14.09.21 — Diario

Coronavirus: 2 × 1

Tras un poco de presagio en mi última entrada de blog, estoy seguro que el título de esta aclarará cualquier duda con respeto a lo que me ha pasado: pillé el COVID, y no una vez sino dos.

Antes de explicar como logré matar el tiempo en mi piso solo, debería abordar el misterio que seguro que te tiene algo rayado: ¿cómo conseguí pillar COVID dos veces? ¿Y cómo acabé haciéndolo en tan solo dos meses?

La respuesta sincera es que nadie lo sabe. Tanto mi médica de cabecera como los del servicio COVID de la comunidad me han ayudado mucho durante estas dos infecciones, llamándome periódicamente para ver qué tal estaba y guiándome por los próximos pasos en cada momento. En una de estas llamadas, mi médica admitió que ella tampoco sabía como había conseguido dar positivo por el virus dos veces. Una teoría es que la primera vez supuso un falso positivo, que puede ser, pero nunca lo sabremos definitivamente.

Lo importante es que ahora estoy sano y totalmente recuperado de la COVID – bueno, menos el tema del gusto y el olfato, que me siguen faltando. Como mencioné, tengo que agradecer a los servicios de salud madrileños por el contacto que mantuvieron conmigo durante estas fechas, y también a mi familia y amigos que me mantuvieron entretenido durante las tardes largas confinado en mi piso.

Ahora sigamos con la historia. La primera infección que sufrí se manifestó tras el viaje de Kevin y Cami a Madrid, gracias a una PCR que me hice en una clínica privada para poder viajar a Inglaterra a visitar a mi familia. Me sorprendí mucho al recibir el resultado positivo porque no tenía ningún síntoma, pero aún así me encerré en casa como era mi deber y empecé los diez días de cuarentena.

La iluminación bonita hizo el encierre algo menos díficil.

El primer encierra no se me hizo tan pegado, solo que estuve algo triste por haber perdido la oportunidad de visitar a mi familia o bien salir a aprovechar del buen tiempo por Madrid. Cambié algunos de mis días de vacaciones para poder teletrabajar y así mantenerme ocupado, con la idea de luego disfrutar estos días en otro momento cuando realmente podría aprovechar de ellos.

Como digo, estuve completamente sano, salvo una tos muy ligera, así que me entretenía cocinando y montando noches de spa para mimarme. Un día hasta llegué a hornear pan de plátano por primera vez, pero no me esperaba que me saliera tan grande ni tan rico – ¡tardé bastante en acabarlo!

Tuve que hacer el pan de plátano en un molde de tartas gracias al encierre.

Cuando se me quitó la tos y cuando ya había pasado los diez días de cuarentena, me liberaron, y mi vida volvió a la normalidad durante un rato. Tras la emoción de mi viaje a Suecia, empecé a sentirme un poco regular.

Una noche estuve acostado y noté que me sentía con algo de fiebre, así que me medí la temperatura y descubrí que estaba algo elevada. No me preocupaba mucho, ya que me había comido un salmorejo un poco pocho más temprano en el día, así que supuse que mi cuerpo estaba reaccionado a eso. Fue una conclusión razonable dado que había pasado COVID unas semanas antes – pensé que sería imposible que se me volviera a contagiar tan enseguida.

Como precaución, me quedé en casa. Me tomé un paracetamol el día siguiente y seguí trabajando. El día después, me levanté con algo de perdida de olfato y gusto, y a mediodía ya habían desaparecido por completo. Bien sabiendo que esto supone una señal típica del virus, llamé a mi centro médico y organicé a que me hicieran un test esa misma tarde.

Como era de esperar, el test salió positivo. De vuelta a otra cuarentena de diez días, me vi obligado a buscar otras maneras de entretenerme que no involucrasen hacer comida rica. Jugué un poco con la iluminación de mi piso durante un rato, me puse a practicar caligrafía y empecé a experimentar con la creación y degustación de las creaciones culinarias más asquerosas que me podía inventar…

Con dos viajes cancelados (uno a Oslo para reunirme con Heidi y otro a Tenerife a ver a Cami), este segundo encierre se me hacía más desalentador al principio. Esto, junto con el malestar provocado por el virus, la falta de gusto que me impedía disfrutar la comida y el estar encerrado durante la segunda parte de mis vacaciones veraniegas, hicieron que esta segunda ronda fuera particularmente dura.

Tras algunos días de vivir apoyado por el paracetamol, me llamó mi médica para ver si me podían ya liberar. Gracias a una tos leve que no se me iba, me dijo que me quedara dentro de mi casa tres días más, así que me encontré con la prisión extendida hasta la segunda semana de mis vacaciones.

Esta prolongación de mi cuarentena supuso algo de molestia, pero por lo menos no fastidió los planes que tenía para el finde siguiente: recibir a Izzy y su novio Alex en mi casa. Eso, sin embargo, lo tendré que dejar para otra entrada de blog.

Y así llegamos a la conclusión de una entrada quizá algo aburrida, pero voy a acabar con un tono algo más optimista. Desde que pasé la segunda ronda de COVID, he podido disfrutar de unos días con Izzy y Alex y hay más por venir en este mes y el siguiente, porque tengo pendientes muchas visitas y otras pequeñas aventuras. Ya sabes que os contaré todo en cuanto pueda – ¡hasta entonces!

30.08.21 — Diario

Båstad

Ahora que mi web está de vuelta tras un error causado por mis capacidades de desarrollo de WordPress dudosas, la entrada de blog de hoy rompe con las actualizaciones típicas de Madrid gracias a un viaje laboral espontáneo a Suecia.

La semana antes de este viaje, un cliente nuestro nos contacto para pedirme que fuera a un evento que tomará lugar en Suecia y que presentase una vista previa de su nueva marca a sus colaboradores allí. El evento tendría lugar en la ciudad costera de Båstad, que queda más cerca a la capital danesa de Copenhague que a la sueca, Estocolmo.

Esto hizo que el viaje fuera algo complicado que consistió en un vuelo de Madrid a Copenhague y luego un tren de dos horas desde Copenhague, por Malmö y por la cosa sueca hasta Båstad, dónde me recogería un taxi para llevarme al hotel. Ya que la COVID aún está arrasando por Europa, la gran complicación de este viaje fue el papeleo variado necesitado por los tres países involucrados: Dinamarca, Suecia y España.

Una vez pasado por el control de salud en Copenhague, cogí algo de comer antes de subirme al tren con destino a Suecia. Los primeros minutos del viaje nos llevó por debajo y luego por encima del mar, pasamos por un túnel de Copenhague a Peberholm (una pequeña isla artificial) y luego por el puente de Øresund. Me quedé demasiado flipado como para sacar ninguna foto, ¡pero vale la pena echar un ojo en Google!

A bordo el tren me quedé impresionado por la falta de uso de mascarillas. Una búsqueda rápida online (gracias al WiFi gratuito – los escandinavos saben como montar la infraestructura pública) relevó que no hay ninguna obligación de llevar mascarilla en Suecia. Dejé la mía puesta y me puse a trabajar en unos cambios de última hora a la presentación que iba a dar justo esa misma noche. ¡Llegué a Båstad una mera hora antes de la hora que me iba a tocar bajar a la cena de gala y presentar!

Me habían dicho que me estaría esperando un taxi en la estación de Båstad, así que me bajé del tren en esta estación en la mitad de la nada y me empecé a preguntar como se suponía que iba a identificar al taxista. Me acerqué al único tío que estaba esperando al lado de un coche. Éste me dio la bienvenida en sueco – un idioma que no manejo nada – pero pensé que reconocí el nombre del hotel entre el resto, así que me subí al taxi sin pensarlo más – ¡no había tiempo que perder!

Siguiendo el viaje en Google Maps – aún no estaba seguro que había cogido el taxi correcto – vi que andábamos por el bueno camino y me relajé un poco, disfrutando las vistas del pueblo pequeño y de la costa antes de llegar a mi destino, el Hotel Skansen. Allí tuve que hacer checkin y encontrar mi habitación lo antes posible, ya que me quedaba tan solo media hora para deshacer la maltea, repasar la presentación una última vez, cambiarme y estar de vuelta en la recepción para ir la cena.

En este momento debería destacar que tanto el pueblo como el hotel eran absolutamente preciosos – Båstad acoge una vez al año el Swedish Open, el principal torneo de tenis en Suecia, y mi habitación de encontraba en un edificio conectado a la pista principal. Esto significó que podía ver la pista de tenis y el mar por detrás al salir de la puerta de mi habitación. ¡Una pasada!

No había tiempo como para procesar todo esto ni disfrutar las vistas, sin embargo, ya que solo me quedaban unos 25 minutos. El proceso de deshacer la maleta consistió en darle la vuelta a la misma y distribuir los contenidos por encima de la cama. Tuve que ensayar la presentación en voz alta a la habitación vacía mientras intenté ponerme unas botas bien apretadas y la única camisa formal que tengo. ¡Cuanta prisa!

Llegué a la recepción a las seis en punto y me encontré rodeado por mucha gente que hablaba entre sí en sueco. Había pensado que la cena tendría lugar dentro del hotel, pero la presencia de una serie de autobuses me hizo pensar que así no sería. Por fin encontré a una persona que reconocía y nos dijeron (en inglés, menos mal) que nos subiéramos al autobús.

El viaje al lugar misterioso de la cena nos llevó por la costa bonita.

En breve llegamos a un aparcamiento grande que estaba bordado por el mar en un lado y una colección de edificios y bonitos que formaron le puerta de entrada a un jardín inmenso en el otro lado. Empecé a darme cuanta que esto iba a ser una cena en funciones, una sensación que se consolidó al pasar por los jardines y hacia una villa enorme que se situaba detrás de un estanque y una serie de setos perfectamente formados.

Resultó que íbamos a cenar en el Restaurante Orangeriet en Norrviken Båstad, una villa y jardines que antes eran propiedad privada pero que ahora están abiertos al público. Habían reservado el restaurante entero para la cena de gala, así que entramos a tomar una copa de vina y buscar nuestros asientos asignados antes del comienzo de las presentaciones.

