10.04.21 — Diario

Una Semana Santa golosa

Es miércoles por la tarde y desafortunadamente hoy es el último día de una semana de vacaciones que acabo de disfrutar, ya que me cogí tres días más de vacaciones para alargar el puente de Semana Santa. Como mencioné en mi última entrada de blog, había pensado en salir por todos lados, pero al final todo fue más tranquilo que lo esperado – ¡pero de eso hablaré en breve!

Antes de la Semana Santa, tuve un finde que aprovechar antes de la semana laboral de tan solo tres días, y pasé el mismo comiendo y tomando con amigos por distintos sitios por Amadeus. Arrancamos el sábado, cuando Sara y yo salimos de cañas y terraceo por el barrio de las letras. Tras cambiar de bar en bar un rato, los dos cambiamos las cañas por unas copas de vino y cenamos en una mesa por la calle.

El día siguiente, tras esperar que se me pasase algo de resaca, subí a Retiro para tomar unos tequeños y un tinto de verano por allí. 

Al irse Hugo para volver al trabajo, Bogar y yo decidimos aprovechar al máximo el atardecer, así que nos cogimos unas bicis para dar una vuelta por el parque y ver el sol ponerse. Nos detuvimos un momento por el lago antes de volvernos para casa, donde yo me puse a tejer – ¡algo que llevo un buen rato sin hacer! 

El jueves, y después de tan solo tres días de trabajo, me tocó salir para el primer plan de las vacaciones. Bogar y yo habíamos decidido probar uno de los sitios que tengo marcado en mi mapa como “quiero ir”, así que después de tomar unas cervezas con Hugo y Sergei, subimos a un italiano llamado Menomale en el norte de la ciudad.

Disfrutamos una cena bien rica en el restaurante, donde compartimos una ensalada como entrante y luego un par de pastas sabrosas. Al volver a casa en bici (como ya se ha vuelto costumbre), se unió Jhosef, y los tres pasamos la noche tomando y hablado de la vida. Acabamos tan enrollados que se nos olvidó completamente el toque de queda, así que tuve que convertirme en anfitrión, y los dos se quedaron en mi casa.

El día siguiente, Jhosef y yo nos volvimos a ver ya que habíamos quedado en comer con Sara y su novio Eric en un restaurante asturiano que llevan un rato recomendándonoslo. Dado que los dos son de Asturias, tuve muchas ganas de comer en el sitio del que hablan tanto – Sidrería La Cuenca – ¡y no decepcionó nada! Disfrutamos unos platos riquísimos y raciones bien generosas, todo acompañado por sidra, crema de orujo y una ronda de gin tonics.

Sobra decirlo, pero salimos del local bastante hinchados y contentos, así que volvimos asl piso de Sara y Eric para echarnos la siesta antes de tomarnos unas cervezas tranquilamente. Esta combinación de alcohol y comida – de calamares al mítico cachopo – me dejó con nostalgias de mi primera vez en Asturias, y nos dejó a todos bastante cansados como se puede ver en la foto de abajo…

La sidra y las raciones enormes nos dejaron con bastante sueño en el metro…

Durante el finde, Jhosef vino a casa para hacer una tarde de coworking, durante la cual aproveché para seguir currando en el diseño de mi nueva web y para inventar unas nuevos aparatos electrónicos. Los dos luego nos volvimos a ver con Bogar el domingo para echarnos al sol en el parque, y luego para ir de compras para pillar unas cosas que me apetecían. Una vez pillada una mascarilla facial y una botella de una bebida británica que me gusta tanto, decidimos cenar por allí, y para eso fuimos a Goiko – ¡bien rico como siempre!

La combinación de tequeños y hamburguesas era una gran cena dominguera.

Volví a casa bastante emocionado aquel domingo por la tarde ya que tenía un planazo para el lunes: ¡ya había comprado y descargado mi entrada al Parque de Atracciones! Pues te puedes imaginar la decepción al recibir yo un SMS de la Comunidad de Madrid a las 9am para informarme que mi barrio se encuentra encerrado hasta nuevo aviso.

Además de contactar el parque para cancelar mi visita, tuve que también cancelar mentalmente todos los otros planes que había imaginado para mis tres días de vacaciones. No quería quedarme triste por esta mala noticia, así que pasé un día trabajando en mi web y limpiando el piso, y por la tarde salí a ver la nueva frontera entre la nueva zona restringida en la que me encuentro y el resto de la ciudad.

Hubo algo de alivio, sin embargo, al descubrir que los bares y otros sitios dentro del barrio pueden permanecer abiertos, así que he pasado los dos últimos días pasando por las terrazas que aún puedo visitar, llamado a amigos para realizar “copas virtuales” ya que la mayoría de ellos viven fuera del borde. A pesar de ser una cuarentena algo extraña, este nuevo encierre híper-local es mucho más fácil de asumir que el primero que sufrimos hace un año y pico.

Con eso llegamos a esta misma tarde, en la cual estoy viendo una película, disfrutando un gin tonic y preparando para la vuelta al trabajo y a la realidad mañana. No me quejo, sin embargo, ya que solo me quedan dos días de curro antes de otro finde. He hecho un pacto conmigo mismo que, a pesar de encontrarme encerrado dentro de mi barrio, ¡voy a disfrutarlo a tope!

28.03.21 — Diario

Un marzo caótico

Ha pasado un mes entero desde la última vez que pasé por aquí para poneros al día con las noticias de Madrid, y no miento al decir que ha sido un mes ajetreado. Entre mucho trabajo, no he tenido mucho tiempo para hacer nada muy emocionante, pero he salido entre ratos para apreciar y aprovechar de la llegada de la primavera en la ciudad.

Arrancamos con una noche de diversión relacionada con mi trabajo ¡que tuvo lugar en una pista de pádel! Sin desvelar demasiado, uno de nuestros clientes trabaja en el mundo de este deporte, así que bajé a un centro deportivo a jugar al pádel por primera vez con dos compañeras y Jhosef. Tras bajar al sur de la ciudad en autobús con Jhosef, nos reunimos con Zoe y Cris en las pistas azules.

Después de unas partidas competitivas y un kebab para acabar bien la noche, acabé con agujeras por todo el lado derecho de mi cuerpo. Este dolor no me detuvo cuando tocó salir a tomar algo más tarde en la semana, sin embargo, y visité Citynizer para echar un ojo al nuevo especio que habían estrenado justo el día anterior. El bar es el espacio público de The Central House, un nuevo hostal en Lavapiés, y un client nuestro. Curré en la identidad visual de Citynizer el año pasado ¡y moló bastante ver mi trabajo pintado y aplicado por todos lados!

Al concluirse la semana, tocó vivir un momento agridulce: la salida de María de Erretres. Para despedirnos bien de ella, fuimos a El Toril Gourmet, donde disfrutamos unas hamburguesas delicias y nos quedamos hasta tarde en la terraza recordando los mejores momentos vividos durante su época en la empresa. Luego nos veríamos de nuevo dentro de poco, pero eso os lo contaré en breve…

Ese finde – por si una noche de cenar y tomar no fue suficiente – también pasé una noche en el barrio bonito de La Latina con Sara y Jhosef. Tras buscar en vano una mesa en una de las plazas principales de la zona, bajamos por un callejón a un restaurante mexicano donde habíamos celebrado la cena de navidad de Erretres hace un año y pico. Allí nos comimos unos tacos y nos bebimos unos margaritas, nos reímos mucho y al final ¡tuvimos que coger un taxi a casa para no saltarnos el toque de queda a las 11pm!

