Luca de Tena fingió una enfermedad mental para poder ingresar en un hospital psiquiátrico para así vivir la experiencia de manera infiltrada y de primera mano. Esta experiencia se nota por la capacidad del autor de construir y mantener el suspense dramático hasta la última página. Una obra literaria bien recomendable.

El segundo libro fue una biografía. No suelen gustarme mucho los libros biográficos, pero hice una excepción en este caso tras ver un documental corto en YouTube que contaba la vida de una mujer extraordinaria. The Trauma Cleaner: One Woman’s Extraordinary Life in the Business of Death, Decay, and Disaster (La limpiadora del trauma: la vida extraordinaria de una mujer en el negocio de la muerte, la descomposición y el desastre) de Sarah Krasnostein cuenta la vida turbulenta y a veces muy triste de Sandra Pankhurst. El libro explora – de una manera que a veces carece de detalles específicos gracias a la amnesia de Pankurst que se supone que se ha provocado por el trauma que sufría – su infancia como un niño adaptado y maltratado, su transición a una mujer y luego su rol como fundadora de una empresa dedicada a la limpieza de trauma. Para los que no sabéis – como yo antes de coger este libro – este tipo de limpieza trata de limpiar sitios donde ha ocurrido algún tipo de trauma, como el lugar donde alguien se ha matado, se ha suicidado o incluso las casas de acumuladores compulsivos. Aunque este libro volvió a tratar de un asunto que no es fácil de leer, era algo refrescante aprender sobre algo que la sociedad suele ignorar y también ver la compasión – que nace seguramente de una empatía por parte de Sandra dadas sus experiencias traumáticas personales – con la que Pankhurst trata cada caso.

En último lugar tenemos el tercer libro y nos encontramos enfrentándonos nuevamente con un tema que es igual de singular pero algo más alegre: la gramática y la puntuación. Escrito por una ex-revisora de The New Yorker, Between You & Me: Confessions of a Comma Queen (Entre tú y yo: las confesiones de una reina de las comas) de Mary Norris fue una exploración jovial pero profunda en el uso del lenguaje y la puntuación con la que salpicamos nuestras frases en una manera que – como diría Norris – suele ser bastante descuidada. Me sedujo la parte de su título que habla de “la reina de las comas”, ya que mis amigos me suelen llamar para que les corrija sus ensayos porque bien saben que soy un tiquismiquis insufrible con el uso de las comas (en español aún no tengo el tema dominado, tened paciencia). Norris no decepcionó nada, profundizando mucho en los mecanismos del idioma inglés (aunque en inglés americano, del cual no soy muy fan) con un tono desenfadado pero muy informativo.

Ahora ando leyendo otro libro, pero por ahora concluyó esta sección de club literario por no querer aburrir a quienes no estéis interesados. Si te ha interesado esta sección, déjamelo saber. Quizá se pueda desarrollar más como una parte de mi blog.

Bueno, volvamos a más noticias de Madrid. Tan solo un día después de las celebraciones del cumpleaños de Hugo, me encontré bajando en bici al piso de Luis con una botella de vermú en la bolsa. Sentados en su terraza privada, Luis, dos de sus amigas y yo nos pusimos a contar anécdotas mientras picábamos jamón y cecina. Acabó la noche con un baile a unos éxitos de los 80, ya que tuvimos que bajar la comida y el alcohol que había estado fluyendo durante toda la noche.

48 horas más tarde y me volví a ver con Luis, esta vez para coger el metro al norte de la cuidad y a Sunday Service, un evento organizada por mi compañera Blanca para lanzar su línea de joyas personalizadas hechas a mano. La inauguración de Tony Blanco tomó lugar en un estudio fotográfico, donde disfrutamos pizza y cervezas mientras nos poníamos al día con viejos y nuevos amigos. También existía la oportunidad de que nos hicieran un retrato o un tatuaje – pero por ahora pasé.

Tras el Sunday Service, María se apuntó a unas cervezas más y una comida ligera con Luis y yo en el centro. Tras la llegada de un par más de amigos de Luis, María se tuvo que ir y los que quedábamos bajamos a Chueca para seguir nuestra tarde de terraceo con unos gintonics.

Esta tarde de copas habría sido buen plan si no fuera – como algunos habréis deducido del nombre “Sunday Service” – un domingo por la tarde. La quedada me dejó con algo de dolor de cabeza el lunes por la mañana, pero se me había pasado ya por la tarde, así que quedé con Jhosef para sacarle del barrio para montarnos en bici y subir al norte de la ciudad.

Cogiendo dos BiciMad, los dos subimos por el tramo oeste del Río Manzanares. Esto nos llevó a un sitio que había descubierto yo hace unos meses, y allí paramos un rato antes de seguir hasta llegar en un puente que cruza la autopista principal que sale por el norte de la ciudad. Allí nos detuvimos un rato, empapándonos en las vistas de la ciudad y el atardecer que brillaba sobre la sierra en el oeste.

Al volver a casa me entraron unas ganas inesperadas de hacerme un chocolate caliente al estilo británico. Fijándome en como se hacen en una cadena de cafeterías británica, me puse a crear una taza de chocolate con cacao, leche, azúcar, nata montada y un toque de canela en polvo. Entre el chocolate, la iluminación ambiente que he configurado en mi casa y una mascarilla facial, disfruté de una buena noche de mimos.

El finde pasado seguí con el tema de los mimos cuando Bogar y yo volvimos a Hammam. La última vez que visitamos los baños árabes fue justo antes del inicio de la pandemia, así que apetecía mucho volver a meternos en los baños termales, sudar en el baño turco y que nos quitasen todos los agobios mediante un masaje relajante. Una vez revividos, bajamos en bici a nuestro barrio y nos sentamos a cenar en nuestro bar favorito. ¡No hay mejor manera de acabar un finde!

Con esto dicho llegamos a la semana pasada, que se fue volando gracias a unos días atareados en la oficina y el saber que me esperaban cuatro días de viaje a Bilbao con Jhosef. Como dije al inicio de esta entrada, aquí sigo en el hotel mientras escribo esto, aunque seguramente no me pongo a editar y subir las fotos hasta estar ya de vuelta en Madrid.

Por ahora, voy a disfrutar los dos días que me quedan aquí en esta ciudad preciosa, pero bien sabes que estaré de vuelta por aquí lo antes posible para compartir fotos y historias de mis vacaciones por aquí. ¡Hasta entonces!