Una vez sentados, la noche empezó con el entrante y su copa de vino. Sobre un cuenco de crema de marisco, me puse a hablar con mis compañeros de mesa, entre los cuales figuró uno de los mejores tenistas de Suecia, una de las organizadoras del evento y los dueños de varios clubes de tenis y pádel en Suecia y Noruega. He jugado al pádel una vez en mi vida ¡así que me encontraba fuera de mi zona de confort!

Luego empezaron las presentaciones, pero yo aún seguía sin saber exactamente cuando me iba a tocar subirme al escenario. Cuando pasó el técnico para decirme que configurase mi Mac, pensé que ya era hora, pero resultó que primero íbamos a comer el plato principal, así que volví a hablar con mis nuevos amigos durante un rato.

Luego llegó el plato principal, cordero asado, acompañado por una copa más de vino y una guarnición de patatas suecas, un detalle que causó una discusión entre los suecos y los noruegos de la mesa sobre cual país tenía la mejor gastronomía. Estaban ricas las patatas, tengo que admitir, y el vino (un vino español) era mejor aún – pero me estaba controlando el consumo del alcohol hasta después de mi presentación.

Acabado el plato principal, ya me tocó presentar, así que me subí al podio y comencé con un par de bromas antes de pasar a presentar una vista previa de la nueva marca del cliente a un público de unos 200+ de sus colaboradores. Siempre me ha gustado presentar y esta vez me lo pasé bien también – ¡tuve buen publico gracias a la cata de vinos que todo el mundo se había tomado!

Una vez finalizada la presentación, volví a la mesa y no esperé en acabar las copas de vino que había estado guardando. Luego llegó el poste, y aunque a mí me gusta mucho el dulce, tengo que decir que ese postre fue el pico de la cena. Consistió en una pequeña tarta de chocolate con un meringue y un bloque de helado casero con sabor a hjortron, una fruta nativa a la región.

Al finalizar el poste y la copa de vino de porto que lo acompañó, tocó volver al hotel. Nos volvimos a subir al autobús y comentaron que iban a seguir con las celebraciones en el bar del hotel. No me interesaba a mí, sin embargo, ya que había pillado una hora temprana para desayunar porque quería probar el “spa frío”, una experiencia que suponía bañarse en las aguas congeladas del mar del Norte.

Me desperté el día siguiente con algo de resaca leve – la variedad de vinos al parecer no me sentó muy bien después de tanto tiempo en cuarentena – y me bajé a desayunar. Me hinché de beicon, salchichas, huevos y incluso un poco de salmón. Acabé el desayuno con unas tortitas con nata montada y sirope de arce y volví a mi habitación para hacer la maleta.

No hay nada que mejor cure una resaca que un buen desayuno y un rato al aire libre.

Al final no tuve el tiempo ni la ropa correcta para ir al spa, ya que había olvidado llevar un bañador y las opciones que tenían a la venta en su tienda eran demasiadas caras para un baño rápido en el mar. También tuve que navegar otro crisis que se desarrolló cuando la tía de la recepción me informó que las dos compañías de taxi del pueblo no tenían taxis para la hora que quería, así que tuve que decidir si coger un bus a la estación de tren o ir andando.

Eventualmente decidí que iría andando a la estación, ya que el autobús me iba a dejar una hora antes de mi hora de salida y pensé que podría ver un poco del pueblo de Båstad si fuera caminando. Con la mochila bien pesada, bajé primero a la playa al lado del hotel para ver el spa frío que no me había dado tiempo de visitar.

Tras una llamada rápida a mis padres para informarles como iba el viaje, me di cuenta que solo me quedaba una hora y pico para caminar el resto del viaje que Google me informó que tardaría unos 50 minutos. No quería acabar teniendo que correr el último tramo hasta la estación, así que empecé a subir por el centro de Båstad, sacando alguna que otra foto por el camino.

Los colores pastel y el cielo gris crearon unos ambientes interesantes.

Eventualmente pasé por un supermercado, diciendo que podía entrar a pillar unos regalos para mis compañeros ya que iba con buen ritmo. No tomé en cuenta, sin embargo, el hecho de que siempre me distraigo muchísimo en los supermercados en el extranjero, así que tuve que darme algo de prisa al salir y seguir hacia la estación de tren.

Con mi barrita de KEX en la mano (gracias a Danni por recomendármela), me acerqué a toda leche a la estación, pasando por unas casas bonitas y algo de arquitectura interesante por el camino. Llegué a la estación con apenas diez minutos de sobra, y eventualmente me subí al tren de vuelta por el campo sueco y al aeropuerto de Copenhague.

Estaría todo guapo quedarse un rato en una de estas casas con vistas del mar.

En el aeropuerto tuve que hacerme otro test de COVID, pero el proceso fue rápido y eficaz así que en nada me encontré embarcando el vuelo de vuelta a Madrid tan solo 24 horas después de aterrizar en Copenhague el día anterior. En el aeropuerto, la barrita KEX supuso un buen postre después de haber yo medio disfrutado uno de los sándwiches más caros que he comprado en mi vida.

Una vez de vuelta a Madrid, cogí un taxi de vuelta a casa y me fui a dormir bastante temprano – me tocó volver al trabajo el día siguiente. Me habían ofrecido quedarme un rato más en Båstad, pero lo había rechazado ya que tenía que entregar unas cosas en septiembre. En Inglaterra decimos siempre que ¡no hay descanso para los malvados!

El viaje entero a Båstad se me pasó volando, lo cual queda algo obvio con tanta entrada de blog que documenta tan solo unas 24 horas. Me lo pasé muy bien, conocí a mucha gente muy interesante y viví una serie de experiencias chulas, pero todo pasó tan rápido que no tenía ni un momento para procesarlo – ¡era todo como un sueño!

De todas formas me siento muy afortunado de haber sido invitado al evento, que fue como unas vacaciones de dos días a pesar de estar conectado y trabajando durante la mayoría del rato. Båstad es un lugar precioso y lo tendré en mente sin duda si en algún momento se me ocurre escarparme del calor veraniego de Madrid en el futuro.

Antes de cerrar esta entrada de blog, os daré una pista bien sutil sobre el asunto de la próxima. Para hacer esto, os dejo con este comentario críptico: hay una frase dentro de esta entrada de blog que presagia ominosamente lo que está por venir…

27.08.21 — Diario

Cami y Kevin en Madrid

Retomo las cosas donde las dejé en mi ultima entrada de blog, cuando Kevin, Cami y yo empezamos el viaje a Madrid tras nuestra gran reunión en Oviedo. Después de nuestra gran aventura bajando el Sella y comiendo todo lo que ofrece Asturias, me preocupaba la idea que Cami y Kevin no se la pasaran tan bien en Madrid, pero al final hicimos bastantes cosas…

Tras otro vuelo absurdamente corto de Oviedo a la capital, los tres nos subimos a lo que supuestamente era un tren directo a mi barrio para luego bajar a tomar algo en mi bar local preferido. Como ya he revelado en ese momento de presagio obvio, directo el tren no acabé siendo, tuvimos que hacer dos transbordos para llegar a mi piso.

Una vez en casa, los tres dejamos nuestro equipaje, nos duchamos y bajamos al Bar El Ferrocarril para tomar algo y cenar los mejores huevos rotos de Madrid. Una vez bien satisfechos, sugerí que cogiéramos unos churros recién fritos a modo de postre, así que nos fuimos yendo hacia la churrería.

Se manifestó un catástrofe, sin embargo, porque la churrería en cuestión se encontraba cerrada. Como alternativa, me acordé que había una heladería italiana a quince minutos que llevaba yo un buen rato queriendo visitarla, así que bajamos a probar el gelato que había visto yo que generaba colas.

Pasamos un buen rato por el río disfrutando nuestros helados antes de subir de vuelta a mi casa para descansar para el primer día de aventuras. Por supuesto, había creado un plan de lo que íbamos a hacer, y lo primero fue madrugar algo para estar en Ojalá y pillar una mesa para desayunar.

En este lugar mítico de desayunos de Malasaña, los tres disfrutamos mucho de un desayuno delicioso, completo con todo tipo de alimentos, infusiones, cafés y zumos para sostenernos en el calor veraniego madrileño. Es un sitio al cual he estado llevando gente desde la primera vez que viví en Madrid hace muchos años, ¡nunca decepciona!

Montamos un pequeño shooting en el sótano (la playa) de Ojalá.

Para bajar la comida, luego salimos a dar una vuelta por las calles bonitas de Malasaña, pero dentro de poco nos encontramos dentro de otro bar. Simplemente tenía que llevar a Kevin a comer un pincho de tortilla y tomar un vermú de grifo en la mítica Bodega de la Ardosa.

La tortilla y el vermú se apreciaron mucho en el interior castizo.

De allí fuimos tirando hacia Chueca, el barrio gay de Madrid, donde pillamos una mesa en la plaza central para disfrutar de un cóctel – aunque el mío tenía que ser sin alcohol gracias al maldito antibiótico. No pudimos quedarnos allí mucho, sin embargo, ¡ya que tenía otras cosas planificadas para antes de comer!

Tras pagar la cuenta, los tres luego caminamos por el centro de la ciudad, pasado por los sitios turísticos típicos como La Puerta del Sol, Plaza Mayor, La Almudena y el Palacio Real. Esta caminata bajo el sol del mediodía nos dejaba con ganas de una bebida y algo de comer, y había reservado en el sitio perfecto…

La terraza playera del Café del Rey, donde he pasado muchos jueves por la tarde cuando teníamos oficina en la calle Cadarso, fue el sitio que había elegido para comer. Aprovechamos del menú del día y tomamos algunas copas más antes de pasar al siguiente destino, el lago, donde había pensado que podíamos echar la siesta a la sombra.