Empecé el domingo siguiente con un poco de resaca – al parecer no aguanto unos meros tres margaritas tras la pandemia – y luego bajé al río para tomar algo tumbado al césped con Hugo, Bogar y Sergei. También aprovechamos la oportunidad de sacarnos una foto turística cutre en la nueva escultura de “Madrid” que han edificado en las orillas al lado del palacio real y la catedral.

La semana siguiente acabó con la oportunidad de volver a conectar con mi alma mater, que tuvo forma de una ronda de preguntas y respuestas realizada por Zoom con los estudiantes que se graduarán este año del grado que estudié yo hace unos cuantos años. Tras una charla rápida con mis ex profesores, me conecté con Izzy y otros antiguos alumnos que han acabado haciendo cosas super interesantes y así tuve la oportunidad de responder a unas preguntas intrigantes de los estudiantes actuales.

Una vez acabada la llamada, y como mencioné hace unos momentos, volví a salir para El Toril. Aquí, se le había montado una sorpresa de cumpleaños a María, y al llegar yo tocó presentarle con el regalo que le habíamos comprado: ¡una máquina de tatuar!

El día siguiente volví a salir cuando Luis me llamó para invitarme a tomar un gintonic con él y sus amigos por el Parque Madrid Río. Dentro de nada, se convirtió en otro gintonic y unas raciones en un bar al lado de su casa, donde nos pusimos al día con todos los dramas que se están montando en nuestras vidas. Todas estas distracciones eran fabulosas, pero eran justo eso: distracciones, por las que tuve que hacer todas las tareas el día siguiente que no me había dado la vida hacerlas durante los dos días pasados…

Tras organizar los cables de mi escritorio, limpiar mi piso y salir a hacer la compra para la semana que venía, tuve cinco días de trabajo para mantenerme bien ocupado. El finde siguiente – el finde pasado, de hecho – entonces supuso un descanso bienvenido, así que aproveché el sol de primavera para visitar algunos de mis sitios favoritos en la ciudad: el Parque del Retiro y el Parque de las Delicias.

La semana pasada fue bastante tranquila, con la excepción de una noche que salí con Bogar para romper la monotonía de la semana laboral. El jueves espontáneamente decidimos pasar a ver a Hugo en el restaurante donde trabaja, Ramen Shifu. Allí fuimos a comer un bol de ramen delicioso con gyozas para empezar. Hinchados de comida rica, Bogar y yo luego nos despedimos de Hugo en la cocina y volvimos a las en bici ¡ya que le había liado para que se apuntase al servicio de BiciMad!

Ahora me encuentro sentado en mi sofá, una copa de vino en la mano y algunos videos cutres de YouTube puestos como ruido de fondo, y queda bastante obvio que estamos arrancando el finde. Tengo bastante que hacer estos dos días, pero tengo algunos días de vacaciones ya pillados durante las próximas dos semanas, así que vamos a ver que acabaré haciendo…

23.03.21 — Diario

Mis pequeñas vacaciones madrileñas

Hace dos semanas solo trabajé tres de los cinco días laborales porque me quedaban un par de días de vacaciones del 2020 que tenía que disfrutarlos lo antes posible. Por eso convertí mi finde en unas vacaciones cortas de cuatro días, y arranqué las mismas con una comida con mi amigo Napo.

Los dos nos reunimos en Chueca, dónde me llevó Napo a un restaurante chino que conocía. Allí disfrutamos una selección de platos muy ricos, entre ellos una ración de pato crujiente, ¡uno de mis favoritos! Tras bolas de helado y un par de cervezas, salimos a pasear por la cuidad, aprovechando del sol invernal y la calma que había por las calles.

Tras descubrir una plaza e iglesia que nunca había visto antes, pasamos por Delish Vegan Doughnuts con la esperanza de pillar unos donuts – ¡usualmente no quedan por lo buenos que están! Tuvimos suerte, sin embargo, y pillamos una selección de los mismos y un café para tomárnoslos en una plaza al lado.

No hay mejor manera de empezar unas vacaciones que con unos donuts rellenos de nata.

Una vez acabamos nuestro momento café, bajamos al templo de Debod, donde habíamos decidido ver el atardecer tomando una cerveza. El cielo azul que usualmente abarca el oeste de la cuidad estaba bien elusivo, ya que una capa densa de la contaminación famosa de Madrid había teñido el cielo de un marrón feo…

Por lo menos se veían el palacio y la catedral entre la contaminación.

Una vez llegada la noche y el cansancio – ayudado en parte por la cerveza – bajamos a la estación de tren y volvimos a casa. Me interesaba dormir bien aquella noche porque tenía un gran plan para el día siguiente: subir a Manzanares El Real y ir de senderismo por La Pedriza.

Era todo cuesta arriba durante la primera hora, pero sí que hay vistas muy bonitas.

Tras bajarme del autobús, empecé la subida después de pasar a por algo de comida que me sostuviera durante las horas que iba a pasar caminando por la sierra. Seguí la misma ruta que caminamos mis amigas y yo la primera vez que visitamos La Pedriza hace unos años, pero esta vez vine más preparado: ¡a la primera llegué con una bolsa tote ya que no me daba cuenta de lo duro que iba a ser la subida!

La gran vuelta iba a llevarme dos horas, pero decidí salpicar el viaje con unos descansos para sacar fotos, picar algo, leer mi libro y disfrutar de las vistas que me rodeaban. La primera hora del camino fue todo cuesta arriba, pero sabía que iba a valer la pena, ya que pasada la cima quedan unas vistas panorámicas que son realmente impresionantes.

La cuesta abajo que quede después de este paisaje era bastante más fácil que la primera parte, y no tardé nada en llegar a la cuenca Del Valle y cruzar el Río Manzanares (que pasa por el centro de Madrid y justo al lado de mi calle) por un puente pequeño de madera. Una vez llegado al otro lado del río, me encontré con un refugio en la forma de una cabaña pequeña, y me senté al lado en una silla para leer más de mi libro después de explorar la cabaña un poco.

Una vez leído más de mi novela y con la llegada del frío vespertino, pasé por lo que quedaba del camino, que supone escalar una serie de formaciones de roca bastante interesantes. Eso me llevó a la parte más tediosa del camino, un paseo de unos 40 minutos por una calle vacía y bien aburrida que me llevó al centro de Manzanares El Real donde me cogí el autobús de vuelta a la ciudad.

Una vez de vuelta en mi piso, naturalmente me tumbé un rato en el sofá, y me permití solo media hora de descanso para recuperar de la vuelta de siete horas por las montañas. Esto fue porque luego había quedado en salir con Jhosef y Sara, ya que teníamos ganas de aprovechar el clima de primavera y el nuevo toque de queda que ahora fue a partir de las 11pm.

Los tres arrancamos la noche con unos gin tonics en el centro, antes de entrar en un local bonito que visitamos Jhosef y yo hace unos meses, y donde habíamos disfrutado una cena rica. Esta noche fue igual, los tres disfrutamos de unos platos ricos acompañados por algunos gin tonics más, música en viva y ¡una ronda de chupitos que nos invitó la casa!

Mi sábado empezó, como bien te puedes imaginar, con una buena resaca y una pereza enorme. Tenía ganas, sin embargo, de volver a salir de mi casa, así que bajé al río y pasé por un supermercado para comprarme una nueva sartén y ponerme al día con mi familia por teléfono.

Con la resaca que tenía, ya era noche cuando por fin salí de la casa.