09.05.21 — Diario

Llega el verano y me hago viejo

El finde tan lluvioso y miserable que predecía al final de mi última entrada de blog resultó suponer, por desgracia, una predicción clavada. Tras un sábado encerrado en casa, sin embargo, tenía ganas de salir, así que no tardé nada en aceptar la propuesta de Napo de comer por allí.

Saliendo bajo un cielo bien oscuro y amenazador, me subí a una bici y me dirigí a le estación más cerca de NAP Pizza, nuestra pizzería favorita por sus pizzas hechas en horno de leña. Nos pusimos al día sobre unos platos deliciosos, pero al salir nos enfrentamos con una lluvia torrencial. Por suerte mi paraguas medio roto aguantó el viaje a la parada de bus y el viaje de vuelta a mi piso.

Después de un finde tranquilo me enfrenté con una semana laboral bastante ajetreada, pero un cambio repentino del clima trajo unas tardes soleadas y me puso de buen humor. Como otra acción para volverme más activo en mi día a día, aproveché de estas tardes de buen tiempo para llamar a unos amigos mientras caminaba de vuelta a casa de la oficina.

Estos paseos me suelen llevar por el Parque del Oeste, que se encuentra justo a lado de la oficina, y por el Templo de Debod. Desde allí también paso por el Palacio Real y los jardines que los rodea – ¡no me quejo nada del viaje!

Al concluir la semana, tocó el caos anual que es mi cumpleaños. El inicio de mi vigésimo sexto año en esta tierra conllevó una cantidad sorprendente de regalos. Mis padres me enviaron una camisa nueva y unas barritas de chocolate Cadbury’s, ¡y Abi y Danni me mimaron con una caja enorme llena de lo mejor del picoteo británico!

En el trabajo luego me sorprendieron unas compañeras con una caja de regalo que trajo vino, aceite y cecina (mi fiambre favorito) entre otras cosas. También me había preparado otra compañera una caja de brigadeiro. Este dulce se suele comer durante los cumpleaños en Brasil, y se hace a base de leche condensada y cacao en polvo que se forma en bolas y se salpica con otros ingredientes. En esta ocasión disfrutamos brigadeiros de almendra o granas de color: ¡las dos opciones híper deliciosas!

Para continuar las festividades, salí a comer con otra compañera, y luego volví a casa para cambiarme rápidamente y prepararme por una cena con Sara y Jhosef. Al final esto no lo hice lo suficiente rápido, cosa que era evidente al llegar yo media hora tarde al restaurante venezolano – ¡ups! Me tomé un par de vermús uno tras otro para alcanzar a los dos, y luego compartimos una botella de agua y unas raciones ricas.

Ya que seguíamos con el toque de queda, nos pusieron la cuenta sobre las diez y media, pero nosotros no queríamos que acabase la noche por ahora. Pillamos un taxi y volvimos a mi casa, abriendo una botella de ginebra y poniendo un poco de música para hablar hasta la madrugada.

Tras despertarnos con la cabeza bien pesada en mi piso, pasé lo que quedaba del día intentando quitarme la resaca en casa. Solo volví a salir por la noche para cenar con Bogar, Hugo y Sergei. Fuimos a una hamburguesería que llevo un rato queriendo probar, y disfrutamos de una cena bien rica, pero me fui yendo para casa relativamente temprano ya que seguía con dolor de cabeza.

Esperamos a que se abra el restaurante mientras me muero yo de dolor de cabeza.

Menos mal que tuvimos un finde largo después de mi finde: el puente me dejó recuperar el día perdido que pasé vagando por mi piso. Aproveché del día extra para cocinar las comidas de la semana corta que venía y para dar unos paseos por mi barrio.

Una tostada con tomate, aceite y un toque de sal nunca falla en resucitar.

Esta semana hemos visto una subida de temperatura repentina a niveles que parecen verano, así que decidimos quedar en Retiro para montar un picnic. Nos tumbamos al lado del lago y picamos unos palos de queso, unas empanadillas y un cubo de pollo del Kentucky que había traído Bogar – ¡todo acompañado por unas latas de cerveza, por supuesto!

Bogar me robó el abanico explícito para montar este shooting.

Una vez a la vuelta las nubes y una vez frustrados nosotros por la falta de dónde comprar más picoteo y bebidas, los cuatro nos subimos a un bus y bajamos a la casa de Bogar para seguir tomando y pasar la tarde compartiendo nuestros videoclips favoritos. También hubo más pollo frito…

Salí de la casa de Bogar a las once y media de la noche – cosa que se puede hacer ahora ya que se ha quitado el toque de queda en Madrid – y he pasado la mayoría del día de hoy cocinando y limpiando el piso como suelo hacer los domingos. Estar encerrado en casa hoy día se me ha hecho bastante fácil, sin embargo, ya que las nubes que nos interrumpieron ayer se han convertido hoy en una tormenta.

Con el fin del toque de queda en Madrid y la suavización de las restricciones en España en general, estoy esperando que pueda volver a visitar lugares como Murcia o Tenerife este verano. Quizá – y depende de cómo van las cosas allí – pueda incluso volver a Inglaterra un rato. Quien sabe…

24.04.21 — Diario

El engaño de la primavera

Con el avance del abril, parecía que ya disfrutábamos de los primeros momentos de la transición desde las mañanas frías del invierno a las tardes soleadas de la primavera. Al ser tan optimistas habíamos errado, sin embargo, ya que la llegada de la primavera conllevó una racha de tiempo locamente impredecible. Días de supuestos cielos despejados se convirtieron en lluvias alucinantes, y luego las predicciones aterradoras de la previsión del tiempo y su promesa de tormentas acabaron siendo días de buen tiempo.

Fue durante uno de estos días confusos que había quedado con Luis para tomar algo por el río. Salí de la casa con el paraguas en la mano gracias a la previsión pesimista que me había contado mi altavoz inteligente de Google, y me subí con cuidado a una bici bajo cielos grises. Tras coger un pan gratis de una furgoneta promocional y una cerveza de un supermercado local, sin embargo, ya habían vuelto los cielos despejados y nos sentamos en la orilla del río para disfrutar los rayos.