Conseguí descansar media hora allí, pero me desperté con dolor de cabeza y la garganta seca gracias al calor opresivo del verano madrileño. Decidimos que solo había una manera de solucionar esto, y nos acercamos a una terraza al lado del lago para tomar una cerveza más antes de volver a casa a echar la siesta en condiciones.

Una vez recuperada algo de energía, nos volvimos a subir al metro y fuimos a uno de los mejores sitios – a mi juicio – a ver el atardecer: el templo de Debod. Llegamos justo a tiempo para ver los últimos momentos de la puesta del sol – el cielo montó un espectáculo magnifico de rayos de luz.

Cuando ya se hizo de noche y nos apetecía otra copa, nos sentamos en el césped para tomar una cerveza y el aperitivo que habíamos llevado. Avisé a Sara de que estábamos por allí, y se acercó para reunirse con Kevin por primera vez en tres años.

El plan original había sido bajar a Lavapiés a tomar algo más antes de volver a casa andando, pero perdimos por completo la noción del tiempo y el espacio, así que decimos tomar algo en un bar cerca del templo. Nos acogió en su bar un tipo super majo, que nos dejó tomar unas copas en su terraza mientras pedíamos comida de otro restaurante al otro lado de la calle.

Una vez llegada la hora de volvernos a casa, los cuatro cogimos el metro de vuelta al barrio, donde tuve la idea de montar una noche de spa y mimos para descansar tras un día bastante frenético de explorar la ciudad. Saqué las mascarillas faciales, exfoliantes corporales y todo tipo de crema y poción, y Kevin, Cami y yo nos sentamos a ponérnoslos mientras escuchábamos música relajante.

El día siguiente volvimos al rumbo, subiendo a Uniqlo (donde compro yo toda mi ropa, tengo un gusto sencillo) porque Cami y Kevin quería echar un ojo. Luego bajamos a Retiro en pie, parando a sacarnos unas fotos en la Puerta de Alcalá.

Las flores resplandecían casi tanto como Cami en el sol de verano.

En el parque nos cogimos una bici para la siguiente aventura del día, una que nos llevó por los sitios más emblemáticos de Retiro. Con sus rincones tan bonitos y sus paseos y bulevares numerosos, queda evidente el por qué lo acaban de nombrar como patrimonio de la humanidad.

Esta aún tiene que ser una de mis vistas favoritas en todo Madrid.

Visto todo lo que había que ver, luego bajamos por la calle montados en bici, corriendo hacia el río debajo para tomar algo en el Matadero a modo de un aperitivo antes de comer.

Después de eso comimos en un sitio italiano local, donde disfrutamos un menú de ensaladas, pastas y un poste delicioso de profiteroles. La comida nos dejó hinchados y cansados, así que Cami y yo volvimos al piso a echarnos la siesta mientras Kevin pasó a hacerse una PCR para su viaje de vuelta a los EEUU unos días después.

Tras descansar un rato en casa, en breve nos encontramos de nuevo montados en una bici y de camino al segundo lugar recién nombrado como patrimonio de la humanidad: el paseo de Prado. Esta zona es más difícil de definir, ya que supone el nombre de una calle, pero el reconocimiento de la UNESCO toma en cuenta los sitios fabulosos que se encuentran por el camino, desde la arquitectura asombrosa hasta la serie de fuentes míticos y el Museo del Prado.

Pasamos por el paseo entero, dando la vuelta en Cibeles, otra de las vistas más bonitas de Madrid. Luego dejamos las bicis para andar por el Barrio de las Letras, donde encontramos una terraza y nos sentamos para celebrar la última noche de Kevin y Cami en Madrid.

Las calles del Barrio de las Letras se encontraban bañadas en la luz del atardecer.

Acabadas las bebidas, los tres luego volvimos a casa, donde pedimos comida china y vimos un par de capítulos de Derry Girls antes de acostarnos relativamente temprano – Kevin y Cami tuvieron que madrugar el día siguiente para pillar sus vuelos: Kevin a Asturias para disfrutar sus últimos días en España y Cami de vuelta a casa en Tenerife.

La despedida emocional el día siguiente se hizo más fácil gracias al estado en el que nos encontrábamos los tres – ¡andábamos demasiado cansados como para entender lo que pasaba! Me despedí de Kevin y Cami con un abrazo grande, prometiendo que estaría pronto en Tenerife y los EEUU para visitarles en cuanto pueda.

Como mencioné en la última entrada de blog, fue una pasada estar reunido con Kevin y Cami de nuevo. Espero y deseo que el mundo se empiece a volver a la normalidad cuanto antes para que no haya que esperar tres años más para la siguiente reunión y serie de travesuras…

01.08.21 — Diario

La vuelta a Asturias: el descenso del Sella

Como me emocionaba anunciar al final de mi última entrada de blog, en breve iba a viajar a Asturias para reunirme con Kevin y Cami, dos amigos que antes vivían por la zona. He visto a Cami cuando pasó por Madrid un día y luego durante un par de visitas que he realizado a su nuevo hogar en Tenerife, pero llevo casi tres años sin ver a Kevin en persona – gracias a su mudanza a los EEUU y luego la pandemia mundial que nos ha caído…

Bueno, esa introducción concluida, pasemos a la historia principal. Tras recuperarme de una infección gastrointestinal horrible, por suerte tuve la energía como para acercarme al aeropuerto y realizar el vuelo más corto (40 minutos) que he experimentado jamás. ¡Fue un caso de despegar, mirar por la ventana durante unos minutos y luego empezar el descenso!

Había embarcado el vuelo sin ningún plan de cómo iba luego a moverme del aeropuerto de Asturias en el norte del principado hasta la ciudad de Oviedo donde andaban Kevin y Cami. Confiando plenamente en Google Maps, fui corriendo desde el avión al aparcamiento y luego a la estación de autobuses del aeropuerto, ya que el bus salía a las 21:15 y aún andaba en la pasarela de desembarque a las 21:10.

Me dio la bienvenida el clima asturiano: gris, frío y con nubes llenas de lluvia.

Se me había olvidado, entonces, que andaba en Asturias, y que las cosas irán a su ritmo si me viniera bien o no. En este caso me venía bastante bien la verdad, ya que me dejó con la oportunidad de descansar de mi sprint durante unos minutos antes de subirme al bus y continuar con mi viaje mientras empezó a llover.

Al acercarme a la estación de autobuses en Oviedo, donde había acabado mi viaje durante mi primera visita a la ciudad en 2017, pasamos por unas calles familiares durante el camino. La vista de los edificios conocidos y hasta el estilo híper-gótico de las farolas de Oviedo me emocionó mucho, pero en nada había vuelto a la realidad al bajarme del bus y sentir el aire frío de la noche.

Luego me quedó por delante un camino de diez minutos hasta la Calle Gascona, una de las calles míticas que está bordada por sidrerías por todos lados. Kevin y unos amigos suyos, Cami incluida, me estaban esperando en una de las sidrerías, donde me dieron la bienvenida con muchos abrazos y una ración de pastel de cabracho, uno de mis platos favoritos de la región.

Tras cenar volvimos a salir por Gascona, cuyo olor a sidra siempre me hace sentirme como en casa – ¡hay muchos pubs británicos que huelen igual! Por allí encontramos una terraza para tomarnos unas cervezas más y aproveché para ponerme al tanto con unos viejos amigos que no había visto desde la salida de Kevin a los EEUU.

Al empezar a cerrase los bares según el toque de queda, el grupo volvimos al coche de un amigo de Kevin que nos acercó al piso de Kevin en las afueras de Oviedo. Habíamos quedado en no trasnochar, ya que teníamos un plan único y algo exigente para el día siguiente….

Ese sábado, era el momento para bajar el Sella, una actividad veraniega mítica.

Como revelé –quizá antes de tiempo– en el título de esta entrada, habíamos organizado todo para bajar el Río Sella, un viaje de 15km por las aguas que supone una costumbre icónica de Asturias.

No es tan exigente como puede parecer, ya que cualquier día en verano hay cientos –si no miles– de otras personas bajando el río también. Todo el mundo está por la emoción que provoca el piragüismo, claro, pero también porque la ruta está salpicada por chiringuitos para pillar sidra, cerveza y todo tipo de fritanga y guarrerías. Por cierto, Kevin me había vendido el plan como “piragüismo, pero borracho”. Me apunté sin ni pensarlo.

El día empezó con algo de drama, ya que yo había pasado de matar un mosquito que daba vueltas por la habitación donde dormía en el piso de Kevin. Suponía que, ya que había tapado la mayoría de mi cuerpo con una sábana, me dejaría en paz y que no atacaría tanto mi cara. Me equivoqué bien, no obstante – me desperté con picaduras en los dos párpados que los habían dejado muy inflamados.

Nada iba a meterse entre mí y el piragüismo borracho, así que me tomé un antihistamínico y andando. Bajamos a un bar local para desayunar y luego pasamos al Alimerka a pillar cervezas y algo de picoteo para el viaje. Allí nos recogió Raquel, una amiga de Kevin, y nos llevó al pueblo de Arriondas dónde empieza el descenso.

El primer susto fue gracias a la manera en la que teníamos que entrar en el agua: ¡nos lanzaban, ya montados en la canoa, por un tobogán viejo de madera! Al principio pensé que era broma, pero en nada dejaron volando a Kevin por la rampa y al agua fría del Sella. Luego nos tocó a Cami y a mí en nuestra canoa doble – ¡chocamos con el agua con una salpicadura enorme que casi nos volcó!

Tras vaciar el agua de la canoa y tener que bajarnos de la misma para arrastrarla por unas rocas en una zona poco profunda del río, nos encontramos siendo llevados por la corriente. Al perder de vista a los demás del grupo, paramos en un punto donde habían mogollón de canoas, abrimos una bolsa de chuches y esperamos a que llegasen los demás.

No era una parada oficial en la ruta, pero había sidra, así que todo bien.