El día siguiente, Jhosef me volvió a visitar para pasar una noche de coworking – cosa que consiste en los dos sentados en mi salón trabajando en nuestras propias cositas. Jhosef me preparó un guisado, comimos juntos, y luego me puse a ver The Rocky Horrow Picture show para entretenerme por la noche.

Jhosef también hizo suficiente arroz como para dar de comer a 5000…

Este finde, a pesar de no ser largo como el pasado, ha sido divertida. Empecé el sábado con una visita espontánea a la tienda británica para pillar algo de chocolate Cadbury’s y luego volví a casa en bici, aprovechando el sol glorioso que hacía.

Justo cuando anduve llegando a casa, Jhosef me llamó para invitarme a coma con él y su familia, que andaban en un restaurante peruano que me queda cerca de casa. No podía desaprovechar la oportunidad de probar un nuevo sitio local y comer unos platos peruanos bien ricos, así que subí al sitio para reunirme con ellos. La comida me enamoró – no pude decidir entre una cosa y otra, así que el camarero me aconsejó que probase un plato mixto, ¡que resultó ser tan grande como era rico!

Tras una comida tan enorme, que se cerró con una tarta tres leches y un vaso de vermú, estábamos hinchados y bien cansados. Ya que no queríamos irnos a casa para dormir la siesta, decidimos bajar al río y descansar tumbados en el césped. Era muy bien plan, ya que el sol nos alcanzaba justo y hubo un cantante que creaba un ambiente bien agradaba. ¡La manera perfecta de acabar una tarde!

Por la tarde, se me ocurrió la idea de coger unas bicis y dar una vuelta por el río en el oeste de la ciudad. Jhosef y yo empezamos lo que suponía yo que sería un viaje rápido de ida y vuelta, ¡pero el cual se convirtió en una vuelta entera de dos horas por el centro de Madrid!

Con eso llego al presente momento, en el cual estoy sentado en casa pasando otro rato de coworking con Jhosef. Tenemos puestos unos témanos de los 80, él está currando algunos correos y yo estoy escribiendo mi blog. ¡Una tarde dominguera bastante relajada!

18.02.21 — Diario

El día de las tortitas

Cómo quizás sepas ya estoy de vuelta a Madrid y al trabajo, donde hemos arrancado fuerte el año con mucho trabajo. Desde que volví de Inglaterra hace unas tres semanas, no he parado, pero sí que he estado llenando mis ratos libres con mini aventuras.

Arranqué el primer finde con una vuelta por el centro de la cuidad, pasando por las calles que me dieron la bienvenida cuando visité Madrid por primera vez hace unos cuantos años ya. Tras pasar por la Puerta del Sol en el centro, subí a un bar mexicano en Malasaña, donde tomé un par de margaritas y unos platos deliciosos y bien picantes con un par de amigos.

Se me olvidó sacar fotos a los tres o a la comida, pero me gustó mucho esta lámpara.

Acabe el finde con una noche de peli y manta tumbado en mi cama, después de haber traído mi TV a la habitación como un profe aburrido del instituto que deja de dar clases en las semanas antes de las navidades y que pone una película en cambio. Pero fuera de coña, ¡ponerle ruedas al soporte de la televisión ha sido una de las mejores ideas que he tenido!

Entre semana, pasé una noche intentando hacer pan por primera vez en mi vida. No fue ninguna barra de masa madre ni mucho menos, pero después de no haberme apuntado a la moda de hornear pan durante la primera cuarentena, al final encontré una receta de pan turco que me apetecía intentarla. Los bolsillos de pan rellenos de queso feta y espinacas me salieron bastante bien, pero hice demasiados, y no pensé en cómo se deshacerían al ser dejados sin hornear en la nevera… ups.

Dejando de lado aquel desastre de la masa líquida que se montó en mi nevera, el finde siguiente llegó dentro de nada, y con él un plan que me apetecía mucho: una excursión al IKEA con Luis. Ya que se ha mudado a un nuevo piso muy bonito a solo diez minutos andando del mío, los dos nos subimos a su coche y fuimos a buscar unas nuevas bombillas inteligentes. ¡Parece que mi obsesión con llenar mi piso con luces coloridas se está contagiando!

¿A quien no le va a gustar que su casa parezca una atracción de Disney?

Luego llegó otra semana laboral, y con ella el cierre de un proyecto de embalaje muy emocionante que pronto desvelaremos al mundo – ha sido un buen reto ¡pero el resultado final va a valer la pena! Dentro de nada, sin embargo, volvió a llegar otro finde, y con él muchas vueltas por la cuidad en bici.

El primer viaje fue con Jhosef para que recogiera unos cascos que había dejado en su oficina, y después del cual aprovechamos para pasar por el centro y comprarnos unas cositas. Me autoregalé un Chromecast para mi tele y una nueva manta super suave para el sofá. ¡Ahora sí que me identifico como adulto ya que tengo más que una manta para mis momentos de pereza en el sofá!

El día siguiente salí a dar una vuelta yo solo, durante la cual fui bastante lejos. Bajé la asistencia eléctrica de la bici y me subí al centro, tomando una pausa por el Palacio Real para beber algo y empaparme en el ambiente soleado. Luego volví a montarme y subí al norte del centro, encontrándome en una senda ciclable que sigue el camino del río.

Allí fui a mi ritmo, manteniendo un ojo en la batería resistente de la bici ya que sabía que me quedaba por subir una cuesta tocha a la vuelta al centro. Paré unas cuentas veces. durante esta aventura por el río, explorando unos puentecitos de madera e isletas que se encuentran en medio del corriente rápido del Río Manzanares.

Luego llegué al final de la senda, que me dejó en un puente que cruza una de las autopistas principales del norte de Madrid. Sorprendido por esta transición tan repentina, me quedé un momento sacando fotos de la cuidad y la sierra que se veía a lo lejos. De repente alguien me llamó por nombre, y me encontré con Pablo, un fotógrafo que ha trabajado conmigo en algunos proyectos. ¡Que casualidad que nos encontrásemos un domingo por la tarde en un puente sobre la autopista!

Después de esta sorpresa feliz, volví al centro y subí lentamente por la cuesta que me llevó a Moncloa, donde pasé a comprar unos sellos y dejar un paquete con destino a Murcia. Realizado este recado, luego pasé por el centro tranquilamente, llegando a casa justo a tiempo para comprar una barra de pan con 30% de descuento para hacerme una bocata de tortilla.

Con eso ya llegamos a esta semana, que ha sido una semana corta de tan solo tres días laborales, ya que me quedaban un par de días de vacaciones por coger del año pasado. Eso no quiere decir que no he estado ocupado, sin embargo, ya que el martes para nosotros británicos supuso un día muy especial: ¡el día de las tortitas! (Pancake Day en inglés).

Es un día que celebramos cenando tortitas con zumo de limón y azúcar, y que tiene raíz religiosa, un día para agotar los ingredientes como mantequilla y harina que eran prohibidos durante la Cuaresma. Invité a Jhosef a casa para que lo experimentase por primera vez, y pasamos la noche comiendo tortitas acompañados por una copa de pacharán: ¡una fusión anglo-española!

¡Tenía muy buena técnica a la hora de darle la vuelta a la tortita aunque fue su primera vez en hacerlo!

Hoy es el primer día de mi finde de cuatro días, y he quedado en comer con mi amigo Napo y luego salir a comprar una nueva sartén – las tortitas, al parecer, eran la gota que colmó el vaso y acabaron destrozando la capa de teflon de mi pobre sartén actual. También aprovecharé de estos días para currar en el nuevo diseño para mi web y otras cosas emocionantes – ¡más detalles por venir!