Pasamos un buen rato charlando por allí – demasiado tiempo, de hecho, y tuve que irme pedaleando como un loco para recoger una pizza que había pedido para luego ir a la casa de Bogar y escuchar música nostálgica y hablar de todo tipo de tontería. Llegada la hora de irme antes del toque de queda a las 11pm, sin embargo, había empeorado mi suerte y tuve que volver a casa agarrando fuertemente el paraguas ya que me encontraba atacado por la lluvia y viento de una tormenta que había elegido justo el momento exacto que salí de la casa de Bogar para manifestarse y empapar Madrid con las lluvias de un mes entero en media hora.

El día siguiente el tiempo seguía con sus tonterías, con un cielo azul salpicado por nubes oscuras, pero el plan para comer con Luis y sus amigos seguía en pie. Los dos nos reunimos por el río para coger una bici y acercarnos a un bar en las orillas para tomar algo antes de comer. Desde este nuevo sitio se veía una pared de nubes casi negras que abordaban la sierra que envuelve la ciudad, pero llegamos al restaurante justo antes de que empezó a caer.

Tras una comida deliciosa en el Café del Rey, un sitio que solíamos visitar cuando Luis y yo trabajábamos en una anterior oficina de Erretres cerca de la Plaza de España, subimos a otro lugar que nos trae siempre buenos recuerdos. Sigo sin conocer el nombre de tal sitio, ya que llevamos años ya llamándolo “la esquina” o “el sherif” para honorar uno de los camareros que siempre lleva puesta una placa de sherif.

Una vez sentados en aquella terraza, seguíamos con ronda tras ronda de vino y tapas, y la comida se convirtió en una quedada que duró toda la tarde y noche. Tanto vino me dejó con la cabeza bastante regular el lunes por la mañana, así que tras volver a casa del trabajo, salí a dar una vuelta a ver si podía encontrar algún rincón del barrio que me fuese previamente desconocido.

Sí que encontré al final, al encontrarme al lado de las vías de tren y siguiéndolas hasta volver a mi barrio. Por la ruta había unas vistas interesantes sobre mi parque local, el Parque de las Delicias, y una zona interesante de almacenamiento que se veía abandonada.

Las alturas de la chimenea y la pared de escalar lucían inquietantes en la oscuridad.

Después de otra semana laboral, tocó aprovechar el finde, y lo arranqué con una noche de relax en casa. Una vez preparado un gin tonic, alistado el sofá con un montón de sábanas cómodas y las luces puestas en modo cine, volví a ver la maravilla de película que es James y el melocotón gigante por primera vez en unos quince años.

El día siguiente y como ya se me está haciendo costumbre los sábados por la tarde, quedé con Sara y Jhosef en el centro para tomar algo y cenar. Empezamos con unas copas en el barrio de las letras, antes de cenar en un restaurante coreano del que había hablado tanto Jhosef. Allí cenamos una serie de platos bien ricos, todos ellos acompañados por soju, ¡y al final tuvimos que pillar el autobús de vuelta a casa para no saltarnos el toque de queda!

El domingo se pasó tratando una resaca bien dolorosa así que ni salí de la casa – pero por lo menos ya se me había pasado el lunes cuando tocó volver al trabajo. Durante la semana pasada y conforme con un esfuerzo que llevo un rato haciendo para empezar a vivir de una manera más saludable, he estado comiendo mejor y esforzándome a salir a caminar más. Uno de estos caminos me llevó al Palacio Real y las obras que se están realizando por la zona de la Plaza de España. ¡Al parecer han hallado el sótano de un edificio antiguo!

Eso nos lleva a este mismo finde, que al parecer marca el momento cuando la previsión del tiempo por fin empieza a reflejar la realidad presente en los cielos sobre Madrid. Google me informa que hoy será un día nuboso y frío, algo que puedo confirmar ya que me encuentro aquí sentado con la bata puesta encima de mi ropa normal y teniendo que mantener un ojo en las toallas que he colgado en la cuerda exterior.

Por el tiempo malo que vamos a sufrir durante lo que queda del finde, dudo que al final salga a hacer mucho, más bien me quedaré en casa jugando con la iluminación y viendo otra película que me traiga nostalgias. Quizá me vuelva un poco loco y vuelva a poner todas las luces azules para fingir que estoy en una fiesta de luz UV en un club.

Ay, los clubes – ¿os acordáis de ellos?

10.04.21 — Diario

Una Semana Santa golosa

Es miércoles por la tarde y desafortunadamente hoy es el último día de una semana de vacaciones que acabo de disfrutar, ya que me cogí tres días más de vacaciones para alargar el puente de Semana Santa. Como mencioné en mi última entrada de blog, había pensado en salir por todos lados, pero al final todo fue más tranquilo que lo esperado – ¡pero de eso hablaré en breve!

Antes de la Semana Santa, tuve un finde que aprovechar antes de la semana laboral de tan solo tres días, y pasé el mismo comiendo y tomando con amigos por distintos sitios por Amadeus. Arrancamos el sábado, cuando Sara y yo salimos de cañas y terraceo por el barrio de las letras. Tras cambiar de bar en bar un rato, los dos cambiamos las cañas por unas copas de vino y cenamos en una mesa por la calle.

El día siguiente, tras esperar que se me pasase algo de resaca, subí a Retiro para tomar unos tequeños y un tinto de verano por allí. 

Al irse Hugo para volver al trabajo, Bogar y yo decidimos aprovechar al máximo el atardecer, así que nos cogimos unas bicis para dar una vuelta por el parque y ver el sol ponerse. Nos detuvimos un momento por el lago antes de volvernos para casa, donde yo me puse a tejer – ¡algo que llevo un buen rato sin hacer! 

El jueves, y después de tan solo tres días de trabajo, me tocó salir para el primer plan de las vacaciones. Bogar y yo habíamos decidido probar uno de los sitios que tengo marcado en mi mapa como “quiero ir”, así que después de tomar unas cervezas con Hugo y Sergei, subimos a un italiano llamado Menomale en el norte de la ciudad.

Disfrutamos una cena bien rica en el restaurante, donde compartimos una ensalada como entrante y luego un par de pastas sabrosas. Al volver a casa en bici (como ya se ha vuelto costumbre), se unió Jhosef, y los tres pasamos la noche tomando y hablado de la vida. Acabamos tan enrollados que se nos olvidó completamente el toque de queda, así que tuve que convertirme en anfitrión, y los dos se quedaron en mi casa.