Al llegar los demás, fueron a comprar unas botellas de sidra y Kevin abrió una lata de cerveza. Andaba yo aún tomando antibióticos gracias a la infección gastrointestinal de la semana anterior, así que a mí me tocó una botella de agua, pero nos lo pasamos muy bien hablando y riéndonos y viendo el mundo pasar. Un momento bonito fue cuando un tren pasó y nos pitó, que dejo a toda la gente del río gritando y aclamando. ¡Había un ambiente maravilloso!

Después de un buen rato en las orillas, volvimos a subirnos a las canoas. No había mucha prisa, pero tenía todo el mundo que estar fuera del río a las 6pm, así que teníamos que estar en la penúltima parada a los 10km antes de las 5pm para que nos dejasen continuar hasta el final.

Mientras andábamos remando hasta la primera parada oficial de la ruta, salió el sol y me atreví a sacar mi móvil del barril hermético que nos habían dejado para guardar nuestros móviles, comida y cervezas durante el viaje. Así pudimos sacar unas fotos y grabar algún vídeo mientras bajábamos – ¡aquí dejo un vídeo de mí remando a tope!

Un rato después, y gracias a su viaje solo mientras los demás íbamos en pares, perdimos a Kevin. Cami y yo nos encallamos en las orillas una vez más para esperar a los demás y contactar con Kevin por WhatsApp para decirle dónde le estábamos esperando.

Los paisajes por el camino eran tan bonitos como era divertido el viaje.

Al llegar Kevin – lata en la mano – decidimos descansar un rato. Acabamos hablando con el novio de una despedida de soltero que andaba vestido de Ariel de La Sirenita. Kevin cambió un par de cigarillos por una lata grande de cerveza y luego volvimos a seguir por el camino y hacia la primera parada oficial – ¡aún no habíamos llegado a ese primer hito!

Eventualmente llegamos a la primera parada, donde nos bajamos de las canoas sobre las 3pm para pillar algo de comida. Cami y yo fuimos al chiringuito, donde pillamos un par de refrescos y un bocadillo cada uno (me zampé uno de beicon y queso – ¡me hacía falta la energía!) antes de volver a las canoas.

Hasta las vistas desde el chiringuito me tenían cautivado.

Cuando habíamos comido todos, volvimos manos a la obra ya que nos quedaban unos 2km para remar en una hora. El tiempo también había empezado de volverse algo feo, así que Cami y yo decidimos intentar remar a toda leche para llegar a la penúltima parada antes de las 5pm para poder acabar los 15km enteros.

Tras navegar unos rápidos algo peligrosos, esperábamos a que Kevin nos alcanzase ya que le habíamos vuelto a perder de vista. Eventualmente pasó flotando por nuestro lado con su cerveza recién adquirida en la mano – ¡así se vive!

Otro tramo de rápidos luego nos tenía encallados, pero luego el río se volvió planto y calmo. Ya que la mayoría o había abandonado el descenso en la primera parada o había seguido más rápido, el viaje se volvió más tranquilo, nos encontramos rodeado por cada vez menos canoas.

Llegamos a la segunda y penúltima parada justo antes de tiempo, así que tomamos la decisión de no seguir. El clima se había vuelto algo impredecible, nos dolían bien los brazos tras tanto remar en el último tramo y habíamos visto en el grupo de WhatsApp que las otras chicas se habían bajado igual en esta parada.

Encallándonos por última vez en las orillas del Sella, subimos las canoas algo por las rocas y nos quitamos los chalecos salvavidas mientras esperábamos la llegada del último que nos faltaba. Adivinad quién fue…

Nuestro descenso del Río Sella llegó a su fin aquí, entre las montañas verdes de Asturias.

Kevin apareció justo antes de las 5pm, la hora a la que ya cortaban el paso por el río. Vimos que el pobre andaba empapado – ¡resulta que se le había volcado la canoa en unos rápidos! Tras reírnos profundamente a sus expensa, nos subimos los cuerpos cansados a una furgoneta y nos devolvieron a dónde habíamos aparcado al principio.

Después de cambiarnos y comprar unas fotos de recuerdo –las cuales voy a escanear y subir aquí en cuanto pueda– volvimos al coche de Raquel y salimos de vuelta a Oviedo. Decidimos echar la siesta antes de reunirnos de nuevo para cenar en un restaurante nuevo al lado de la casa de Kevin.

El descenso del Sella –y quizá sobra decirlo tras contar las historias divertidas contadas arriba– fue una experiencia fenomenal. ¡Urjo a quien pueda que lo haga si se presenta la oportunidad! Hay un montón de operadores y compañías que te lo ponen todo –la canoa, el chaleco salvavidas, el barril hermético, el transporte e incluso una clase rápida de como remar– por tan solo 30€ por una canoa doble o 20€ por una sencilla.

Bajar el Sella es una costumbre asturiana que representa una experiencia inolvidable, ¡da igual lo bueno o lo malo que se te da remar!

Bueno, volvamos a Oviedo, en donde nos habíamos despertado de la siesta aún bastante dormidos pero con unas ganas locas de una cena bien pesada que nos volviera a hacer dormir. Bajamos al restaurante en donde habíamos quedado y disfrutamos de una serie de platos divinos, entre ellos un buen cachopo, unos tortos con picadillo y huevo frito, unos chipirones a la plancha y una ración de croquetas.

¡Sobra comentar que esa noche nos sobamos nada más llegar a casa y que dormimos mejor que nunca!

Al día siguiente, Cami y yo nos levantamos antes de Kevin, cuyo despertador había estado sonando durante diez minutos sin que él mostrase señales de vida. Decidimos salir a desayunar por allí mientras descansaba – ¡un descanso bien merecido tras 10km recorridos él solo! Cami sabía justo adonde ir y me llevó a una panadería local que tenía una selección amplia de pasteles y zumos. Allí desayunamos como reyes en su terraza.

Cami comentó que una amiga suya vivía cerca, así que fuimos a vernos con ella y su perro tras pagar la cuenta. Newton, el perro, ¡se emocionó mucho al volverle a ver a Cami tras tanto tiempo! Los tres luego nos pusimos a hablar, sentándonos en una terraza después para tomar algo rápido.

Una vez recibido un mensaje de Kevin, volvimos a subir a su piso en donde hicimos las mochilas y nos preparamos para irnos de Asturias mientras él salió a pillar algo de comida para acompañar el vino chileno que Cami nos había llevado. Se lo había dejado su padre tras un viaje a Chile. Como aprendí en Tenerife, ¡no hay nada mejor que un vino tinto chileno auténtico!

Los tres comimos tranquilamente en casa antes de coger las mochilas, cerrar bien el piso y acercarnos al centro de Oviedo para tomar una última caña antes de subirnos al bus al aeropuerto. “¿Y por qué fuisteis los tres al aeropuerto?” os escucho preguntándoos – y ahora puedo desvelar que mi viaje a Asturias supuso solo la primera parte de este viaje de reunión. Kevin y Cami luego vinieron a pasar un par de días más en Madrid antes de su vuelta, Kevin a los EEUU y Cami a Tenerife.

Una vez acabadas las últimas cañas por el norte, los tres nos subimos al autobús al aeropuerto. Nada más llegar allí, nos encontramos en la puerta y siendo llamados a embarcar – ¡el aeropuerto de Asturias es mazo pequeño!

Con esto, corto aquí la historia, ya que voy a tener que dejar la segunda parte del viaje –que documenta los dos días que pasamos explorando Madrid– para la siguiente entrada de blog. Seguro que sobra volver a decir que me lo pasé fenomenal en Asturias tras tantos años sin verle a Kevin y sin volver a las tierras verdes donde me siento como en casa. No podía haber mejor compañía ni me lo pudiera haber pasado mejor – eran unos días de alegría muy necesitados después de un año y medio de depresión por la pandemia.

¡Estáte al tanto para leer la próxima entrada!


Esta entrada representa la primera vez que subo vídeos con las fotos. Si tienes algún comentario o tienes algún problema con la visualización de los mismos, por favor, avísame por correo electrónico.

18.07.21 — Diario

Un rato fuera, mucho tiempo dentro

La entrada de hoy, a pesar de que recopila los sucesos de las tres semanas pasadas de mi vida, será bastante cortita. Será así porque os escribo tras casi dos semanas de una enfermedad de la cual estoy justo empezando a mejorarme, pero os contaré algo más del asunto al final de esta entrada.

Por ahora, empecemos en el centro de Madrid, donde Sara y yo habíamos quedado para cenar en Gracias Padre, un sitio mexicano que he visitado unas cuentas veces y que nunca decepciona. Nos pasamos un poco a la hora de pedir, pillando un entrante de queso fundido con chorizo y luego una quesadilla gringa y unas flautas de pollo – ¡pero estuvo todo muy rico!

Un sábado de comida rica con buena compañía y en un entorno agradable.

El día siguiente salí a hacer algo que hago rara vez – comprar ropa. Tras pasar por Uniqlo a comprarme alguna prenda nueva subí al barrio de Chueca, donde comí en una terraza y pasé por Lush antes de coger una bici y volver a casa para luego echarme al césped en las orillas del río y tomar el sol.

Bueno, así era mi plan hasta recibir un mensaje de Laura – una amiga que se mudó a Miami hace un par de años – diciendo que estaba de visita por Madrid un mes. No iba a desaprovechar de la oportunidad de verla esa misma noche, así que me volví a montar en bici y subí al Templo de Debod para ver el atardecer y ponerme al día con ella y un amigo suyo.

Al salir del trabajo el día siguiente, volví a bajar al río, ya que me había gustado el ambiente veraniego el día antes. Pasé un par de hora tomando el sol, hablando con mi familia por teléfono y tomando una cerveza mientras observaba un grupo de perros jugando. Se fueron todos menos un rubio, así que le saqué una foto mientras su pelo brillaba en la luz dorada de la tarde.

Con las temperaturas altas por la ciudad, pasé la mayoría de los días siguientes dentro de la casa, donde miraba los colores del atardecer una noche y luego fui a ajustar los colores de mis luces para crear una serie de degradados bonitos. Mi noche fue interrumpida, sin embargo, al pasar Inglaterra a la final de la Eurocopa – mi hermana me llamó por FaceTime para compartir el ambiente y la emoción del pub en el que estaba viendo el partido.