03.02.21 — Diario

Un ratito en Inglaterra

Como sabrás si leíste mi última entrada de blog, en la cual revelé mi ubicación actual hacia el final, acabo de realizar un viaje a Inglaterra. El premiso de este viaje no fue muy feliz, ya que fue principalmente para asistir al funeral de mi abuela, pero me alegré poder ir y ¡los días extra pasados con la familia eran un bonus!

El viaje empezó cuando madrugué a las 5am y me puse a preocuparme sobre si el vuelo iba a prestar servicio o no, ya que Madrid todavía se encontraba debajo de montones de nieve y capas de hielo de la Borrasca Filomena. Me recordaba de la última vez que viajé a Inglaterra, cuando también existía la duda de si la nueva cepa iba a interrumpir los vuelos procedentes y con destino al Reino Unido. Me llegó el taxi, sin embargo, y me encontré tropezando cansadamente en el frío fuera del Terminal 4 después de comprobar que el vuelo seguía en marcha.

Andaba cansado, con frío y bastante perdido mientras buscaba una entrada abierta.

Después de hacer un amigo en la forma de un pájaro que había entrado en el terminal, me subí al primer avión. Digo que era el primero porque este viaje supuso la primera vez que tuve que hacer una conexión, que era un transbordo de cinco horas en Londres Heathrow. Esto convirtió el viaje en unas ocho horas, un salta bastante tocho de las dos que suelen ser cuando hay vuelos directos de Madrid a Mánchester.

Pasé el rato en Heathrow buscando todas las tiendas que me pudieran ofrecer el mejor de todos los inventos británicos, algo que se llama un “meal deal”. Es como un menú que suele valer unos £3 que incluye un sándwich frío, una bolsa de patatas y una bebida. Solo tuve dos opciones al final, así que pasé un buen tiempo eligiendo que combinación de patatas, sándwich y bebida más me apetecía. Una vez comprada mi comida, me busqué un rincón tranquilo para sentarme y esperar el segundo vuelo.

El rato en Inglaterra empezó con el funeral que celebró la vida de mi abuela, y que fue triste como te puedes imaginar, pero me gustó por ser una despedida bonita, íntima y perfecta para una gran mujer.

Montamos un servicio que era colorido y alegre como le hubiera gustado.

El finde siguiente llegó una nevada bien bonita, así que mis padres y yo salimos a dar una vuelta por el campo. Saqué bastantes fotos durante este paseo de dos horas, durante el cual nos encontramos un rebaño de ovejas muy inquisitivas que estaban convencidas de que les habíamos traído algo de comer.

Me sentí mal por no llevar nada para darles a mis nuevos amigos.

Como ves, tomé la mayoría de las fotos del viaje durante este paseo nevado. Eso no solo fue porque representó el momento más bonito de la visita a Inglaterra, sino también porque pasé la semana siguiente conectado al trabajo durante unos días atrojados y algo largos. ¡Era todo un lujo, sin embargo, tener las cenas caseras de mi madre cada noche al desconectarme.

Después de desconectarme del trabajo el viernes, tuve que hacer la maleta lo más rápido posible para madrugar el sábado. El viaje de vuelta consistió de dos vuelos, pero con tan solo una hora para realizar la conexión en Londres. Esa hora se cortó a media hora por un retraso en despegar de Mánchester, y acabé teniendo que correr a toda leche por el Terminal 5 de Heathrow para llegar a tiempo a la puerta – ¡al pasar por el control de pasaportes, las pantallas ya ponían que el vuelo se cerraba!

Llegué ayer en Madrid, después de un control de COVID-19 y de inmigración muy riguroso en la frontera. A pesar del propósito triste del viaje, aprecié mucho el tiempo pasado con la familia y estoy contando mis estrellas afortunadas por poder haberlo realizado durante el caos que están causando las nuevas oleadas del virus. ¡Parece que no voy a poder volver a hacerlo durante bastante tiempo! Hasta entonces…

23.01.21 — Diario

Borrasca Filomena

Ya llevamos tres semanas viviendo en 2021, y el año ya ha arrancado fuerte, desde el drama en los EEUU, la borrasca que ha pasado por Madrid y el fallecimiento de mi abuela. Llevo casi tres semanas de vuelta en España, ¡y mucho ha pasado en tan poco tiempo!

En el trabajo, el año ha empezado con bastantes cosas por hacer, con muchos proyectos y retos nuevos para abordar. Erretres nos ha dado mucha flexibilidad a la hora de decidir si trabajar desde casa o ir a la oficina, cosa que ha sido maravillosa, pero suelo optar por la opción de viajar todos los días a la oficina. Como mencioné al empezar la primera cuarentena, la separación mental entre mi lugar de trabajo y mi espacio de descanso me es bastante importante, y así estoy consiguiendo que mi piso se vuelva en un sitio cómodo y relajante para que pueda descansar.

Las tardes de relajación tienen que iluminarse por una paleta cromática así.

La gran noticia estas semanas, sin embargo, fue la borrasca que pasó por Madrid y que causó un desorden sin restricciones desde entonces. Me sorprendió aprender que dicha borrasca se había denominado “Filomena”, ya que mi difunta abuela se llama “Philomena” (la “ph” suena “f”). ¡Ya bien sabía que no se iba a ir de este mundo sin causar un buen caos!

Y bueno, fue un caos de verdad que causó. Empecé el finde sin ni saber que Madrid se estaba preparando para afrontarse con la borrasca, por lo caul casualmente bajé al IKEA en el sur de la cuidad para comprarme una nueva mesa tras sentarme encima de la anterior y romperla. Ya nevaba cuando salí de la casa, pero suponía que iban a caer unos diez copos que luego durarían en el suelo unos cinco minutos…

Bueno, llegué a la parada de Metro en el sur para encontrarme con una capita de nieva que sí que estaba cuajando, y tuve que avanzar por un viento cada vez más potente que estaba salpicando cada superficie con nieve. Luego llegué al centro comercial y me encontré con una extraña falta de gente y la mitad de las tiendas o ya cerradas o bajando frenéticamente sus cortinas, cosa que me parecía muy rara dado que eran las 7pm de un viernes.

Algunos entraron en pánico, otros pidieron tranquilamente un cono de churros recién fritos.

Continué caminando por el centro comercial y hasta IKEA situado en el otro lado, y que se encontraba también bastante vacío. Al principio suponía una experiencia bastante buena: ya que no había ni dios, pude probar todos los sofás y mesas que me diera la gana sin tener que preocuparme de la distancia social – ¡tal como en los viejos tiempos!

Más luego, alrededor de la zona de las cocinas, el ambiente cambió algo y me empecé a sentirme raro. Ya andaba por una exposición bastante vacía – al parecer hasta había desaparecido el personal. En breves sonó el anuncio inevitable: ya iban a cerrar la tienda por la situación meteorológica. Me acerqué a la salida, abandonando la búsqueda de la mesa y optando por unas plantas pequeñas que serían más fácil de llevar conmigo.

Fue entonces, al pisar el exterior, que la gravedad de la situación se me pegó. Solo había estado confinado dentro de la caja de acero que es IKEA durante una hora o así, pero las condiciones fuera habían empeorado dramáticamente. Una capa de nieve de unos 5cm ya cubría todo, y no había señal de que la tormenta polar se fuera a detener. El parking se encontraba casi vacío, los coches que quedaron iban resbalando hacia las salidas. Me fui hacia el Metro con bastante prisa, esperando que su naturaleza subterránea lo hubiera protegido de la nieve, pero tan solo llegar me era difícil por los vientos fuertes y la caída de nieve casi horizontal que insistía en pegarme directamente en la cara.