El día siguiente, Jhosef y yo nos volvimos a ver ya que habíamos quedado en comer con Sara y su novio Eric en un restaurante asturiano que llevan un rato recomendándonoslo. Dado que los dos son de Asturias, tuve muchas ganas de comer en el sitio del que hablan tanto – Sidrería La Cuenca – ¡y no decepcionó nada! Disfrutamos unos platos riquísimos y raciones bien generosas, todo acompañado por sidra, crema de orujo y una ronda de gin tonics.

Sobra decirlo, pero salimos del local bastante hinchados y contentos, así que volvimos asl piso de Sara y Eric para echarnos la siesta antes de tomarnos unas cervezas tranquilamente. Esta combinación de alcohol y comida – de calamares al mítico cachopo – me dejó con nostalgias de mi primera vez en Asturias, y nos dejó a todos bastante cansados como se puede ver en la foto de abajo…

La sidra y las raciones enormes nos dejaron con bastante sueño en el metro…

Durante el finde, Jhosef vino a casa para hacer una tarde de coworking, durante la cual aproveché para seguir currando en el diseño de mi nueva web y para inventar unas nuevos aparatos electrónicos. Los dos luego nos volvimos a ver con Bogar el domingo para echarnos al sol en el parque, y luego para ir de compras para pillar unas cosas que me apetecían. Una vez pillada una mascarilla facial y una botella de una bebida británica que me gusta tanto, decidimos cenar por allí, y para eso fuimos a Goiko – ¡bien rico como siempre!

La combinación de tequeños y hamburguesas era una gran cena dominguera.

Volví a casa bastante emocionado aquel domingo por la tarde ya que tenía un planazo para el lunes: ¡ya había comprado y descargado mi entrada al Parque de Atracciones! Pues te puedes imaginar la decepción al recibir yo un SMS de la Comunidad de Madrid a las 9am para informarme que mi barrio se encuentra encerrado hasta nuevo aviso.

Además de contactar el parque para cancelar mi visita, tuve que también cancelar mentalmente todos los otros planes que había imaginado para mis tres días de vacaciones. No quería quedarme triste por esta mala noticia, así que pasé un día trabajando en mi web y limpiando el piso, y por la tarde salí a ver la nueva frontera entre la nueva zona restringida en la que me encuentro y el resto de la ciudad.

Hubo algo de alivio, sin embargo, al descubrir que los bares y otros sitios dentro del barrio pueden permanecer abiertos, así que he pasado los dos últimos días pasando por las terrazas que aún puedo visitar, llamado a amigos para realizar “copas virtuales” ya que la mayoría de ellos viven fuera del borde. A pesar de ser una cuarentena algo extraña, este nuevo encierre híper-local es mucho más fácil de asumir que el primero que sufrimos hace un año y pico.

Con eso llegamos a esta misma tarde, en la cual estoy viendo una película, disfrutando un gin tonic y preparando para la vuelta al trabajo y a la realidad mañana. No me quejo, sin embargo, ya que solo me quedan dos días de curro antes de otro finde. He hecho un pacto conmigo mismo que, a pesar de encontrarme encerrado dentro de mi barrio, ¡voy a disfrutarlo a tope!

28.03.21 — Diario

Un marzo caótico

Ha pasado un mes entero desde la última vez que pasé por aquí para poneros al día con las noticias de Madrid, y no miento al decir que ha sido un mes ajetreado. Entre mucho trabajo, no he tenido mucho tiempo para hacer nada muy emocionante, pero he salido entre ratos para apreciar y aprovechar de la llegada de la primavera en la ciudad.

Arrancamos con una noche de diversión relacionada con mi trabajo ¡que tuvo lugar en una pista de pádel! Sin desvelar demasiado, uno de nuestros clientes trabaja en el mundo de este deporte, así que bajé a un centro deportivo a jugar al pádel por primera vez con dos compañeras y Jhosef. Tras bajar al sur de la ciudad en autobús con Jhosef, nos reunimos con Zoe y Cris en las pistas azules.

Después de unas partidas competitivas y un kebab para acabar bien la noche, acabé con agujeras por todo el lado derecho de mi cuerpo. Este dolor no me detuvo cuando tocó salir a tomar algo más tarde en la semana, sin embargo, y visité Citynizer para echar un ojo al nuevo especio que habían estrenado justo el día anterior. El bar es el espacio público de The Central House, un nuevo hostal en Lavapiés, y un client nuestro. Curré en la identidad visual de Citynizer el año pasado ¡y moló bastante ver mi trabajo pintado y aplicado por todos lados!

Al concluirse la semana, tocó vivir un momento agridulce: la salida de María de Erretres. Para despedirnos bien de ella, fuimos a El Toril Gourmet, donde disfrutamos unas hamburguesas delicias y nos quedamos hasta tarde en la terraza recordando los mejores momentos vividos durante su época en la empresa. Luego nos veríamos de nuevo dentro de poco, pero eso os lo contaré en breve…

Ese finde – por si una noche de cenar y tomar no fue suficiente – también pasé una noche en el barrio bonito de La Latina con Sara y Jhosef. Tras buscar en vano una mesa en una de las plazas principales de la zona, bajamos por un callejón a un restaurante mexicano donde habíamos celebrado la cena de navidad de Erretres hace un año y pico. Allí nos comimos unos tacos y nos bebimos unos margaritas, nos reímos mucho y al final ¡tuvimos que coger un taxi a casa para no saltarnos el toque de queda a las 11pm!

Empecé el domingo siguiente con un poco de resaca – al parecer no aguanto unos meros tres margaritas tras la pandemia – y luego bajé al río para tomar algo tumbado al césped con Hugo, Bogar y Sergei. También aprovechamos la oportunidad de sacarnos una foto turística cutre en la nueva escultura de “Madrid” que han edificado en las orillas al lado del palacio real y la catedral.

La semana siguiente acabó con la oportunidad de volver a conectar con mi alma mater, que tuvo forma de una ronda de preguntas y respuestas realizada por Zoom con los estudiantes que se graduarán este año del grado que estudié yo hace unos cuantos años. Tras una charla rápida con mis ex profesores, me conecté con Izzy y otros antiguos alumnos que han acabado haciendo cosas super interesantes y así tuve la oportunidad de responder a unas preguntas intrigantes de los estudiantes actuales.