El día siguiente, sin embargo, me puse enfermo con alguna infección misteriosa del estómago. Tras unos días de reposo intentando solucionarlo yo solo en casa, acabé en urgencias con dolor gastrointestinal muy grave, todo esto mientras tenía que estar viendo la final de la copa. Esto supuso justo el comienzo de una semana algo horrible, en la cual hasta investigaron la posibilidad de que fuese el coronavirus.

Tras varias llamadas con mi médico de familia y otra visita a urgencias en la cual casi me ingresaron, por fin han podido identificar lo que tengo y me han puesto el antibiótico correspondiente para ir ya mejorándome. Quiero volver al trabajo lo antes posible y luego estar al cien para mi viaje a Asturias para volver a estar reunido con Kevin y Cami en Asturias tras casi tres años sin verle a Kevin.

Me gustaría concluir esta entrada de blog dando las gracias a mis amigos, familiares y compañeros que me han apoyado mucho durante este rato feo. También quisiera expresar mi admiración y respeto profundo por los profesionales que me atendieron – todo fue muy rápido y con mucha compasión. La sanidad publica aquí es una maravilla, tenemos que hacer todo lo posible para protegerla.

Me quedan unos días de reposo y mejora, pero seguro que en nada estaré de vuelta con historias de lo que consigo hacer – ¡espero no decepcionar!

06.07.21 — Diario

Entretanto

Por haberme metido prisa en sacar las entradas de blog sobre mi viaje al norte de España con Jhosef y una visita rápida a ver a mis tíos en Murcia, acabé olvidando de mencionar algunas cosas que hice entre los viajes y estando en Madrid. Que no cunda el pánico, sin embargo, ya que ahora estoy para arreglar este descuido y compartir algunas actualizaciones.

Arrancamos en el mejor barrio de Madrid, Delicias (donde vivo yo, naturalmente). Luis y yo habíamos quedado en enfrentarnos con el tiempo amenazador y pasar la tarde en Lavapiés. Decidimos pasar por una pizzería y una liberaría antes de ir a una exhibición que había encontrado Luis.

El viaje a dicha pizzería fue una experiencia en sí, ya que empezó a caer una buena mientras andábamos, una lluvia torrencial que nos amenazaba con dejarnos empapados si no fuera por el paraguas que llevaba. En un momento hasta tuvimos que mérenos en la entrada de un supermercado junto con una banda de gente que hacía lo mismo para esperar a que se pasase lo peor de las lluvias. Desde allí, subimos a la pizzería evitando los charcos enormes en nuestros pantalones ya bien mojados sin ninguna incidencia meteorológica más.

Tras una comida deliciosa, bajamos a la librería, donde me pillé un par de libros y bajamos a la galería en el sótano donde se exhibía una serie de pinturas. No nos quedamos mucho, pero me gustaron bastante los colores fluorescentes y las caritas sonrientes.

Desde allí cruzamos la calle a la Tabacalera, donde me costó entender el arte pero donde me fascinó el espacio físico en sí. Saqué muchas fotos de muchas cosas, pero os dejo con una selección rápida de lo que vi – incluida una obra de arte porque encontré una bombilla escondida entre los otros objetos que la componía.

También me puse a reformar la casa un poco antes de coger el tren a Murica. Esto implicó mucho movimiento de los muebles de mi piso para mejor reflejar mi nueva rutina de pasar más tiempo en la oficina que en casa teletrabajando. Volví a sacar la mesa bonita de mármol que vino con el piso y la repuse en el salón. Para tener un sitio donde ponerme a hacer mis cosas, me he comprado un nuevo escritorio y lo he instalado en el dormitorio.

Mi vuelta a Madrid después de mi viaje a Murcia no supuso el fin de mis viajes durante el mes de junio, sin embargo. Me quedó un sitio más por visitar: Cuenca.

El viaje fue por una reunión del trabajo, pero también tuve la oportunidad de entrar en una de las famosas casas colgadas y ver las vistas increíbles.

Una vez en Madrid, otro finde conllevó otra quedada con Sara por el centro. Volvimos al barrio de las letras, donde nos sentamos a tomar unos cócteles ricos en una plaza pequeña en una de sus calles estrechas.

El día siguiente tenía la cabeza bien, y pasé el sábado recableando y reprogramando la iluminación de mi piso – algo que no se hace en breve – antes de empezar otra semana laboral. Con el cambio a la jornada intensiva durante el verano, ahora salgo del trabajo a las 3pm, así que una tarde quedé en cenar con Bogar, Hugo, Sergei y Jhosef en un sitio italiano que nos queda cerca.

Una noche de buena compañía y buena comida recomendada por la dueña graciosa.

El finde siguiente se pasó, como siempre, por la ciudad. El sábado quedé con Soyoung – a quien llevo un año y pico sin ver tras la última vez que nos vimos justo antes de la pandemia – y fuimos a desayunar en una terraza por el barrio Salamanca. Me alegró mogollón de verla y ponernos al día con todo lo ocurrido durante estos últimos catorce meses o así – ¡como vuela el tiempo!

La puerta de Alcalá lucía espléndida al pasarla en mi bici de vuelta a casa.

El domingo quedé con Jhosef y su hermana Ximena para dar una vuelta por el barrio. Los tres luego acabamos tomando una cerveza en el Matadero, que luego se convirtió en una comida completa al pedir unas raciones. Hacía buen tiempo, había buena compañía y andábamos en una terraza bien bonita – ¡la combinación perfecta para que saliera un plan espontáneo sobre la marcha!

Con esta serie caótica de noticias y tonterías os dejo más o menos al tanto con todo lo pasado durante estas semanas entre mis viajes al norte y al sur. Digo más o menos porque ahora que nos encontramos en pleno verano, tendré más tiempo para salir y explorar más, así que te puedes asegurar que quedan bastantes travesuras más por venir…

23.06.21 — Diario

Un finde largo en Murcia

Tan solo dos semanas después de mi viaje a Bilbao con Jhosef, me tocó coger un tren con destilo a las tierras muricanas que tanto conozco. Otra vez más bajé a la costa mediterránea para pasar unos días con mis tíos tras verlos por última vez el verano pasado.

El viaje empezó con un momento de pánico cuando llegué corriendo a la estación de Atocha y me subí al tren solo dos minutos antes de su salida. Esto fue gracias a la distracción que me supuso un Carrefour lujoso que había encontrado al buscar una botella de agua para el viaje. Me quedé un buen rato dentro de la tienda mirando la oferta variada que tenía y salí de la misma con una bolsa llena de picoteo y una botella de vermú.

Una vez en el tren y aliviado de no haberlo perdido, tuve la rara suerte de contar con dos asientos libres, así que me puse bastante a gusto en el portátil y trabajaba en mi nueva web durante el viaje al sur. Esta comodidad combinada con dicha bolsa llena de comida hicieron que el viaje pasase volando, en nada me estaba bajando en la estación de Balsicas donde me recibieron mis tíos.

Desde allí los tres nos acercamos a un chiringuito local que habían descubierto, donde pillamos una selección de raciones y una cerveza para aprovechar de las pocas horas del viernes que quedaban. Una vez llenos de gambas al ajillo y chopitos, volvimos a su piso para descansar.

Un paseo mañanero para pillar pan era el comienzo perfecto para el finde.

Arrancamos el finde con un paseo a la tienda de la urbanización a por comida para preparar el desayuno, tras el cual los tres nos subimos al coche y bajamos a la costa para visitar un restaurante que contaba con un bar con vistas sobre el mar. Allí estábamos de suerte, porque no había mucha gente y estaban probando el sistema de altavoces para una cena la noche siguiente. Esto supuso un concierto privado mientras la cantante ensayaba las canciones que iba a cantar durante la cena y mientras nosotros nos tomábamos una copa. ¡Una verdadera pasada!

Desde allí luego seguimos por la costa y a los baños de lodo de Lo Pagan, donde otra vez más aproveché para sumergirme en el barro apestoso que dicen que es bueno para la piel. Mientras intentaba que se me pegase la sustancia extraña, me puse a hablar con dos señoras que me acabaron atrapando en una conversación de una hora y media – ¡al final tuvo que venir mi tía a buscarme para que no nos quedásemos sin comida!

Comimos en un restaurante en un puerto que nunca había visitado y al que llegamos pasando entre las salinas que se encuentran al lado de los baños de lodo. Pensé que debería probar el marisco ya que me encontraba en un puerto, así que mi comida consistió en una sopa de marisco con una dorada a la sal, los dos platos muy ricos.

El cielo nos amenazaba con tormentas, pero al final no cayó ni una gota.

Ya que habíamos hecho bastantes cosas por la mañana, pasamos la tarde en el piso, donde introduje a mi tía a la maravilla que son las mascarillas faciales de carbón que se secan y luego se quitan pelando. Dicen que tienen muchos beneficios para la piel, pero a mí me atrae más el acto divertido de quitarlas.

Empezamos el día siguiente con otra vuelta por el complejo de golf en el que viven mis tíos. Decidimos quedarnos por allí durante el día, así que pasé unas cuantas horas en la piscina leyendo mi nuevo libro. Se me había olvidado llevarme una gorra o algo para protegerme del sol, sin embargo, así que me tocó improvisar…

Una vez cansado de la piscina, me duché y nos preparamos para salir a cenar. Habíamos quedado en visitar un sitio que habían recomendado a mis tíos, así que volvimos a la costa del Mar Menor para buscar el restaurante en cuestión.

La cena no decepcionó nada, desde los entrantes variados a la ración deliciosa de secreto en una salsa cremosa de champiñones que compartimos. Me enganché a los buñuelos de bacalao tanto que tuve que pedirle al tío que me trajera algunos más…

Una vez bastante contento tras un par de vasos de vermú, pagamos la cuenta y salimos de vuelta al coche, pero me detuve en el camino para pillar unos churros con chocolate. Nos sentamos en un muro bajo en el paseo marítimo para comérnoslos: la manera perfecta de acabar otro día relajante.