Luché contra los vientos fuertes y la caída de nieve casi horizontal que insistía en pegarme directamente en la cara.

Afortunadamente logré volver a mi parada de Metro local, Delicias, pero me esperaba una sorpresa al volver al nivel de la calle. Durante el viaje estaba preguntándome si solo la zona alrededor de IKEA se veía afectada desproporcionadamente por su ubicación fuera de la zona densa del centro. Mi teoría se tumbó, no obstante, el encontrarme con una calle que lucía igual que el parking de IKEA. Con cuidado me acerqué a casa, deteniéndome solo para pillar una pita de pollo de un bar libanés local. Una vez en casa encendí la calefacción, puse unas velas y me fui a la cama preguntándome cómo sería el día siguiente.

Ya que vivo en un interior, me desperté sin saber muy bien cómo sería la situación en las calles. La única pista que tenía fueron los ventisqueros que se habían acumulado en las ventanas de mis vecinos. Después de una mañana de vaguear (era un domingo), decidí salir a ver que tal el tema de la dichosa nevada.

Como bien ves, las escenas que se presentaron eran algo apocalípticas. Ramas enromes habían caído por el peso inmenso de la nieve y se encontraban tumbadas encima de coches y en plena carretera. Algunas familias habían salido a construir muñecos de nieve o lanzar pelotas de nieve, pero la mayoría de la gente en la calla andaba como yo: dando vueltas por su barrio para ver estas escenas tan extrañas.

Dentro de poco el frío se me hacía demasiado, y luego casi me caí por una depresión en el superficie que no se veía por estar tapada por medio metro de nieve. Esta caída me dejó con la bota mojada y de mal humor, así que volví a casa para secarme antes de salir al supermercado. Eso al final fue otra vuelta poco productiva, ya que se había cerrado antes el Mercadona por la nieva, así que regresé a casa y me apañé con una lata de crema de champiñones.

Estar mojado y con frío se arregla fácilmente en casa con unas velas encendidas.

Una vez acabado el finde tan nevado, pensé que la nieve tardaría poco en derretirse y que el caos se iba a relegar a un recuerdo, pero me equivocaba. El viaje a la oficina supuso un ejercicio en intentar no caerme patas arriba en la cuesta helada que era la calle de la oficina. Las condiciones se empeoraron con el paso de la semana, ya que se acumulaban bolsas de basura en las calles y caían trozos peligrosos de nieve e hielo desde las cornisas.

Más luego, y con una semana laboral ya acabada, tocó descansar y disfrutar un finde bien tranquilo. Arranqué todo el viernes, al salir a comer unas tapas catalanas con mi compañero Jesús. El día siguiente bajé a visitar el nuevo piso de mi excompañero Luis, donde andaba colocando sus plantas justo antes de la gran mudanza al barrio la semana siguiente.

Después de unas copas de vino y picar un poco de chosco de tineo (que cosa más rica, por favor) en una vinoteca local, dejé a Luis para quedar con Napo en Five Guys. Habíamos quedado en cenar una hamburguesa y ponernos al día después de vernos la última vez justo antes de mi viaja a Inglaterra para pasar la Navidad. El domingo salí a comer fuera una vez más, tomando unos pinchos y cañas con Sara en la azotea del El Corte Inglés de Callao.

Este finde bonito luego dio paso a una semana que ha resultado ser algo de una aventura, pero ya tendré que dejar esa historia para la siguiente entrada de blog. Con decir que ando en Inglaterra escribiendo esta, ¡creo que os da bastante pista con respeto a lo alterada que ha sido! Hasta entonces…

14.01.21 — Diario

Un Año Nuevo sombrío

Mi última entrada de blog, como mencioné al concluirla, era la primera de una serie de dos partes que habla de mi vuelta a Inglaterra para Navidad y el Año Nuevo. Dejamos la historia durante una Navidad muy movida, pero después del 25, nuestras actividades se volvían algo más tranquilas por causa de unas noticias que recibimos el día 26.

Nos contactaron ese día para avisarnos que mi abuela había dado positivo por la COVID-19. Mis padres fueron a visitarle, pero mi hermana y yo no podíamos por el estado de la situación del virus en el Reino Unido. Los siguientes días fueron bastantes apagados mientras mis padres seguían visitándole, y solo existía el camino diario por el prado para mantenernos la mente ocupada.

Aunque teníamos los ánimos muy bajos, debo decir que nunca he visto jamás escenas tan bonitas en el pueblo en el que crecí, Worsthorne. Nevó durante unos días y disfrutamos una serie de atardeceres de invierno gloriosos, dos factores que combinaban para ofrecer unas vistas impresionantes por el campo.

Ya que estos días antes del Año Nuevo se pasaron en familia, y porque saqué tantas fotos a estos momentos al aire libre, ahora compartiré estas fotos de manera ininterrumpida antes de hablar del Año Nuevo al final de esta entrada de blog.

Como bien se ve, tuvimos la suerte de ver unas vistas flipantes durante estos últimos días del año 2020. Todos los planes que pudiéramos haber tenido al final se tuvieron que dejar de lado, sin embargo, cuando nos avisaron que la salud de mi abuela había empeorado. Mis padres volvieron a visitarle, así que di la bienvenida al Año Nuevo viendo los fuegos artificiales de Londres en la tele antes de irme a dormir.

El día siguiente, el primero del 2021, me desperté a la noticia que mi abuela había fallecido.

En vez de hablar de los siguientes días de mi estancia en Inglaterra, me gustaría hablar un poco de mi Abuela Mena (se pronuncia “mina”). Pocos habréis tenido la suerte de conocerla, pero los que sí tendrán muchos buenos recuerdos y historias graciosas, así que esto lo mantengo breve. 

Puede que mi abuela fuera de las personas más influéncialas en mi vida. Desde una obsesión con las bombillas a un odio hacia las bananas, tuvo un papel enorme en determinar la persona que soy hoy — ¡pasé tanto tiempo con ella de pequeño que era imposible que no lo hiciera! 

Cuando era un bebé, mi abuela solía apagar y encender las luces de la sala, diciendo “light, light!” (“¡luz!”) mientras lo hacía. La primera palabra que dije entonces fue “light” en vez de lo típico de “mamá” o “papá”. A partir de estos comienzos tontos, desarrollé un aprecio y obsesión con todo lo relacionado a la iluminación – algo con lo que me he quedado hasta el día de hoy. Es el por qué uso una bombilla como logotipo personal — un logotipo que hoy en día tiene una presencia mínima en mi web, pero que voy a utilizar para firmar esta entrada de blog.

Debería también explicar la anécdota de la banana. Cuando no estaba intentando saltar los plomos de mi casa, mi abuela estaba volviéndole loca a mi madre con su insistencia que comiese yo una banana cada cinco minutos. Mi madre me dejaría con mi abuela durante cinco minutos, y al volver descubriría que tenía yo el delantal manchado con pulpa de banana. Luego mi made le cuestionaría si me había dado otra banana, y mi abuela respondería siempre con un “¡no!” incrédulo. 

Estas son dos anécdotas que creo que ilustran perfectamente lo que quiero compartir con el mundo de mi abuela: su gran influencia en mi en todos los mejores sentidos, y su personalidad cálida, cariñosa y traviesa.