Una vez acabada la llamada, y como mencioné hace unos momentos, volví a salir para El Toril. Aquí, se le había montado una sorpresa de cumpleaños a María, y al llegar yo tocó presentarle con el regalo que le habíamos comprado: ¡una máquina de tatuar!

El día siguiente volví a salir cuando Luis me llamó para invitarme a tomar un gintonic con él y sus amigos por el Parque Madrid Río. Dentro de nada, se convirtió en otro gintonic y unas raciones en un bar al lado de su casa, donde nos pusimos al día con todos los dramas que se están montando en nuestras vidas. Todas estas distracciones eran fabulosas, pero eran justo eso: distracciones, por las que tuve que hacer todas las tareas el día siguiente que no me había dado la vida hacerlas durante los dos días pasados…

Tras organizar los cables de mi escritorio, limpiar mi piso y salir a hacer la compra para la semana que venía, tuve cinco días de trabajo para mantenerme bien ocupado. El finde siguiente – el finde pasado, de hecho – entonces supuso un descanso bienvenido, así que aproveché el sol de primavera para visitar algunos de mis sitios favoritos en la ciudad: el Parque del Retiro y el Parque de las Delicias.

La semana pasada fue bastante tranquila, con la excepción de una noche que salí con Bogar para romper la monotonía de la semana laboral. El jueves espontáneamente decidimos pasar a ver a Hugo en el restaurante donde trabaja, Ramen Shifu. Allí fuimos a comer un bol de ramen delicioso con gyozas para empezar. Hinchados de comida rica, Bogar y yo luego nos despedimos de Hugo en la cocina y volvimos a las en bici ¡ya que le había liado para que se apuntase al servicio de BiciMad!

Ahora me encuentro sentado en mi sofá, una copa de vino en la mano y algunos videos cutres de YouTube puestos como ruido de fondo, y queda bastante obvio que estamos arrancando el finde. Tengo bastante que hacer estos dos días, pero tengo algunos días de vacaciones ya pillados durante las próximas dos semanas, así que vamos a ver que acabaré haciendo…

23.03.21 — Diario

Mis pequeñas vacaciones madrileñas

Hace dos semanas solo trabajé tres de los cinco días laborales porque me quedaban un par de días de vacaciones del 2020 que tenía que disfrutarlos lo antes posible. Por eso convertí mi finde en unas vacaciones cortas de cuatro días, y arranqué las mismas con una comida con mi amigo Napo.

Los dos nos reunimos en Chueca, dónde me llevó Napo a un restaurante chino que conocía. Allí disfrutamos una selección de platos muy ricos, entre ellos una ración de pato crujiente, ¡uno de mis favoritos! Tras bolas de helado y un par de cervezas, salimos a pasear por la cuidad, aprovechando del sol invernal y la calma que había por las calles.

Tras descubrir una plaza e iglesia que nunca había visto antes, pasamos por Delish Vegan Doughnuts con la esperanza de pillar unos donuts – ¡usualmente no quedan por lo buenos que están! Tuvimos suerte, sin embargo, y pillamos una selección de los mismos y un café para tomárnoslos en una plaza al lado.

No hay mejor manera de empezar unas vacaciones que con unos donuts rellenos de nata.

Una vez acabamos nuestro momento café, bajamos al templo de Debod, donde habíamos decidido ver el atardecer tomando una cerveza. El cielo azul que usualmente abarca el oeste de la cuidad estaba bien elusivo, ya que una capa densa de la contaminación famosa de Madrid había teñido el cielo de un marrón feo…

Por lo menos se veían el palacio y la catedral entre la contaminación.

Una vez llegada la noche y el cansancio – ayudado en parte por la cerveza – bajamos a la estación de tren y volvimos a casa. Me interesaba dormir bien aquella noche porque tenía un gran plan para el día siguiente: subir a Manzanares El Real y ir de senderismo por La Pedriza.

Era todo cuesta arriba durante la primera hora, pero sí que hay vistas muy bonitas.

Tras bajarme del autobús, empecé la subida después de pasar a por algo de comida que me sostuviera durante las horas que iba a pasar caminando por la sierra. Seguí la misma ruta que caminamos mis amigas y yo la primera vez que visitamos La Pedriza hace unos años, pero esta vez vine más preparado: ¡a la primera llegué con una bolsa tote ya que no me daba cuenta de lo duro que iba a ser la subida!

La gran vuelta iba a llevarme dos horas, pero decidí salpicar el viaje con unos descansos para sacar fotos, picar algo, leer mi libro y disfrutar de las vistas que me rodeaban. La primera hora del camino fue todo cuesta arriba, pero sabía que iba a valer la pena, ya que pasada la cima quedan unas vistas panorámicas que son realmente impresionantes.

La cuesta abajo que quede después de este paisaje era bastante más fácil que la primera parte, y no tardé nada en llegar a la cuenca Del Valle y cruzar el Río Manzanares (que pasa por el centro de Madrid y justo al lado de mi calle) por un puente pequeño de madera. Una vez llegado al otro lado del río, me encontré con un refugio en la forma de una cabaña pequeña, y me senté al lado en una silla para leer más de mi libro después de explorar la cabaña un poco.

Una vez leído más de mi novela y con la llegada del frío vespertino, pasé por lo que quedaba del camino, que supone escalar una serie de formaciones de roca bastante interesantes. Eso me llevó a la parte más tediosa del camino, un paseo de unos 40 minutos por una calle vacía y bien aburrida que me llevó al centro de Manzanares El Real donde me cogí el autobús de vuelta a la ciudad.

Una vez de vuelta en mi piso, naturalmente me tumbé un rato en el sofá, y me permití solo media hora de descanso para recuperar de la vuelta de siete horas por las montañas. Esto fue porque luego había quedado en salir con Jhosef y Sara, ya que teníamos ganas de aprovechar el clima de primavera y el nuevo toque de queda que ahora fue a partir de las 11pm.

Los tres arrancamos la noche con unos gin tonics en el centro, antes de entrar en un local bonito que visitamos Jhosef y yo hace unos meses, y donde habíamos disfrutado una cena rica. Esta noche fue igual, los tres disfrutamos de unos platos ricos acompañados por algunos gin tonics más, música en viva y ¡una ronda de chupitos que nos invitó la casa!

Mi sábado empezó, como bien te puedes imaginar, con una buena resaca y una pereza enorme. Tenía ganas, sin embargo, de volver a salir de mi casa, así que bajé al río y pasé por un supermercado para comprarme una nueva sartén y ponerme al día con mi familia por teléfono.