El día siguiente volvimos a salir a comer, esta vez en un restaurante viejo que nos sirvió una selección de platos locales como parte de su menú diario. De allí pasmos a un supermercado para que comprase algunas cosas para compartir con mis amigos y compañeros que en Madrid. Creo que se me está cambiando el gusto, sin embargo, ya que una bolsa de patatas fritas de una marca que tanto me gustaba antes ahora me sabía grasa y sosa…

Esa tarde nos visitaron unos amigos de mis tíos para tomar una copa. Pasamos la noche hablando hasta las altas horas de la madrugada mientras acababa yo la botella de vermú que me había llevado y que casi me costó el viaje en tren.

Por suerte y también por la fuerza de voluntad que tuve para beber dos pintas de agua antes de acostarme, me desperté sin resaca ninguna. No quería que este día, mi último en Murcia, se pasase vagueando antes de coger el tren de vuelta a las 4:30pm, así que mi tía y yo fuimos a desayunar en un sitio bonito en la cosa. Fuimos a La Encarnación, un hotel y restaurante bonito con vistas sobre el mar y un patio interior muy bonito.

Tras hacer la mochila pero antes de coger el tren de vuelta a Madrid, nos quedaba otra costumbre por cumplir. Antes de ir a la estación en Balsicas, casi siempre comemos en un pueblo pequeño llamado Roldán – y esta vez hicimos lo mismo. Nos reunimos con otros amigos de mis tíos y disfrutamos una comida enorme que siempre me mantiene bien satisfecho y algo cansado durante el viaje largo de vuelta a casa.

Esto no fue el último momento guay del viaje, sin embargo, ya que me esperaba una última sorpresa en el tren. Mientras salíamos lentamente de la estación de la ciudad de Murcia, de repente alguien me cogió del cuello, y di la vuelta para encontrarme cara a cara con Borja, un ex compañero de mis primeros días en Erretres. ¿Cuales serían las probabilidades?

Mi viaje se concluyó con esta sorpresa feliz y una charla rápida con Borja para ponernos al día mientras salíamos de la estación de Atocha, la guinda tras cuatro días de relajar y ponerme al día con mis tíos. Sobra decir que, como siempre, mis vacaciones rápidas eran bien divertidas, y tengo que darles las gracias a mis tíos por aguantarme y atenderme durante el rato.

Ahora tengo ganas de volver a las tierras murcianas otra vez más, pero la próxima vez seguramente ya será cuando me tienen bien vacunado. Hasta entonces, bye!

08.06.21 — Diario

Bilbao con Jhosef

La actualización de hoy se centra en el lugar donde escribí mi última entrada entera – Bilbao. Esto no supone ni la primera ni la segunda vez que visito esta ciudad bonita del norte de España, pero me parecía una experiencia completamente nueva ya que tuvimos esta vez cuatro días enteros para explorar y también entradas al Guggenheim – pero de eso hablaremos en un ratito. Por ahora, empecemos el inicio, un sitio bueno para empezar…

El viaje empezó con unas cinco horas largas en un autobús que nos dejó en la ciudad más grande del País Vasco sobre las 9pm. Al llegar nos dirigimos directamente al hotel para dejar las maletas y ducharnos rápidamente. Ya que el viaje había sido una idea de última hora, sin embargo, ni habíamos revisado las restricciones locales relacionadas con la pandemia, así que investigué a comprobar que no había toque de queda antes de salir.

Afortunadamente no lo había, pero desafortunadamente sí que había una hora de cierre para toda restauración a las 10pm. Nos imaginábamos que aún así podríamos pillar algo para cenar, así que pisamos la calle justo antes de dicha hora.

Bueno, esto resultó ser un gesto bastante optimista – nos encontramos de contraventana bajada tras contraventana bajada. Menos mal que me puse a hablar con una señora por la calle que nos aconsejó de golpear en la contraventana de cualquier kebab por allí. Sorprendentemente un tío salió, anotó nuestro pedido y nos dijo de esperar a la vuelta de la esquina para disimular para que la policía no notase la venta ilegal de kebabs después de las 10pm. ¡Jhosef y yo encontramos la situación bastante graciosa!

Tras zampar nuestros kebabs en la habitación del hotel, nos acostamos, levantándonos el día siguiente con mucha energía para explorar. Nuestro día empezó en un bar local, donde desayunamos una selección de pintxos.

El palacio de Txabarri Jauregia lucía bonito a pesar del cielo gris.

Luego nos acercamos al casco viejo, cruzando el río y deteniéndonos para sacar unas fotos de la estación de tren y su sótano misterioso que se encuentra flotando sobre las aguas debajo. Para conseguir unas imágenes con perspectivas interesantes, nos bajamos por una escalera de concreto que llevó al agua. Tuvimos que pisar con bastante cuidado como para que el barro mucoso verde de las escalones bajos no nos acabase tirando a las profundidades verdes del agua…

La escalera supuso un lugar ideal para hacer un shooting con un aire de grunge.

Una vez llegamos al centro del barrio más antiguo de la cuidad, nos metimos en un bar para tomar un par de pintxos más. Con el subidón de energía que esto proveyó, volvimos a cruzar el río y exploramos otra zona del centro que descubrimos por coincidencia mientras buscábamos donde comer.

Al final nuestra búsqueda de un restaurante no era tan exitosa, así que nos volvimos al barrio donde se encontraba nuestro hotel. La abundancia de pintxos a 1,50€ nos salvó, sin embargo, y comimos unos cuantos antes de volver al hotel por las sendas de un parque.

Después de echarnos la siesta bajamos a una zona del río que había descubierto Jhosef al salir a correr por la mañana. Partiendo de la grúa roja famosa, seguimos las orillas del río hasta el Guggenheim, donde nos metimos otra vez en el centro para buscar algo de cena.

Antes de ni pisar el restaurante que habíamos elegido tomamos un par de pintxos en el bar de al lado, donde nos pusimos a hablar con la dueña de la vida en Bilbao. En estos momentos los dos ya nos habíamos ajustado bastante bien al ritmo de la cuidad, y esta sensación de comodidad se mantenía al pasar al restaurante, donde cenamos unos baos deliciosos y un plato bien rico de pato con setas.

Tras salirnos casi corriendo del restaurante para poder tomarnos una copa más en otro bar antes de la hora de cierre a las 10pm, volvimos al hotel bastante despacio gracias a la cantidad de comida y patxaran consumidos. En el camino nos encontramos con algo que me emocionó mucho y que me llevó a mi infancia: una obra de arte hecha de varios modelos de farola.

Debería explicarme para los que no me conocéis: llevo toda la vida obsesionada con las luces y la iluminación desde el momento que empecé a hablar (mi primera palabra fue “light” [luz] gracias a mi abuela). También cabe destacar que cuando me presentaron de niño con mi primera juego de pintura, lo primero que dibujé fue una carretera y sus farolas acompañantes. Otra vez me regalaron un juego de trenes de plástico y enseguida perdí todas las piezas menos las tres farolas que traía… bueno, ya te haces una idea.

Jhosef y yo nos tumbamos en el césped un rato para mirar las luces y bajar la comida un poco, y luego volvimos al hotel para preparar por la actividad principal del día siguiente: una visita al Guggenheim.

La mañana empezó, como ya se estaba volviendo costumbre, con un café y una ronda de pintxos. Después echamos el viaje corto al museo, cogiendo nuestras entradas y entrando en el atrio de la obra maestra de Frank Ghery por primera vez. Como ya os conté, he estado en Bilbao dos veces ya en el pasado, y había entrado en la tienda de regalos del museo en ambas ocasiones, pero nunca había llegado a entrar para ver las obras dentro.

El museo era fascinante, y varias obras me llamaron la atención, pero aquí no voy a entrar en detalles. Os dejo con este mensaje: vale mucho la pena visitar, da igual el tipo de arte que te interese. Hasta si crees que el arte no te interesa a ti, de verdad que hay una plétora de cosas interesantes y bonitas dentro. Para probar esto lo que digo, incluyo debajo unas fotos que saqué durante nuestra visita:

Dejando atrás el museo tras un buen rato explorando la tienda de regalos (como me gusta una tienda de regalos), volvimos a la ciudad y al restaurante donde habíamos reservado para comer, Monocromo. El pequeño restaurante cuenta con una cocina abierta y tiene especialidad en vermú (una de mis bebidas favoritas) y la comida era un exitazo, nos encantó cada plato que nos pusieron.

Salimos del sitio completamente hinchados, así que volvimos al hotel para descansar y bajar la comida. Jhosef se encontraba bastante cansado, así que mientras dormí yo salí a dar una vuelta solitaria y comprar algo de picoteo para que no nos volviéramos a quedar sin cena después de las 10…

No soy nada fan del rascacielos, pero a esta pareja le daba igual.

Al acercarme al hotel con mi bolsa llena de comida y vermú, vi que el atardecer se estaba convierte do en un festival de colores, así que divagué de mi camino para verlo desde las orillas del río. La puesta del sol no decepcionó nada, y vi une explosión celestial de rosa y naranja en frente de la silueta de la grúa roja.

El atardecer lucía espectacular detrás de la grúa roja enorme.

After spending that evening munching on crisps and watching the second half of a Batman film in the hotel room, we were once again on the move the day after. For breakfast, we’d arranged to meet up with Jhosef’s friend, Sergio. We headed to a local bakery for some pastries, chatted for a good while over coffee, and I thanked him for the restaurant recommendation from the day before.

Tras pasar esa noche cenando patatas fritas y viendo la segunda mitad de una película de Batman en el hotel, nos encontramos de viaje otra vez más el día siguiente. Habíamos quedado en desayunar con un amigo de Jhosef, Sergio. Fuimos a una panadería local para tomar unas napolitanas y charlar sobre un buen café, y aproveché para agradecerle la recomendación de restaurante del día anterior.