Todo el mundo la conocía como una irlandesa tenaz que te ofrecería un mordisco de lo que estaba comiendo igual que se detendría por la calle para hablar con todo el mundo, fuera quien fuera. Cierto que se encontró con dificultades durante su vida, desde su inmigración a Inglaterra siendo sólo una niña a perder a su marido cuando solo tenia 46 años, y más luego la debilitación de su vista y luego su memoria. A pesar de todo esto, sin embargo, su sentido de humor y naturaleza cariñosa perseveró hasta el final, y estarán siempre presentes en los buenos recuerdos y las frases graciosas que nos regaló con el paso de los años. 

No soy una persona religiosa, así que creo que ya se ha ido de este mundo, pero me conforta mucho el saber que su legado perdurará por las generaciones. Como dije al principio – y siéndolo una obsesión con las bombillas o una aversión hacia las bananas – su impacto seguirá vivo a través de mí, y seguro que a través de muchos mass.

Quisiera concluir esta celebración breve de su vida en la manera en la que siempre firmó todo lo que me escribió:

God bless. (Que Dios te bendiga)

09.01.21 — Diario

Una Navidad a prueba del virus

En mi última entrada de blog antes de volar a Inglaterra a pasar las Navidades, dije que iba a tener que pasar el rato en el “Nivel 3” de la cuarentena británica. ¡No podía haber sido más equivocado!

Mientras me preparaba para irme de vacaciones, nunca podía imaginarme el chaos que estaba al punto de montarse, con las noticias sobre la nueva cepa del virus que se descubrió en Londres y, como secuencia, la introducción del nuevo “Nivel 4” de la cuarentena. El día que volé, intenté leer las noticias lo menos posible, ya que el listado de países que prohibían vuelos procedentes del Reino Unido iba creciendo mientras me acercaba al aeropuerto. Sabía que iba a poder volar a Inglaterra, pero la duda fue que si luego podría volver a España…

Os tengo que dejar en esta situación de suspenso, porque me he pasado: ¡primero tenemos que hablar de las festividades que disfruté en Madrid antes de irme!

La última semana del trabajo llegó, y con ella una cesta sorpresa de productos lujosos que nos regaló Erretres. Esta sorpresa feliz arrancó unos días de tomar y comer con amigos, empezando con unas cañas con Bogar y Hugo en un bar bonito de Malasaña.

La noche continuó con una cena de pizza con ex-compañera Helena, que sufrió un cambio de último momento al descubrir que la pizzería que habíamos elegido tenía el aforo completo. Al final acabamos en un bar castizo, donde por suerte me encontré con Sofía, otra ex-compañera que visitaba Madrid durante unos pocos días.

No hay nada como una buena cerveza después del último día de trabajo.

Llegó el día siguiente y no había descanso, ya que había quedado con Sara y Jhosef para montar una cena al estilo de un bufé en casa. Preparé una selección de sándwiches al estilo británico, junto con unas patatas, chuches y bolas de turrón. Con una copa de vermú en la mano, los tres luego pasamos la noche conversando, compartiendo luego un roscón con chocolate a la taza.

El despertador luego me obligó a madrugar el domingo, ya que tuve que estar listo para coger una llamada de mi hermana para asistir virtualmente una sorpresa que habían montado para la jubilación de mi madre. Una vez vista su salida del trabajo a un ramo de globos, tuve que levantarme porque tuve un montón que hacer ese mismo día.

Tras una mañana pasada lavando la ropa, secando las sábanas, haciendo las mochilas y limpiando el piso entero, me merecía una buena comida fuera. Luego hice justo eso, reuniéndome con Napo en NAP Pizza en Lavapiés, donde una espera para ser sentados resultó ser una bendición, ya que me permitió dar una vuelta a sacar unas fotos bonitas.

Una vez sentados, los dos disfrutamos la mejor y más auténtica pizza de Madrid mientras nos poníamos al día con el cotilleo durante unas horas. Pedí mi pizza blanca favorita (una pizza sin base de tomate), la especial de la casa, y luego me acerqué nerviosamente a casa para acabar el equipaje.

Una pizza con Napo fue una buena manera de acabar el último finde del 2020.

Como mencioné antes, nunca iba a encontrarme con problemas en llegar a Inglaterra, era la vuelta que me tenía preocupado. La ida era un vuelo “normal” (lo más normal posible dada la situación mundial actual), y ya que había cogido un par de vuelos en verano, no me sorprendió mucho la nueva normalidad en el aeropuerto y a bordo el avión.

Aterricé en el RU justo después de la medianoche, y fui recibido por mis padres y mi hermana. Sobra decir que no nos quedamos despiertos durante mucho tiempo, nos fuimos a dormir temprano para descansar ¡antes de las preparaciones para la Navidad!

El primer momento de espíritu navideño era un intercambio de regalos con medidas de distancia de seguridad que realicé con Abi y Danni. Nos vimos en las alturas ventosas de una aldea que se llama Hurstwood, y aproveché para sacar unas fotos del embalse durante la tarde nubosa…

El siguiente camino tomó lugar en mi pueblo en Nochebuena, y nos llevó por una carretera de barro que sube por la sierra detrás de mi casa. Aunque me quejaba de no estar lo suficiente en forma como para andar tanto, mi pueblo pequeño y los prados expansivos se veían resplandecientes en el sol bajo del invierno.

La iglesia de Worsthorne siempre supone una vista acogedora al llegar a casa.

Volvimos a casa con ganas de un pastel y tazas de té después del camino, y por suerte pudimos hacer justo eso, ya que mi madre había pillado una selección de magdalenas caseras de una pastelería local. Estuvieron riquísimas y nos vino bastante bien la energía, ¡porque el siguiente evento en nuestro calendario de Nochebuena era un concierto de villancicos en la plaza del pueblo!

Naturalmente llegamos tarde a dicho concierto, así que al llegar ya estuvo pasando Santa Claus por la plaza en su trineo (que se parecía sospechosamente a un remolque, pero Papá Noel sí que es mágico al fin y al cabo…). Nos quedamos para cantar una de las últimas canciones, pero la alegría vino principalmente del ver a tanta gente junta – aunque mantienendo la distancia de seguridad – para celebrar la Navidad.

Al volver a casa disfrutamos otro capricho de Nochebuena, que tomó la forma de una nueva costumbre familiar que ha montado mi madre de regalar unas cositas pequeñas en Nochebuena. Este año se superó, nos encontramos con unas bolsas de papel llenas de todo tipo de regalitos encima del mantel de papel rojo: una necesidad tomando en cuenta la otra costumbre de la familia Briggs en Nochebuena: ¡una cena india!

Las decoraciones junto con las bolsas navideñas crearon una escena muy festiva.

Después de abrir los regalitos y cenar distintos tipos de curry, tocaba irnos a dormir y esperar que nos trajese Papá Noel unos reglaos el día siguiente. Eso mismo hizo, y pasamos una hora o así abriendo los regalos y tragando las chocolatinas que se nos habían regalado: el desayuno típico en nuestra casa en Navidad.

Para comer hubo otra costumbre de las Navidades Briggs: una crema deliciosa de coliflor. Esta comida clave de nuestro menú navideño usualmente la prepara una amiga de la familia, pero este año se encontraba regular, así que le tocó a mi madre prepararla. Era todo un éxito, pero nos dejó algo hinchados, así que salimos a hacer algo de lo que en el pasado me hubiera quejado mucho: un paseo.