Con la resaca que tenía, ya era noche cuando por fin salí de la casa.

El día siguiente, Jhosef me volvió a visitar para pasar una noche de coworking – cosa que consiste en los dos sentados en mi salón trabajando en nuestras propias cositas. Jhosef me preparó un guisado, comimos juntos, y luego me puse a ver The Rocky Horrow Picture show para entretenerme por la noche.

Jhosef también hizo suficiente arroz como para dar de comer a 5000…

Este finde, a pesar de no ser largo como el pasado, ha sido divertida. Empecé el sábado con una visita espontánea a la tienda británica para pillar algo de chocolate Cadbury’s y luego volví a casa en bici, aprovechando el sol glorioso que hacía.

Justo cuando anduve llegando a casa, Jhosef me llamó para invitarme a coma con él y su familia, que andaban en un restaurante peruano que me queda cerca de casa. No podía desaprovechar la oportunidad de probar un nuevo sitio local y comer unos platos peruanos bien ricos, así que subí al sitio para reunirme con ellos. La comida me enamoró – no pude decidir entre una cosa y otra, así que el camarero me aconsejó que probase un plato mixto, ¡que resultó ser tan grande como era rico!

Tras una comida tan enorme, que se cerró con una tarta tres leches y un vaso de vermú, estábamos hinchados y bien cansados. Ya que no queríamos irnos a casa para dormir la siesta, decidimos bajar al río y descansar tumbados en el césped. Era muy bien plan, ya que el sol nos alcanzaba justo y hubo un cantante que creaba un ambiente bien agradaba. ¡La manera perfecta de acabar una tarde!

Por la tarde, se me ocurrió la idea de coger unas bicis y dar una vuelta por el río en el oeste de la ciudad. Jhosef y yo empezamos lo que suponía yo que sería un viaje rápido de ida y vuelta, ¡pero el cual se convirtió en una vuelta entera de dos horas por el centro de Madrid!

Con eso llego al presente momento, en el cual estoy sentado en casa pasando otro rato de coworking con Jhosef. Tenemos puestos unos témanos de los 80, él está currando algunos correos y yo estoy escribiendo mi blog. ¡Una tarde dominguera bastante relajada!

18.02.21 — Diario

El día de las tortitas

Cómo quizás sepas ya estoy de vuelta a Madrid y al trabajo, donde hemos arrancado fuerte el año con mucho trabajo. Desde que volví de Inglaterra hace unas tres semanas, no he parado, pero sí que he estado llenando mis ratos libres con mini aventuras.

Arranqué el primer finde con una vuelta por el centro de la cuidad, pasando por las calles que me dieron la bienvenida cuando visité Madrid por primera vez hace unos cuantos años ya. Tras pasar por la Puerta del Sol en el centro, subí a un bar mexicano en Malasaña, donde tomé un par de margaritas y unos platos deliciosos y bien picantes con un par de amigos.

Se me olvidó sacar fotos a los tres o a la comida, pero me gustó mucho esta lámpara.

Acabe el finde con una noche de peli y manta tumbado en mi cama, después de haber traído mi TV a la habitación como un profe aburrido del instituto que deja de dar clases en las semanas antes de las navidades y que pone una película en cambio. Pero fuera de coña, ¡ponerle ruedas al soporte de la televisión ha sido una de las mejores ideas que he tenido!

Entre semana, pasé una noche intentando hacer pan por primera vez en mi vida. No fue ninguna barra de masa madre ni mucho menos, pero después de no haberme apuntado a la moda de hornear pan durante la primera cuarentena, al final encontré una receta de pan turco que me apetecía intentarla. Los bolsillos de pan rellenos de queso feta y espinacas me salieron bastante bien, pero hice demasiados, y no pensé en cómo se deshacerían al ser dejados sin hornear en la nevera… ups.

Dejando de lado aquel desastre de la masa líquida que se montó en mi nevera, el finde siguiente llegó dentro de nada, y con él un plan que me apetecía mucho: una excursión al IKEA con Luis. Ya que se ha mudado a un nuevo piso muy bonito a solo diez minutos andando del mío, los dos nos subimos a su coche y fuimos a buscar unas nuevas bombillas inteligentes. ¡Parece que mi obsesión con llenar mi piso con luces coloridas se está contagiando!

¿A quien no le va a gustar que su casa parezca una atracción de Disney?

Luego llegó otra semana laboral, y con ella el cierre de un proyecto de embalaje muy emocionante que pronto desvelaremos al mundo – ha sido un buen reto ¡pero el resultado final va a valer la pena! Dentro de nada, sin embargo, volvió a llegar otro finde, y con él muchas vueltas por la cuidad en bici.

El primer viaje fue con Jhosef para que recogiera unos cascos que había dejado en su oficina, y después del cual aprovechamos para pasar por el centro y comprarnos unas cositas. Me autoregalé un Chromecast para mi tele y una nueva manta super suave para el sofá. ¡Ahora sí que me identifico como adulto ya que tengo más que una manta para mis momentos de pereza en el sofá!

El día siguiente salí a dar una vuelta yo solo, durante la cual fui bastante lejos. Bajé la asistencia eléctrica de la bici y me subí al centro, tomando una pausa por el Palacio Real para beber algo y empaparme en el ambiente soleado. Luego volví a montarme y subí al norte del centro, encontrándome en una senda ciclable que sigue el camino del río.

Allí fui a mi ritmo, manteniendo un ojo en la batería resistente de la bici ya que sabía que me quedaba por subir una cuesta tocha a la vuelta al centro. Paré unas cuentas veces. durante esta aventura por el río, explorando unos puentecitos de madera e isletas que se encuentran en medio del corriente rápido del Río Manzanares.

Luego llegué al final de la senda, que me dejó en un puente que cruza una de las autopistas principales del norte de Madrid. Sorprendido por esta transición tan repentina, me quedé un momento sacando fotos de la cuidad y la sierra que se veía a lo lejos. De repente alguien me llamó por nombre, y me encontré con Pablo, un fotógrafo que ha trabajado conmigo en algunos proyectos. ¡Que casualidad que nos encontrásemos un domingo por la tarde en un puente sobre la autopista!