Cuando Sergio se tuvo que ir a trabajar, Jhosef y yo nos bajamos a las profundidades del metro de Bilbao por primera vez, subiéndonos al tren equivocado para pasar el día en Getxo. Tras cambiar trenes a uno que realmente iba a donde queríamos ir, llegamos en Algorta, un pueblo costero muy bonito famoso por su puerto viejo.

Nos cansó bastante la vuelta que dimos bajo el sol intenso (un evento algo raro en el norte), así que nos sentamos en la terraza de un pequeño bar para comernos algo y tomar una cerveza. La especialidad del sitio eran las gildas, y Jhosef se convirtió en un fan tras probar la primera.

Luego bajamos al puerto viejo, pasando por unas calles estrechas de casas pequeñas y nos llevaron al mar. Durante el descenso al puerto, pasamos por el lado de un restaurante que tenía una terraza enorme cubierta por las ramas de unos árboles, y decidimos que volveríamos a este sitio para comer después de echar un rato al lado del mar.

El puerto era muy bonito pero bastante pequeño, así que pasmaos mucho tiempo por allí – una decisión facilitada por el hecho de que el sol ya brillaba directamente encima y así amenazaba con quemarme mi piel anglosajona. Evité las quemaduras con la ayuda de un paraguas… vaya imagen tenía que ser.

Tras un rato viendo cangrejos volvimos a la terraza que mencioné, donde nos sentamos para disfrutar de una de las comidas más largas que he experimentado jamás. En este pequeño pueblo parecía que se frenaba el tiempo, y al final echamos unas cuatro horas comiendo, bebiendo y hablando, entre los dos pero también con la camarera maja que nos puso una serie de platos locales deliciosos.

Eventualmente decidimos seguir con lo que quedaba de nuestros planes, impulsados por la brisa que se había manifestado y la capa de nubes que había empezado a echar sombra sobre la costa. Queríamos aprovechar de la oportunidad de pasear por el paseo marítimo, así que bajamos a la playa y pasamos media hora o así cruzando la longitud de la misma. Mientras Jhosef se mojaba los pies en las olas, yo me puse a recoger cosas, pillando un par de conchas que ahora las tengo puestas al lado de una planta en mi piso.

Una vez llegados al otro lado de la playa y tras un intento fallado de coger un bus, decidimos acercarnos a la ría en pie. Aquí quería ver de cerca el puente Bizkaia, el primero de su tipo que aún sigue en funcionamiento, cruzando el Río Nerbioi antes de su llegada al mar.

Para ver mejor el puente, Jhosef y yo bajamos por otra escalera de concreto que daba a las aguas agitadas de la ría. Tras un momento de vertigo causado por la estela de un barco, subimos de vuelta a tierra firma y nos subimos a la plataforma al lado del puente. Allí sacamos algunas fotos más antes de coger el metro de vuelta a Bilbao – deteniéndonos para tomar un par de pintxos más y un vaso de vino, por supuesto. ¡Que no falten!

Esa noche, la última que íbamos a pasar en esta gran cuidad, no era nada aburrida. Tras un día de pie no queríamos irnos lejos buscando un restaurante, así que bajamos al bar de al lado del hotel para cenar unos cuantos pintxos más. Por no haber pensado en revisar la previsión de tiempo antes decidimos ponernos en la terraza – y ya seguro que te puedes imaginar justo lo que pasó después.

Después de disfrutar de un día bastante soleado hasta aquel momento, ya tocaba que el clima vasco se torciera. En un instante el calor del día se fue y vino una tormenta eléctrica tocha, que nos dejo empapados pero no nos podía quitar los ánimos: en vez de buscar asilo dentro del bar, decidimos aprovechar al máximo la lluvia, ¡grabando una parodia del videoclip de el temazo “All The Things She Said”!

Ahora completamente empapados, subimos a nuestra habitación tras pagarle la cuenta al dueño perplejo del bar, y llegó nuestro último día en la ciudad. Ya que teníamos el autobús de vuelta a Madrid a las 4pm, era un día algo raro porque no queríamos irnos demasiada lejos por si llegásemos tarde a la estación – pero aún así aprovechamos del día.

La mañAna comenzó con un paseo por la otra orilla del río, pasando por detrás de la arquitectura torcida del Guggenheim y hasta el casco viejo. Una vez allí, exploramos algunas de las calles que no habíamos visto durante la primera visita, y pasamos por una pastelería para comprar unos regulas para nuestros amigos, compañeros y familia en Madrid.

Volvimos al hotel tras un último vermú, habiendo decidido que sería buena idea comer en el restaurante al lado del hotel para poder luego recoger las maletas y subir la pequeña distancia a la estación de autobús cuando tocase. Disfrutamos un menú entero en la misma terraza que nos había dejado empapados la noche anterior, y acabamos nuestro viaje con un helado y una copa de vino.

Pagada la última cuenta y recogidas las maleta del hotel, los dos tuvimos que subir con algo de prisa al autobús, llegando justo a tiempo para figurar entre los últimos en subirse al autobús. La gran comida nos sirvió para dejarnos dormidos durante el viaje de vuelta, y nos encontramos en Madrid dentro de casi nada.

Lo único que me queda decir es que me lo pasé fenomenal en Bilbao – pero creo que esta admiración hacia el lugar se ha hecho evidente e a lo largo de esta entrada de blog. Gracias a Jhosef por surgeries la idea de pegarnos una escapada y luego por aguantarme durante los cuatro días que viajamos juntos, y también a mi compañera María, una vasca sin cuya guía no hubiéramos hecho ni la mitad de lo que hicimos ni hubiéramos comido la mitad de los platos locales que problemas.

Bilbao, ya esteré de vuelta. Hasta entonces, ¡agur!

05.06.21 — Diario

Muchos mimos

Al final de mi última entrada, especulé si podría ser capaz de viajar un poco este verano, ahora que España está quitando las restricciones después de que el gobierno central desactivara el estado de alarma hace un par de semanas. Bueno, podría parecer que mis oraciones han sido escuchadas, ya que cuando empiezo a escribir este blog, estoy sentado en el escritorio de una encantadora habitación de un hotel en Bilbao donde las nubes grises finalmente han partido y parece como que vamos disfrutar de un día radiante. 

Sin embargo, las historias sobre mi actual viaje hacia el norte de España tendrán que esperar hasta la siguiente entrada del blog, ya que nos tenemos que poner al día – o debería decir más bien que yo me tengo que poner al día, puesto que llevo el blog algo abandonado durante estas últimas semanas…

Retomamos el hilo una semana después de las quedadas con mis amigos por mi cumpleaños, y otra semana de trabajo la cual estuvo marcada por encantadoras tardes con mis amigos. Una tarde me encontré con Sara y Jhosef en una agradable terraza cerca de mi casa, donde pudimos complacernos con una generosa selección de tapas antes de ordenar dos enormes raciones para compartir: una de calamares y otra huevos rotos con jamón. 

Otra tarde en la misma semana supuso otra celebración de cumpleaños, y en esta vez con Hugo. En esta ocasión, los cuatro nos dirigimos a un restaurante italiano del cual sabia que Hugo era fan y nos deleitamos con deliciosos platillos, incluyendo un postre que vino recomendado por una compañera, todo esto entre muchas risas en compañía además de un grato vino blanco.

Me flipan las gambas acompañadas por una salsa picante de tomate.

Hinchado de pasta y bien contento gracias al vino, me monté en una bici para volver a casa, y pasé por algunos de los sitios que había visitado la primera vez que visité Madrid en el 2015. Pasé por el Instituto Cervantes, el Banco de España, Cibeles y la estación de Atocha. Al llegar en casa, puse las luces de un color morado relajante y me tumbé con un libro para descansar.

Menciono el libro porque últimamente he vuelto a leer mucho – de hecho, he acabado tres libros en los últimos quince días. Sin querer que esta entrada de blog se volviera en una reseña del libro (odiaba con todas mis fuerzas tener que escribirlas en la primaria), detallaré muy encima la experiencia ya que creo que son tres obras interesantes:

El primer libro fue una novela que recibí gracias a un intercambio de libros anónimo que hice en Instagram. Lo compartí así sin más, dudando que saliera algo, ¡pero al final me enviaron dos libros! El primero fue este, Los renglones torcidos de dios de Torcuato Luna de Tena. Como bien se nota, es una novela española y representó la primera vez que leí libro entero en mi segundo idioma. No supuso una lectura fácil, tanto por la necesidad constante de consultar terminología desconocida o lenguaje florido como por el tema de que se trataba: la vida dentro de un hospital psiquiátrico antiguo. El título supone una ventana al contenido del relato, para el cual Luca de Tena fingió una enfermedad mental para poder ingresar en un hospital psiquiátrico para así vivir la experiencia de manera infiltrada y de primera mano. Esta experiencia se nota por la capacidad del autor de construir y mantener el suspense dramático hasta la última página. Una obra literaria bien recomendable.

El segundo libro fue una biografía. No suelen gustarme mucho los libros biográficos, pero hice una excepción en este caso tras ver un documental corto en YouTube que contaba la vida de una mujer extraordinaria. The Trauma Cleaner: One Woman’s Extraordinary Life in the Business of Death, Decay, and Disaster (La limpiadora del trauma: la vida extraordinaria de una mujer en el negocio de la muerte, la descomposición y el desastre) de Sarah Krasnostein cuenta la vida turbulenta y a veces muy triste de Sandra Pankhurst. El libro explora – de una manera que a veces carece de detalles específicos gracias a la amnesia de Pankurst que se supone que se ha provocado por el trauma que sufría – su infancia como un niño adaptado y maltratado, su transición a una mujer y luego su rol como fundadora de una empresa dedicada a la limpieza de trauma. Para los que no sabéis – como yo antes de coger este libro – este tipo de limpieza trata de limpiar sitios donde ha ocurrido algún tipo de trauma, como el lugar donde alguien se ha matado, se ha suicidado o incluso las casas de acumuladores compulsivos. Aunque este libro volvió a tratar de un asunto que no es fácil de leer, era algo refrescante aprender sobre algo que la sociedad suele ignorar y también ver la compasión – que nace seguramente de una empatía por parte de Sandra dadas sus experiencias traumáticas personales – con la que Pankhurst trata cada caso.