Resultó que este camino no suponía tanto caminar como suponía sacarle fotos al cielo, ya que el atardecer que apareció encima del embalse era espectacular. Pasé unos treinta minutos en las orillas del agua sacándoles fotos a los colores que salían en el cielo, que era suficiente tiempo para que mi hermana y madre caminasen el perímetro entero del embalse.

Estoy algo acostumbrado a ver colores bonitos en el cielo, pero nunca en un lugar tan abierto y pintoresco.

Una vez de vuelta a casa, tocó la cena de Navidad tradicional, completa con todos los clásicos británicos: pavo, verduras, patatas y salchichas enrolladas en beicon. El postre era uno de los mejores trifles (un bizcocho borracho con frutas, gelatina de fresa, crema y natillas) que había hecho mi madre jamás. ¡Este año le echamos bastante jerez!

Todo esto nos llevó al final de la Navidad y el final de la primera parte de mis crónicas de las dos semanas que pasé en el Reino Unido. Hay más fotos que compartir de las escenas nevadas que se montaron después del día 25, pero tendrán que esperar hasta la próxima…

02.01.21 — Diario

Carrete de bloopers: 2020

En un año que ha parecido un error gigante, aún he podido encontrar unas fotos tontas de los últimos doce meses, aunque ha habido pocos viajes y unos dos meses pasados en cuarentena. Pero venga, vamos a por ello con las fotos del primer mes…


Enero

Pirata Briggs

Meses antes de la época de taparnos la boca y la nariz, me regalaron un parche mientras estábamos todavía en nuestra oficina anterior.

El borracho del bingo

Mientras visitaba Murcia, publiqué un par de fotos de un evento de bingo que disfruté en el centro de mayores local. Lo que no mencioné fue que hubo un aperitivo en medio, durante el cual me pusieron un vasito de vino…

Abre

Ahora que vivo en España y tengo que ir a un dentista privado (en Inglaterra es todo público), nunca me habían tratado tanto los dientes. Esto supone el uso de un aparato extraño que nunca me habían colocado, así que naturalmente tuve que hacerme un selfie.


Febrero

Reina de los memes

Durante el discurso que di en el Prisma Design Fest, hablé de mi cuidad natal (Burnley) y enseñé algo de los últimos trabajos de Erretres, pero también presenté un par de memes…

Yin Yang

Un día en la oficina, mi compañera María y yo vimos que habíamos venido vestidos uno como el inverso del otro…

La emoción de Ámsterdam

En la entrada de blog de mi viaje a Ámsterdam con mi compañera Zoe, no salí en ninguna foto. Esto suele pasar en estas entradas ya que soy el que está tomando las fotos, pero Zoe luego me pasó algunas de las suyas. Al final no publiqué ni una ya que salgo algo picado en todas…


Marzo

Las locas

Una de las últimas quedadas antes de la llegada del virus fue para ver el espectáculo de La jaula de las locas con Bogar y Hugo…

Una pata coja

Justo antes de ser encerrados en nuestras casas por la pandemia, salí con Luis y sus amigos para celebrar su cumpleaños. Uno de sus amigos incluyó un pie falso en una caja de nuevas zapatillas, un pie que luego nos acompañó durante toda la noche…

No salga

Una vez encerrado en mi piso aquel jueves por la noche, pensé que vendría bien apoyar una silla contra la puerta y dejarme una nota que me recordase de no salir…


Abril

La vida en cuarentena

Abril, el mes de mi cumpleaños, también fue el mes que nos encontramos completamente encerrados. El cambio supuso el inicio del teletrabajo, así que muchas reuniones virtuales se pasaron comiendo en secreto…

Pantallazos guapísimos

Además del trabajo, tuvimos que hacer nuestra vida social online también, cosa que nos obligó a estar hablando constantemente por FaceTime/Zoom/Skype/Hangout. Sacamos unos pantallazos durante los meses, pero unos salieron más guapos que otros…


Mayo

Es Carole Baskin

Uno de los mejores momentos de la cuarentena tuvo que ser el quiz que hicimos Danni, Abi y yo mientras disfrazados. Me vestí de la famosa Carole Baskin, cosa que publiqué, pero nunca publiqué una foto de la sesión extensa de maquillaje…

Parece legítimo

Todos recordamos la locura del papel higiénico y el caos cuando la gente empezó a almacenar comida, pero nadie ha hablado de la falta de guantes desechables en mi supermercado local. Intentaron engañarnos con esta sustitución patética, pero a mí no me tenían engañado…

Somos libres

En mayo, por fin nos dejaron pisar la calle, y para celebrar la ocasión el ayuntamiento de Madrid peatonalizó una serie de calles por el centro. Dentro de poco se convirtieron en ríos de gente caminando mientras manteniendo la distancia de seguridad.

El shooting

Poco después, nos dejaron visitar a grupos de amigos, así que Jhosef vino a casa a grabar unos vídeos para su TFG…


Junio

Mi ordenador profesional

Como parte de uno de mis proyectos del trabajo, tuve que preparar un documento en un formato que no funciona con Mac, así que me enviaron un ordenador anciano de Windows para realizar la tarea…

Mensajes ominosos

Tengo que compartir esta nota informativa que encontré en la puerta del Retiro, que la entendí como “ya verás como se te cae un árbol encima”…

La fiesta del coche

Una vez finalizada la cuarentena, en la oficina montamos una “fiesta” respetando la distancia de seguridad, y para ir allá volvimos a hacer la “lanzadera mañanera” que hacíamos en viejos tiempos…


Julio

Explorando Madrid

El mes de julio empezamos a volver a algún tipo de normalidad, así que Jhosef y yo exploramos unos rincones de Madrid que nos gustan. Esta vuelta nos llevó al Templo de Debod, donde aprovechamos de la falta de gente para montar un shooting…

Selfies descartados

También queríamos comer fuera lo más posible por si nos volvían a confinar, y durante estas comidas sacamos unos selfies poco bonitos. No sé que está pasando en este…

Rata de la calle

Jhosef también encontró unos muebles excelentes por las calles en el camino e insistió que le sacase unas fotos, así que supongo que quisiera que las publicase yo aquí…


Agosto

Bolas sorpresas

En agosto tuve la suerte de visitar Murcia y Tenerife, donde vi estas sospechosas bolsas de sorpresas en un mercado pequeño. Pensé que, para que montase una sorpresa de verdad, podría comprarme una y pasar por el control de seguridad del aeropuerto sin abrirla antes…

El mejor modelo

A finales de mi viaje a Tenerife, intenté sacarme unas fotos encima de un cabo al lado de una luz roja, pero creo que el perrito de Cami salió mejor que yo al final…

Un nuevo cortecito

El aire marino también me arruinó algo el pelo, pero consideraba que este nuevo estilo igual me podría quedar bien…

Mi nueva banda de amigos

Después del viaje a Tenerife fui a Murcia, donde pasé una semana con mis tíos. También disfruté de pasar tiempo con sus amigos allí, así que nos saqué este selfie a todos en la piscina…


Septiembre

Hon Hon Hon

Me hizo mucha ilusión volver a ver a mi compañera María después de tantos meses de teletrabajo, pero también me hizo ilusión conocer por fin a su gatito Kiwi…

Noches de spa

Si no podía ir a un spa, tendría que traerme el spa a casa, así que pasé muchas noches durante la cuarentena con mi pelo recogido y mi cara cubierta por una mascarilla de Lush…


Octubre

Excursiones

Jhosef y yo seguíamos saliendo de excursión durante el mes de octubre, cuando decidí que quería ver como pintaba el Retiro después de tanto viento otoñal…