Después de esta sorpresa feliz, volví al centro y subí lentamente por la cuesta que me llevó a Moncloa, donde pasé a comprar unos sellos y dejar un paquete con destino a Murcia. Realizado este recado, luego pasé por el centro tranquilamente, llegando a casa justo a tiempo para comprar una barra de pan con 30% de descuento para hacerme una bocata de tortilla.

Con eso ya llegamos a esta semana, que ha sido una semana corta de tan solo tres días laborales, ya que me quedaban un par de días de vacaciones por coger del año pasado. Eso no quiere decir que no he estado ocupado, sin embargo, ya que el martes para nosotros británicos supuso un día muy especial: ¡el día de las tortitas! (Pancake Day en inglés).

Es un día que celebramos cenando tortitas con zumo de limón y azúcar, y que tiene raíz religiosa, un día para agotar los ingredientes como mantequilla y harina que eran prohibidos durante la Cuaresma. Invité a Jhosef a casa para que lo experimentase por primera vez, y pasamos la noche comiendo tortitas acompañados por una copa de pacharán: ¡una fusión anglo-española!

¡Tenía muy buena técnica a la hora de darle la vuelta a la tortita aunque fue su primera vez en hacerlo!

Hoy es el primer día de mi finde de cuatro días, y he quedado en comer con mi amigo Napo y luego salir a comprar una nueva sartén – las tortitas, al parecer, eran la gota que colmó el vaso y acabaron destrozando la capa de teflon de mi pobre sartén actual. También aprovecharé de estos días para currar en el nuevo diseño para mi web y otras cosas emocionantes – ¡más detalles por venir!

03.02.21 — Diario

Un ratito en Inglaterra

Como sabrás si leíste mi última entrada de blog, en la cual revelé mi ubicación actual hacia el final, acabo de realizar un viaje a Inglaterra. El premiso de este viaje no fue muy feliz, ya que fue principalmente para asistir al funeral de mi abuela, pero me alegré poder ir y ¡los días extra pasados con la familia eran un bonus!

El viaje empezó cuando madrugué a las 5am y me puse a preocuparme sobre si el vuelo iba a prestar servicio o no, ya que Madrid todavía se encontraba debajo de montones de nieve y capas de hielo de la Borrasca Filomena. Me recordaba de la última vez que viajé a Inglaterra, cuando también existía la duda de si la nueva cepa iba a interrumpir los vuelos procedentes y con destino al Reino Unido. Me llegó el taxi, sin embargo, y me encontré tropezando cansadamente en el frío fuera del Terminal 4 después de comprobar que el vuelo seguía en marcha.

Andaba cansado, con frío y bastante perdido mientras buscaba una entrada abierta.

Después de hacer un amigo en la forma de un pájaro que había entrado en el terminal, me subí al primer avión. Digo que era el primero porque este viaje supuso la primera vez que tuve que hacer una conexión, que era un transbordo de cinco horas en Londres Heathrow. Esto convirtió el viaje en unas ocho horas, un salta bastante tocho de las dos que suelen ser cuando hay vuelos directos de Madrid a Mánchester.

Pasé el rato en Heathrow buscando todas las tiendas que me pudieran ofrecer el mejor de todos los inventos británicos, algo que se llama un “meal deal”. Es como un menú que suele valer unos £3 que incluye un sándwich frío, una bolsa de patatas y una bebida. Solo tuve dos opciones al final, así que pasé un buen tiempo eligiendo que combinación de patatas, sándwich y bebida más me apetecía. Una vez comprada mi comida, me busqué un rincón tranquilo para sentarme y esperar el segundo vuelo.

El rato en Inglaterra empezó con el funeral que celebró la vida de mi abuela, y que fue triste como te puedes imaginar, pero me gustó por ser una despedida bonita, íntima y perfecta para una gran mujer.

Montamos un servicio que era colorido y alegre como le hubiera gustado.

El finde siguiente llegó una nevada bien bonita, así que mis padres y yo salimos a dar una vuelta por el campo. Saqué bastantes fotos durante este paseo de dos horas, durante el cual nos encontramos un rebaño de ovejas muy inquisitivas que estaban convencidas de que les habíamos traído algo de comer.

Me sentí mal por no llevar nada para darles a mis nuevos amigos.

Como ves, tomé la mayoría de las fotos del viaje durante este paseo nevado. Eso no solo fue porque representó el momento más bonito de la visita a Inglaterra, sino también porque pasé la semana siguiente conectado al trabajo durante unos días atrojados y algo largos. ¡Era todo un lujo, sin embargo, tener las cenas caseras de mi madre cada noche al desconectarme.

Después de desconectarme del trabajo el viernes, tuve que hacer la maleta lo más rápido posible para madrugar el sábado. El viaje de vuelta consistió de dos vuelos, pero con tan solo una hora para realizar la conexión en Londres. Esa hora se cortó a media hora por un retraso en despegar de Mánchester, y acabé teniendo que correr a toda leche por el Terminal 5 de Heathrow para llegar a tiempo a la puerta – ¡al pasar por el control de pasaportes, las pantallas ya ponían que el vuelo se cerraba!

Llegué ayer en Madrid, después de un control de COVID-19 y de inmigración muy riguroso en la frontera. A pesar del propósito triste del viaje, aprecié mucho el tiempo pasado con la familia y estoy contando mis estrellas afortunadas por poder haberlo realizado durante el caos que están causando las nuevas oleadas del virus. ¡Parece que no voy a poder volver a hacerlo durante bastante tiempo! Hasta entonces…

23.01.21 — Diario

Borrasca Filomena

Ya llevamos tres semanas viviendo en 2021, y el año ya ha arrancado fuerte, desde el drama en los EEUU, la borrasca que ha pasado por Madrid y el fallecimiento de mi abuela. Llevo casi tres semanas de vuelta en España, ¡y mucho ha pasado en tan poco tiempo!

En el trabajo, el año ha empezado con bastantes cosas por hacer, con muchos proyectos y retos nuevos para abordar. Erretres nos ha dado mucha flexibilidad a la hora de decidir si trabajar desde casa o ir a la oficina, cosa que ha sido maravillosa, pero suelo optar por la opción de viajar todos los días a la oficina. Como mencioné al empezar la primera cuarentena, la separación mental entre mi lugar de trabajo y mi espacio de descanso me es bastante importante, y así estoy consiguiendo que mi piso se vuelva en un sitio cómodo y relajante para que pueda descansar.