En último lugar tenemos el tercer libro y nos encontramos enfrentándonos nuevamente con un tema que es igual de singular pero algo más alegre: la gramática y la puntuación. Escrito por una ex-revisora de The New Yorker, Between You & Me: Confessions of a Comma Queen (Entre tú y yo: las confesiones de una reina de las comas) de Mary Norris fue una exploración jovial pero profunda en el uso del lenguaje y la puntuación con la que salpicamos nuestras frases en una manera que – como diría Norris – suele ser bastante descuidada. Me sedujo la parte de su título que habla de “la reina de las comas”, ya que mis amigos me suelen llamar para que les corrija sus ensayos porque bien saben que soy un tiquismiquis insufrible con el uso de las comas (en español aún no tengo el tema dominado, tened paciencia). Norris no decepcionó nada, profundizando mucho en los mecanismos del idioma inglés (aunque en inglés americano, del cual no soy muy fan) con un tono desenfadado pero muy informativo.

Ahora ando leyendo otro libro, pero por ahora concluyó esta sección de club literario por no querer aburrir a quienes no estéis interesados. Si te ha interesado esta sección, déjamelo saber. Quizá se pueda desarrollar más como una parte de mi blog.

Bueno, volvamos a más noticias de Madrid. Tan solo un día después de las celebraciones del cumpleaños de Hugo, me encontré bajando en bici al piso de Luis con una botella de vermú en la bolsa. Sentados en su terraza privada, Luis, dos de sus amigas y yo nos pusimos a contar anécdotas mientras picábamos jamón y cecina. Acabó la noche con un baile a unos éxitos de los 80, ya que tuvimos que bajar la comida y el alcohol que había estado fluyendo durante toda la noche.

48 horas más tarde y me volví a ver con Luis, esta vez para coger el metro al norte de la cuidad y a Sunday Service, un evento organizada por mi compañera Blanca para lanzar su línea de joyas personalizadas hechas a mano. La inauguración de Tony Blanco tomó lugar en un estudio fotográfico, donde disfrutamos pizza y cervezas mientras nos poníamos al día con viejos y nuevos amigos. También existía la oportunidad de que nos hicieran un retrato o un tatuaje – pero por ahora pasé.

Tras el Sunday Service, María se apuntó a unas cervezas más y una comida ligera con Luis y yo en el centro. Tras la llegada de un par más de amigos de Luis, María se tuvo que ir y los que quedábamos bajamos a Chueca para seguir nuestra tarde de terraceo con unos gintonics.

Esta tarde de copas habría sido buen plan si no fuera – como algunos habréis deducido del nombre “Sunday Service” – un domingo por la tarde. La quedada me dejó con algo de dolor de cabeza el lunes por la mañana, pero se me había pasado ya por la tarde, así que quedé con Jhosef para sacarle del barrio para montarnos en bici y subir al norte de la ciudad.

Cogiendo dos BiciMad, los dos subimos por el tramo oeste del Río Manzanares. Esto nos llevó a un sitio que había descubierto yo hace unos meses, y allí paramos un rato antes de seguir hasta llegar en un puente que cruza la autopista principal que sale por el norte de la ciudad. Allí nos detuvimos un rato, empapándonos en las vistas de la ciudad y el atardecer que brillaba sobre la sierra en el oeste.

Al volver a casa me entraron unas ganas inesperadas de hacerme un chocolate caliente al estilo británico. Fijándome en como se hacen en una cadena de cafeterías británica, me puse a crear una taza de chocolate con cacao, leche, azúcar, nata montada y un toque de canela en polvo. Entre el chocolate, la iluminación ambiente que he configurado en mi casa y una mascarilla facial, disfruté de una buena noche de mimos.

El finde pasado seguí con el tema de los mimos cuando Bogar y yo volvimos a Hammam. La última vez que visitamos los baños árabes fue justo antes del inicio de la pandemia, así que apetecía mucho volver a meternos en los baños termales, sudar en el baño turco y que nos quitasen todos los agobios mediante un masaje relajante. Una vez revividos, bajamos en bici a nuestro barrio y nos sentamos a cenar en nuestro bar favorito. ¡No hay mejor manera de acabar un finde!

Con esto dicho llegamos a la semana pasada, que se fue volando gracias a unos días atareados en la oficina y el saber que me esperaban cuatro días de viaje a Bilbao con Jhosef. Como dije al inicio de esta entrada, aquí sigo en el hotel mientras escribo esto, aunque seguramente no me pongo a editar y subir las fotos hasta estar ya de vuelta en Madrid.

Por ahora, voy a disfrutar los dos días que me quedan aquí en esta ciudad preciosa, pero bien sabes que estaré de vuelta por aquí lo antes posible para compartir fotos y historias de mis vacaciones por aquí. ¡Hasta entonces!

09.05.21 — Diario

Llega el verano y me hago viejo

El finde tan lluvioso y miserable que predecía al final de mi última entrada de blog resultó suponer, por desgracia, una predicción clavada. Tras un sábado encerrado en casa, sin embargo, tenía ganas de salir, así que no tardé nada en aceptar la propuesta de Napo de comer por allí.

Saliendo bajo un cielo bien oscuro y amenazador, me subí a una bici y me dirigí a le estación más cerca de NAP Pizza, nuestra pizzería favorita por sus pizzas hechas en horno de leña. Nos pusimos al día sobre unos platos deliciosos, pero al salir nos enfrentamos con una lluvia torrencial. Por suerte mi paraguas medio roto aguantó el viaje a la parada de bus y el viaje de vuelta a mi piso.

Después de un finde tranquilo me enfrenté con una semana laboral bastante ajetreada, pero un cambio repentino del clima trajo unas tardes soleadas y me puso de buen humor. Como otra acción para volverme más activo en mi día a día, aproveché de estas tardes de buen tiempo para llamar a unos amigos mientras caminaba de vuelta a casa de la oficina.

Estos paseos me suelen llevar por el Parque del Oeste, que se encuentra justo a lado de la oficina, y por el Templo de Debod. Desde allí también paso por el Palacio Real y los jardines que los rodea – ¡no me quejo nada del viaje!

Al concluir la semana, tocó el caos anual que es mi cumpleaños. El inicio de mi vigésimo sexto año en esta tierra conllevó una cantidad sorprendente de regalos. Mis padres me enviaron una camisa nueva y unas barritas de chocolate Cadbury’s, ¡y Abi y Danni me mimaron con una caja enorme llena de lo mejor del picoteo británico!

En el trabajo luego me sorprendieron unas compañeras con una caja de regalo que trajo vino, aceite y cecina (mi fiambre favorito) entre otras cosas. También me había preparado otra compañera una caja de brigadeiro. Este dulce se suele comer durante los cumpleaños en Brasil, y se hace a base de leche condensada y cacao en polvo que se forma en bolas y se salpica con otros ingredientes. En esta ocasión disfrutamos brigadeiros de almendra o granas de color: ¡las dos opciones híper deliciosas!

Para continuar las festividades, salí a comer con otra compañera, y luego volví a casa para cambiarme rápidamente y prepararme por una cena con Sara y Jhosef. Al final esto no lo hice lo suficiente rápido, cosa que era evidente al llegar yo media hora tarde al restaurante venezolano – ¡ups! Me tomé un par de vermús uno tras otro para alcanzar a los dos, y luego compartimos una botella de agua y unas raciones ricas.

Ya que seguíamos con el toque de queda, nos pusieron la cuenta sobre las diez y media, pero nosotros no queríamos que acabase la noche por ahora. Pillamos un taxi y volvimos a mi casa, abriendo una botella de ginebra y poniendo un poco de música para hablar hasta la madrugada.

Tras despertarnos con la cabeza bien pesada en mi piso, pasé lo que quedaba del día intentando quitarme la resaca en casa. Solo volví a salir por la noche para cenar con Bogar, Hugo y Sergei. Fuimos a una hamburguesería que llevo un rato queriendo probar, y disfrutamos de una cena bien rica, pero me fui yendo para casa relativamente temprano ya que seguía con dolor de cabeza.

Esperamos a que se abra el restaurante mientras me muero yo de dolor de cabeza.

Menos mal que tuvimos un finde largo después de mi finde: el puente me dejó recuperar el día perdido que pasé vagando por mi piso. Aproveché del día extra para cocinar las comidas de la semana corta que venía y para dar unos paseos por mi barrio.

Una tostada con tomate, aceite y un toque de sal nunca falla en resucitar.

Esta semana hemos visto una subida de temperatura repentina a niveles que parecen verano, así que decidimos quedar en Retiro para montar un picnic. Nos tumbamos al lado del lago y picamos unos palos de queso, unas empanadillas y un cubo de pollo del Kentucky que había traído Bogar – ¡todo acompañado por unas latas de cerveza, por supuesto!

Bogar me robó el abanico explícito para montar este shooting.

Una vez a la vuelta las nubes y una vez frustrados nosotros por la falta de dónde comprar más picoteo y bebidas, los cuatro nos subimos a un bus y bajamos a la casa de Bogar para seguir tomando y pasar la tarde compartiendo nuestros videoclips favoritos. También hubo más pollo frito…

Salí de la casa de Bogar a las once y media de la noche – cosa que se puede hacer ahora ya que se ha quitado el toque de queda en Madrid – y he pasado la mayoría del día de hoy cocinando y limpiando el piso como suelo hacer los domingos. Estar encerrado en casa hoy día se me ha hecho bastante fácil, sin embargo, ya que las nubes que nos interrumpieron ayer se han convertido hoy en una tormenta.

Con el fin del toque de queda en Madrid y la suavización de las restricciones en España en general, estoy esperando que pueda volver a visitar lugares como Murcia o Tenerife este verano. Quizá – y depende de cómo van las cosas allí – pueda incluso volver a Inglaterra un rato. Quien sabe…