Jalogüín

No soy muy fan de esta fiesta estadounidense, pero claro que aprovecharé de cualquier excusa para comprar contenedores llenos de chuches…


Noviembre

Más María, menos pelo

María ha logrado volver a salir en esta entrada de blog, con este selfie que nos sacamos con su nuevo cabello en la mejor hamburguesería de Madrid, El Toril

Una vuelta otoñal

Una vez llegado bien el otoño y mi nuevo móvil, Jhosef y yo salimos a hacer un shooting en una zona de árboles al lado del río. Sé bien que la foto típica lanzando hojas al aire es muy cliché, pero la incluyo…

Píntame como una de tus chicas francesas

También saqué esta foto a Jhosef, que se había echado al suelo al lado de una de las bicicletas que habíamos alquilado…


Diciembre

Noches de vino

Justo antes de salir a cenar con Sara, los dos pasamos un buen rato en casa compartiendo una botella de vino y hablando, durante el que insistió en sacarme esta foto, en la cual salgo como una señorita…

Las alturas de mi edificio

Vivo en un tercero, así que te puedes imaginar el susto que me llevé al bajar un hombre con un cepillo de pintar por fuera de mi ventana mientras andaba yo tumbado en la cama. Resulta que estaban utilizando cuerdas y poleas para pintar las paredes del edificio…

Copas prenavideñas

Justo antes de volver a Inglaterra, me reuní con unos amigos para tomar unas cañas de última hora. Una noche me tomé bastante y me vi con muchos amigos, entre ellos mi ex-compañera Helena…


Así se concluye este repaso de los momentos graciosos de un año que muchos esperamos que nunca hubiera existido. Ha sido un reto, eso sin duda, pero al repasar las fotos en mi biblioteca me he dado cuenta que ha habido unos cuantos buenos momentos entre los difíciles.

Espero que vuestra Navidad haya sido lo mejor posible – dadas las circunstancias – y a seguir trabajando juntos para asegurar que este nuevo año es el mejor y el más libre de virus que sea posible. Aunque no soy fan de los impares y soy bien consciente que a las pandemias globales no les importa el calendario gregoriano, ¡consigamos que el 2021 sea mejor que el 2020!

16.12.20 — Diario

Puente de diciembre

Concluí la última entrada de blog diciendo que esperaba traeros otra antes de irme de España para pasar las navidades, así que aquí estoy solo cinco días antes de volar a Inglaterra. Naturalmente he pasado este último mes del 2020 descansando y disfrutando los festivos aquí en Madrid (preparaos para ver bastantes fotos de los árboles de navidad de LED que salpican Madrid) y preparándome para despedirme de este año – uno que, seamos francos, ¡no ha sido el mejor!

Arranqué el mes como el resto del mundo: saliendo de compras navideñas. Después de unas cuentas visitas al centro y unas colas largas en Correos, ya tenía casi todo comprado y organizado, así que ya tocaba salir a ver las luces de navidad que se han colgado por todo Madrid.

Un finde Napo y yo quedamos para ponernos al día, y ya que llevábamos un buen rato sin vernos, decidimos que habría que hacer de la quedada una celebración. Nos vimos en el centro para dar un paseo que nos llevó a Goiko Grill, una de mis hamburgueserías favoritas. Allí por fin probé su hamburguesa más grande y rica: ¡una hamburguesa con carne de costillas!

La hamburguesa estuvo riquísima, y los dos pasamos muy buena noche, una que acabé montándome en bici para volver a casa – una decisión que, en retrospectiva, igual fue errónea. Andaba tan hinchado tras la hamburguesa enorme y un poster muy dulce que tuve que pararme un rato a medio viaje para descansar y bajar la comida…

Hablando de descansar, Jhosef y yo fuimos el día suficiente a pasar una tarde relajante en los baños árabes de Hammam Al Ándalus. La última vez que fui era el finde justo antes del comienzo de la cuarentena en Madrid, así que me hacía mucha ilusión volver a disfrutar de sus baños y un mensaje relajante.

Pasadas dos horas de zen total, a los dos nos apetecía seguir con el rollo tranquilo, así que nos sentamos en la Plaza Mayor para comer unos bocadillos de calamares y una ración de morcilla.

El día después se arrancó otra semana en la oficina, pero entre mis ratos en la oficina tuve también que realizar unos recados por el centro, cosa que me llevó por unas calles por las cuales no solería pasar. Una de ellas fue la zona recién renovada al este de la Puerta del Sol que se había decorado de manera muy bonita.

También pasé por la Gran Vía y unas de las calles pequeñas perpendiculares que nunca había visto. Esta diversión me llevó a encontrar unas joyas de tiendas, cosa que me animó tanto que decidí seguir pasando por el centro para ver qué tal las decoraciones en algunas de las plazas y zonas más icónicas.

Madrid sigue sorprendiéndome de vez en cuando.

Hay un árbol cónico de colores variados en cada plaza que cruzas.

Esa misma tarde Sara y yo fuimos a un sitio que había marcado en mi mapa hace un rato, un restaurante asturiano que se encuentra a tan solo diez minutos andando desde mi casa. Cenamos un cachopo delicioso y una ración de chopitos – todo acompañado, por supuesto, por unas botellas de sidra asturiana.

Esta cena señaló el inicio del puente de diciembre, que consistió en dos días festivos, días que aprovechamos al máximo. Jhosef y yo, después de una noche viendo películas en casa, visitamos otro restaurante de barrio que me parecía interesante, un local italiano con unas pintas bastante modernas.

Allí comimos como reyes, empezando con un plato de fritos italianos y luego pizza y pasta, todo lo que venía recomendado por la camarera maja que nos explicó la mitad de la carta. Subestimamos sin embargo el tamaño de las raciones, así que al final tuve que pedir una caja para llevar la mitad de mi pizza a casa.

El finde pasado volví a salir con Sara, que me llevó a tomar unas copas y picar algo por Lavapiés. Allí la cosa se nos fue algo de las manos, pero la culpa no la teníamos nosotros, es que el camarero me ponía a mí unos de los gin tonics más cargados que he tomado jamás. Nos encontramos con Jhosef, su hermana y el novio de ella, que pasaban a saludarse, y luego Sara y yo pasamos a una terraza a tomarnos una última copa antes de volvernos a casa.

Después de pasar una mañana recuperando de la resaca, bajé a la zona alrededor del río para pillar los últimos regalos. Hacía bueno pero fresco, así que me detuve un rato para probar las distintas lentes de mi nuevo móvil.

A pesar de tener que desviarme para evitar los olores fuertes que venían de un puesto de queso en un mercadillo navideño dentro del centro comercial, conseguí recoger las cosillas que me faltaban. Esto me llevó a esta semana, la última que voy a trabajar antes de la Navidad, que me emociona tanto como me agobia: ¡se ve la luz al final del túnel pero queda mucho por cerrar antes de irnos de vacaciones!

Pongo fin a esta entrada de blog con una noticia tonta pero que me ha hecho mucha ilusión: después de unos tres años y medio de vivir en España, por fin he conseguido sacar un documento de residencia en funciones en la forma de una nueva tarjeta, una TIE (Tarjeta de Identidad de Extranjero). Fui justo ayer a recoger la tarjeta, y luego celebré la ocasión con un desayuno bastante castizo: una tostada con tomate y jamón ibérico.

Pero bueno, por ahora os deseo unas felices fiestas hasta la próxima vez que paso por aquí, que ahora seguro que será desde la cuarentena obligatoria que voy a pasar en Inglaterra. Hasta entonces: ¡Feliz Navidad!