Las tardes de relajación tienen que iluminarse por una paleta cromática así.

La gran noticia estas semanas, sin embargo, fue la borrasca que pasó por Madrid y que causó un desorden sin restricciones desde entonces. Me sorprendió aprender que dicha borrasca se había denominado “Filomena”, ya que mi difunta abuela se llama “Philomena” (la “ph” suena “f”). ¡Ya bien sabía que no se iba a ir de este mundo sin causar un buen caos!

Y bueno, fue un caos de verdad que causó. Empecé el finde sin ni saber que Madrid se estaba preparando para afrontarse con la borrasca, por lo caul casualmente bajé al IKEA en el sur de la cuidad para comprarme una nueva mesa tras sentarme encima de la anterior y romperla. Ya nevaba cuando salí de la casa, pero suponía que iban a caer unos diez copos que luego durarían en el suelo unos cinco minutos…

Bueno, llegué a la parada de Metro en el sur para encontrarme con una capita de nieva que sí que estaba cuajando, y tuve que avanzar por un viento cada vez más potente que estaba salpicando cada superficie con nieve. Luego llegué al centro comercial y me encontré con una extraña falta de gente y la mitad de las tiendas o ya cerradas o bajando frenéticamente sus cortinas, cosa que me parecía muy rara dado que eran las 7pm de un viernes.

Algunos entraron en pánico, otros pidieron tranquilamente un cono de churros recién fritos.

Continué caminando por el centro comercial y hasta IKEA situado en el otro lado, y que se encontraba también bastante vacío. Al principio suponía una experiencia bastante buena: ya que no había ni dios, pude probar todos los sofás y mesas que me diera la gana sin tener que preocuparme de la distancia social – ¡tal como en los viejos tiempos!

Más luego, alrededor de la zona de las cocinas, el ambiente cambió algo y me empecé a sentirme raro. Ya andaba por una exposición bastante vacía – al parecer hasta había desaparecido el personal. En breves sonó el anuncio inevitable: ya iban a cerrar la tienda por la situación meteorológica. Me acerqué a la salida, abandonando la búsqueda de la mesa y optando por unas plantas pequeñas que serían más fácil de llevar conmigo.

Fue entonces, al pisar el exterior, que la gravedad de la situación se me pegó. Solo había estado confinado dentro de la caja de acero que es IKEA durante una hora o así, pero las condiciones fuera habían empeorado dramáticamente. Una capa de nieve de unos 5cm ya cubría todo, y no había señal de que la tormenta polar se fuera a detener. El parking se encontraba casi vacío, los coches que quedaron iban resbalando hacia las salidas. Me fui hacia el Metro con bastante prisa, esperando que su naturaleza subterránea lo hubiera protegido de la nieve, pero tan solo llegar me era difícil por los vientos fuertes y la caída de nieve casi horizontal que insistía en pegarme directamente en la cara.

Luché contra los vientos fuertes y la caída de nieve casi horizontal que insistía en pegarme directamente en la cara.

Afortunadamente logré volver a mi parada de Metro local, Delicias, pero me esperaba una sorpresa al volver al nivel de la calle. Durante el viaje estaba preguntándome si solo la zona alrededor de IKEA se veía afectada desproporcionadamente por su ubicación fuera de la zona densa del centro. Mi teoría se tumbó, no obstante, el encontrarme con una calle que lucía igual que el parking de IKEA. Con cuidado me acerqué a casa, deteniéndome solo para pillar una pita de pollo de un bar libanés local. Una vez en casa encendí la calefacción, puse unas velas y me fui a la cama preguntándome cómo sería el día siguiente.

Ya que vivo en un interior, me desperté sin saber muy bien cómo sería la situación en las calles. La única pista que tenía fueron los ventisqueros que se habían acumulado en las ventanas de mis vecinos. Después de una mañana de vaguear (era un domingo), decidí salir a ver que tal el tema de la dichosa nevada.

Como bien ves, las escenas que se presentaron eran algo apocalípticas. Ramas enromes habían caído por el peso inmenso de la nieve y se encontraban tumbadas encima de coches y en plena carretera. Algunas familias habían salido a construir muñecos de nieve o lanzar pelotas de nieve, pero la mayoría de la gente en la calla andaba como yo: dando vueltas por su barrio para ver estas escenas tan extrañas.

Dentro de poco el frío se me hacía demasiado, y luego casi me caí por una depresión en el superficie que no se veía por estar tapada por medio metro de nieve. Esta caída me dejó con la bota mojada y de mal humor, así que volví a casa para secarme antes de salir al supermercado. Eso al final fue otra vuelta poco productiva, ya que se había cerrado antes el Mercadona por la nieva, así que regresé a casa y me apañé con una lata de crema de champiñones.

Estar mojado y con frío se arregla fácilmente en casa con unas velas encendidas.

Una vez acabado el finde tan nevado, pensé que la nieve tardaría poco en derretirse y que el caos se iba a relegar a un recuerdo, pero me equivocaba. El viaje a la oficina supuso un ejercicio en intentar no caerme patas arriba en la cuesta helada que era la calle de la oficina. Las condiciones se empeoraron con el paso de la semana, ya que se acumulaban bolsas de basura en las calles y caían trozos peligrosos de nieve e hielo desde las cornisas.

Más luego, y con una semana laboral ya acabada, tocó descansar y disfrutar un finde bien tranquilo. Arranqué todo el viernes, al salir a comer unas tapas catalanas con mi compañero Jesús. El día siguiente bajé a visitar el nuevo piso de mi excompañero Luis, donde andaba colocando sus plantas justo antes de la gran mudanza al barrio la semana siguiente.

Después de unas copas de vino y picar un poco de chosco de tineo (que cosa más rica, por favor) en una vinoteca local, dejé a Luis para quedar con Napo en Five Guys. Habíamos quedado en cenar una hamburguesa y ponernos al día después de vernos la última vez justo antes de mi viaja a Inglaterra para pasar la Navidad. El domingo salí a comer fuera una vez más, tomando unos pinchos y cañas con Sara en la azotea del El Corte Inglés de Callao.

Este finde bonito luego dio paso a una semana que ha resultado ser algo de una aventura, pero ya tendré que dejar esa historia para la siguiente entrada de blog. Con decir que ando en Inglaterra escribiendo esta, ¡creo que os da bastante pista con respeto a lo alterada que ha sido! Hasta entonces…